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domingo, 5 de abril de 2009

CUMBRE DEL G-20: Parole, parole, parole.....




La cumbre de Londres ha terminado con un comunicado que va mucho más allá que cualquier otro en la historia económica reciente. Hay que reconocer que hacía mucho tiempo que no se reconocía un fracaso político y de ideario de modo tan explícito y que no se ponía tan claramente en negro sobre blanco la necesidad de orientar la economía mundial hacia otros derroteros.
El final de la era del secreto bancario, la puesta en cuestión de los paraísos fiscales, el reconocimiento de los "grandes fracasos" de la regulación financiera dominante, el tránsito hacia una "economía verde", la toma en cuenta de la "dimensión humana de la crisis", la apuesta por el gasto intervencionista e incluso por la política monetaria expansiva para lograr una recuperación "inclusiva, verde y sostenible" de la economía son expresiones que hasta hace muy poco solo eran propias de ecologistas izquierdosos u otras gentes de mal vivir y que ahora, sin embargo, asumen como suyas los líderes del mundo.
Hay que felicitarse por ese cambio de lenguaje que incluso está exasperando a las derechas instaladas en el liberalismo de cartón piedra neo-con que frente a la crisis reclaman todavía más mercado y menos gasto, como entre nosotros propone el inefable ex presidente Aznar, es decir, más de lo que justamente la ha provocado.
Además, se ha acordado movilizar un billón de dólares para combatir la crisis, una cantidad ingente si se compara con lo que se ha hecho en otras ocasiones aunque sea, sin embargo, francamente insuficiente para todo el planeta si se tiene en cuenta que es la misma que acaba de movilizar solo para Estados Unidos su presidente Obama y que, en realidad solo, una cuarta parte irá destinada a fomentar directamente el comercio mundial.
Se trata, en todo caso, de un acuerdo histórico y que en su letra va mucho más allá de lo que la mayoría de los analistas y ciudadanos quizá estábamos esperando. Podría ser de gran calado si los principios más abstractos que contiene se concretaran en el futuro, pero se puede quedar en muy poco si se limita a poner en marcha lo que anuncia que se hará de forma inmediata.
Efectivamente, solo hay dos grandes cuestiones que se pueden considerar como virtualmente materializadas: el billón de dólares y la creación de una gran agencia para supervisar las finanzas internacionales.
Pero el billón de dólares es muy posible que sea escaso si, por ejemplo, se extiende la depresión en Europa del este (en donde ya están prácticamente paralizadas las economías de Ucrania, Hungría, Rumania, Letonia, Lituania, Bulgaria...), si llega con más fuerza a América Latina o si prosiguen los problemas bancarios, como es previsible. Y, además, se trata de fondos que no está seguro que queden finalmente vinculados a usos que aseguren que realmente la economía cambie hacia la orientación productiva que se propone el documento.
Por el contrario, creo que sí cabe esperar algo más en el futuro de la agencia supervisora. Seguramente, el inicio de una nueva era financiera que no podrá repetir lo que ha venido sucediendo hasta ahora, sencillamente, porque así el capitalismo se come a sí mismo.
Pero, en todo caso, u aunque abrirá con más o menos dificultades la nueva etapa y los nuevos modelos de prácticas financieras, no podrá resolver a corto plazo el problema fundamental que tiene planteada la economía mundial y al que la cumbre no ha dado una respuesta clara ni operativa: la falta de financiación bancaria a la actividad económica.
Como tampoco se ofrecen soluciones inmediatas y coherentes con el ánimo de transparencia, responsabilidad y rigor a la masiva "intoxicación" del sistema bancario global y sin cuyo remedio no se podrá garantizar que la economía vuelva a recuperar su tono vital.
Por otro lado, se abren rendijas a través del comunicado final de la cumbre a reformas que podrían ser sustanciales como las del secreto bancario o la desaparición de los paraísos fiscales pero que realmente no suenan sino a fuegos de artificio porque al mismo tiempo que se plantean se da como inamovible el principio de libertad de los capitales, o porque no se contempla la imposición internacional o el establecimiento de regímenes bancarios muy distintos al que ha terminado por consolidarse y que son los factores que incentivan y hacen posible la especulación financiera.
Curiosamente, en el comunicado se va más lejos que nunca en la formulación de objetivos y deseos estabilizadores e incluso sociales, en relación con el empleo, con el medio ambiente, con la cooperación, la intervención estatal o la regulación represiva de las finanzas internacionales. Pero, al mismo tiempo, se mantienen las bases que en estos últimos años le han hecho tanto daño: los "principios del mercado", el orden comercial que ha incrementado las asimetrías y desigualdades entre las naciones, la privatización y mercantilización de los servicios esenciales y, por supuesto, las instituciones internacionales que más empobrecimiento consciente, daño económico y sufrimiento humano han provocado quizá en toda la historia de la humanidad: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la OMC.
Mucho tendrá que cambiar la voluntad, las ideas y la actuación de los actuales gobernantes para que estos organismos, en donde es materialmente imposible que se reflejen democráticamente los intereses de los empobrecidos, pasen a tener un papel diferente al que vienen desempeñando.
Es significativo, por ejemplo, que en el documento no aparezcan mencionadas ni una sola vez palabras como pobreza, desigualdad o hambre, cuando están muriendo casi 30.000 personas cada día por ésta última causa. O que se mencione la necesidad de limitar los sueldos de los directivos (que al fin y al cabo son pecata minuta en el mundo de las grandes finanzas) y no los inmensos beneficios de los bancos y de los grandes financieros y corporaciones, que es lo que verdaderamente determina la pauta distributiva y, por tanto, la vida de la gente. Y, por supuesto, que para nada se haga mención de las políticas deflacionistas que en los últimos años han producido una pérdida fatal de la capacidad de compra y, en consecuencia, del dinamismo de las economías que ha contribuido en tan gran medida a producir la crisis.
Es sintomático, por ejemplo, que al mismo tiempo que en la cumbre se proclamaba la necesidad de más transparencia y rigor regulatorio, en Estados Unidos se haya comenzado a flexibilizar el principio contable del market-to-market (que obliga a valorar los activos a precios e mercado) para poder hacerlo a los de adquisición y así mejorar artificial y falsamente las cuentas de los bancos. Una "mentira piadosa", en expresión del catedrático de Contabilidad Oriol Amat, que ya se hace en Europa desde octubre del año pasado.
Lo que sucede, en definitiva, es que los deseos que manifiesta el documento de conclusiones de la cumbre podrían ser encomiables pero los medios, en su mayor parte, van a resultar de muy poca efectividad sencillamente porque no se han planteado claramente las causas de la crisis. Y sin poner en claro las causas de la enfermedad solo un milagro puede hacer que el médico pueda curarla.
Más bien parece que los distintos países o grupos de ellos han tomado posiciones para el futuro. Estados Unidos (como ya señalé en un artículo anterior) no ha esperado a los demás y tomó la decisión de salvarse gracias a que puede tirar de la máquina de hacer billetes. Ha movilizado hasta ahora casi 13 billones de dólares en forma de gasto, garantías o préstamos (casi el 100% de su PIB que es de 14,2 billones de dólares), a costa de incrementar de modo colosal la circulación monetaria. El Reino Unido se ha unido a esa estela a fin de evitar que una profundización de la crisis dinamite por completo su emporio financiero que está tan directamente vinculado a la lógica financiera que ha provocado la crisis. Y, por otro lado, China trata de salvar los muebles como puede, garantizándose mercados exteriores y evitando que sus reservas de dólares no terminen por ser puro papel mojado. Europa (que ha movilizado recursos por un valor que no llega ni al 5% de su PIB), y diga lo que diga Sarkozy después de su representación teatral previa, ha pintado muy poco, a punto como está de que el viento del este le produzca una neumonía doble..
En suma, Estados Unidos ha hecho unas cuantas concesiones retóricas que no vienen mal a Obama y se dispone a liderar la salida a la crisis inundando una vez más de su moneda al resto del mundo. Si logra salvar pronto su aparato productivo se abrirá para todos una espita de luz en unos meses. Si no lo consigue, no le quedaría otro recurso que el de la inflación para aliviar la deuda que está generando contra el mundo. O la guerra.

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada (Universidad de Sevilla). Su página web: http://www.juantorreslopez.com/

sábado, 21 de marzo de 2009

DOCE SECUENCIAS PARA CONOCER A UN SINDICALISTA SERVIL Y MODERNO

€ y $ dos monedas del capitalismo.
Como el sindicalismo oficial español,
Diferentes nombres la misma moneda


Por fin apareció en el centro laboral por el que figura como “liberado” sindical.

Jorge López Ave



I
Por fin apareció en el centro laboral por el que figura como “liberado” sindical. Eso sí, cuando pasó el umbral de la factoría, y dejó a un lado el panel donde los obreros ponen su tarjeta para fichar a las siete de la mañana, se dio cuenta que hacía como tres años que no la visitaba, concretamente, desde las últimas elecciones sindicales, donde vino a hacer campaña. Tan es así, que el guardia de la puerta no lo conoció, le pidió el documento y le preguntó sin segunda intención, a dónde iba. El trasiego de mil ocupaciones representando a sus compañeros, viajes por todo el país y alguna que otra lucha interna en el aparato del sindicato, lo alejaron del día a día de la fábrica, pero eso no quita para que se sienta como en casa. Por ello, respondió al vigilante con orgullo, “vengo a ver a mis compañeros”. Pero no pudo evitar que la frase sonara algo hueca y que el interrogador lo mirara por encima de los lentes y le dijera con un hilo desdeñoso: “¿lo esperan?”. Iba a decir que sí, luego dudó y pensó decir que no, pero se decidió por algo más seguro, “claro, soy del sindicato”.
II
Sí notó algo de frialdad al principio, en los saludos y reencuentros, pero luego, al lado de la máquina que expende café, junto a los más antiguos, ya fue notando el cariño y aprecio de los suyos, de sus votantes de siempre que lo conocen bien, aunque haga mucho tiempo que no los vea, aunque ahora tenga ropa de más calidad y la corbata, guardada en el bolsillo, para que sus compañeros vean que sigue como siempre. “Son exigencias de algunas reuniones”, tenía previsto decir si alguien se la hubiera visto. Un corro de más de treinta trabajadores y una pregunta a bocajarro, “¿a qué ha venido?” de uno de los más jóvenes, seguramente de un eventual, de esos radicalizados que nos le viene bien nada, provoca su primera intervención. Habla de la crisis que atraviesa el sector, de que vamos a capear el temporal como podamos, que tenemos que garantizar el empleo como primer cosa, y luego, eleva el tono un poco para decir que hay que permanecer unidos y si eso pasa por no cobrar aguinaldos ni extras el año que viene, todo sea por preservar el puesto. Las caras largas de la mayoría y un comentario al fondo de disconformidad, coincide con la bocina y la vuelta al trabajo. El más viejo se le acerca, cuando todos se van, lo agarra por el brazo y le comenta, “y es lógico, esto no le gusta a nadie pero la gente anda preocupada por su puesto de trabajo y van a aceptar la propuesta del sindicato, seguro”, y le dice casi en secreto que lo deje de su mano. Luego, cuando confirma que se han ido todos, le pregunta si tiene noticias de su jubilación anticipada. El sindicalista repite la escena hasta cuatro veces a lo largo de la mañana, para tener la certeza de haber llegado con el mensaje sindical a la mayoría, sin necesidad de asamblea, que la última tuvo un resultado poco alentador, y eso que se hizo al poco de ganar las elecciones.
III
No se trata de una cena para festejar nada, es más, el sitio es normalito, un restaurante discreto a las afueras de la ciudad, donde no se necesitó ir con ropa especialmente lustrosa. El sindicalista, cuando llega su turno, abre la libreta y hace un repaso del trabajo hecho durante la semana. Dice que de las cinco fábricas, cuatro van a aceptar sin problema, y una tiene un grupo radical organizado que está intentando forzar una asamblea. Sus jefes sindicales carraspean y se miran de un modo contrariado, como para que quede claro que no contaban con ese problema. El sindicalista suda un poco, porque sabe que como la dirección del sindicato diga que algo ha fallado, y que se tiene que poner manos a la obra para evitar esa asamblea como sea, él tiene los días contados como representante. Una voz del responsable de organización rompe la duda y dice, “bueno, te damos hasta el martes para solucionarlo, sino entramos nosotros”. Sabe por experiencia ajena que en el “entramos nosotros” viene adjunto un mensaje claro, “y usted, compañero, se va al cuarto de las fotocopias, hasta que se le ubique en otro lugar”. No pidió postres ni copa. Su cabeza empezó a dar vueltas en cómo convencer a los suyos en esa fábrica para que no haya asamblea.
IV
En el taxi, en la ducha, en la cama, siguió dándole vueltas en cómo evitar la dichosa asamblea. Dividir al grupo radical, pagar a alguien para que ponga un petardo en la puerta de la factoría y provocar así la repulsa del resto a ese grupito ultra izquierdista, buscar en el currículo de esos portavoces algo que los desacredite, amenazar con que los expedientes para cerrar fuentes de trabajo empezarían por esa factoría porque la gente está más desunida... . A la mañana siguiente se presentó en la fábrica y vio con sorpresa que había carteles por todos lados anunciado el día y la hora de la asamblea y, por si fuera poco, eslóganes en las paredes como “la clase obrera en lucha”, “ricos hijos de puta”, “viva la democracia obrera”, “sindicato vendido”, “asamblea, ya”, “que la crisis la paguen los ricos”, incluso uno muy directo “No a la burrocracia sindical” que le confirmaron lo atrás en el tiempo que se había quedado toda esa gente, y lo bien que había hecho él apostando por un sindicalismo moderno, de negociación y paz social. Eso le dio fuerza y ánimo para llamar a sus jefes e informarle que la asamblea iba, lamentablemente, para adelante, pero que él se encargaba de ganarla. Y lo dijo en un tono severo, como para evitar dudas y réplicas.
V
Lo primero fue informar a la patronal de esa fábrica, que había una situación delicada y que necesitaría su apoyo. En la reunión secreta en el salón de un hotel, barajaron los nombres de los líderes radicales y estudiaron qué se podía hacer. El sindicalista sugirió que los agruparan a todos en el mismo turno para que no contaminaran más de la cuenta ,y si era posible, que fuera en el de madrugada. Les preguntó abiertamente si alguno de ellos era consumidor de drogas, si alguno le pegaba a su pareja o si tenían sanciones por incumplimiento laboral. La patronal no pudo responder nada concreto y ahí se acabó la pesquisa. Eso sí, le comentaron que en ese grupito había comunistas y anarquistas trabajando juntos. El sindicalista dijo un tajante, “qué antigüedad, por Dios” que provocó la sonrisa y el golpecito en el hombro de uno de los patrones. Luego hubo un whisky on the rocks en un lugar cercano para relajarse y confraternizar un rato.
VI
Remangado, rodeado de papeles, con dos de sus colaboradores a su vera, punteando el censo de todos los trabajadores de esa fábrica, se sentía casi entusiasmado. Estaba ante un reto del que iba a salir vencedor, y eso iba a provocar que lo tuvieran en cuenta en la próxima restructuración de la dirección sindical, podría aspirar, por fin, a formar parte del núcleo duro del sindicato, de estar entre los que deciden. Por eso hablaba con una convicción contagiosa, “hay un 35% de trabajadores de oficina, de repartidores y de directivos, esos son todos nuestros”, “faltaría un 16%” le recordó un colaborador. “Hay que llamar uno por uno a nuestros afiliados, crear logística para que vayan a votar sí o sí. Digo taxis, coches que los recojan, etcétera”. Así siguieron durante casi toda la tarde, con el apremio lógico de estar a 72 horas de una asamblea crucial.
VIIDe vuelta a casa pensó en quién podría conocer a alguno de esos radicales para tocarlo, para ofrecerle algo de dinero y un puesto en otra fábrica, en otra ciudad, con un aumento de sueldo, un viaje de turismo con su familia y, sobre todo, la palabra del sindicato de total discreción y silencio. Se dio ánimo en la certeza que cosas parecidas habían ocurrido otras veces y se había salido con éxito. Luego, su cabeza volvió a la asamblea y en que necesitaba articular un discurso efectista, coherente, que explicara las cosas con claridad a los indecisos. Se sintió fuerte, como en los viejos tiempos, iba a ganarles con la dialéctica, con la palabra y entró en su casa a preparar la intervención ante el espejo.
VIII
La lectura serena de los estatutos a cargo de uno de sus colaboradores, le dio una clave importante, los antiguos trabajadores, ahora jubilados, podían participar de la asamblea y de su votación. Sonrío. La cosa estaba resuelta, sólo quedaba localizarlos, hablar con ellos, recordarle la jubilación conseguida en su día con una buena negociación del sindicato, y explicarle que su asistencia era necesaria para no dejar en manos de fanáticos el futuro sindical de la fábrica. Uno de sus colaboradores se prendió del teléfono y del listado de 146 compañeros pensionistas a los que había que ubicar como sea.
IX
Como era previsible, el aparato empresarial no se quedó de brazos cruzados. Movió hilos y cuerdas, utilizando su poder con toda la astucia posible. De entre las medidas adoptadas, la más eficaz, la aprobación de una partida de dinero para los trabajadores, a modo de regalía, si tenían a bien apoyar la propuesta sensata del sindicato y dar la espalda a locuras y aventurerismos sediciosos. La decisión fue convenientemente comunicada al sindicalista en una llamada telefónica muy escueta y reservada.
X
El día equis. Todo funcionando como un reloj. Cada actor en su papel. Una asamblea importante fijada para el final de la mañana, y el sindicalista apurando los detalles de intendencia. Jeans usados, la camisa raída de otras ocasiones, barba calculada de tres días y un discurso mil veces repasado, listo para ser dicho con todas las exclamaciones, subidas de tono y silencios planificados. Los suyos, ubicados estratégicamente entre los trabajadores; los jubilados, prestos para aplaudir, votar e ir a un almuerzo de confraternización y nostalgias con todo pagado pero, sobre todo, la seguridad y la confianza de que la decisión de la patronal de dar dinero, había llegado a cada uno de los presentes.
XI
Hubo algunos dimes y también diretes sobre quién intervendría primero, sabedores todos que el segundo tiene siempre alguna ventaja emocional en quien escucha, por eso, el sindicato dio una dura batalla. Los llamados radicales hicieron un discurso revolucionario, apelando a la lucha, las movilizaciones, a cortar las calles con gomas quemadas, a ocupar la fábrica, a hacer ollas populares, a extender el conflicto. Llamaron traidores y vendidos al capital al sindicato en repetidas veces. Desde los trabajadores respondieron con aplausos y puños en alto, incluso con un grito desde el fondo amenazando a la patronal con colgarlos como a cerdos que fue muy festejado. El sindicalista esperó su momento y subió a la tribuna despacio, por supuesto sin papeles, y cuando se acomodó los lentes, su gente lo saludó con un aplauso breve pero cálido, tal como se había planificado. Dijo que él no iba a anunciar ni el fin del capitalismo ni a llamar a luchas estériles, sino que apelaría a la responsabilidad histórica de la clase obrera, al buen hacer de sus representantes en cada mesa de negociación a la que se había acudido en estos últimos años, y argumentó que venían malos tiempos, pero no sólo para el gremio sino para todo el país y el planeta, como cualquiera puede ver en la televisión. Dijo que era necesario un pequeño esfuerzo solidario, y que eso posibilitaría mantener el trabajo de cada uno de los trabajadores, de afrontar sus deudas y la comida de sus hijos. De no ser así, terminó, él mismo vendría a dar la cara y a proponer otras medidas de lucha, pero que ahora no es momento más que para la sensatez y la calma. Hubo aplausos que taparon algún pitido, vivas que obviaron algún insulto, y dos personas trayendo una mesa con una urna para que la asamblea decidiera. Mientras, el sindicalista iba junto a los suyos, apretaba las manos, se abrazaba y una mezcla de intuición y energía en el ambiente le decía que ganaba la asamblea.
XII
El sindicalista ocupa nuevamente su despacho tras una semana de justas vacaciones, que disfrutó pescando en un pueblo alejado. Ahora, sus jefes, lo felicitan y ponen de ejemplo a los demás de lo que sigue siendo un sindicalista que sabe estar en los momentos difíciles. Sabe que ha superado una prueba y que es muy posible que le ofrezcan por ello un ascenso en el organigrama del sindicato, con lo que eso significa de dietas y viáticos. Pero, él tiene otros planes. Ya ha dado el sí a la dirección de la empresa con la que trabajó codo a codo para ganar la asamblea, para ser jefe de personal en una fábrica nueva que abrirán en un país vecino. El sueldo es diez veces mayor y todo el mundo tiene derecho a progresar.

jueves, 5 de marzo de 2009

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA DE JOSÉ SARAMAGO EN 1998


El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después
del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?". Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?". Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.
Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio. Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de "Alzado del suelo" y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.
¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de "Os Lusíadas", que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos. Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de "Sobolos rios". Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada "Que farei con este livro?" ("¿Qué haré con este libro?"), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: "¿Qué haréis con este libro?". Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.
Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. El se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra. Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Sontres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del "Memorial del convento", un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.
De las lecciones de poesía,sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde "El año de la muerte de Ricardo Reis" comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista - "Atena" era el título - en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría". "El año de la muerte de Ricardo Reis" terminaba con unas palabras melancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí - "La balsa de piedra" - separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de "La balsa de piedra" - dos mujeres, tres hombres y un perro - viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta. Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en "La balsa de piedra" hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría "História do Cerco de Lisboa", en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas". Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas. Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.
Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir "El Evangelio según Jesucristo". Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del "Nuevo Testamento" a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones. Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo. "El Evangelio" del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en es última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró. Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".
Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló "In Nomine Dei". Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían. La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos.El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se sentó a escribir el "Ensayo sobre la ceguera" para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama "Todos los nombres". No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos. Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo.

miércoles, 25 de febrero de 2009

"EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA. DEMOCRACIA, CAPITALISMO Y ESTADO DE DERECHO"



Carlos Fernández Liria*
Pedro Fernández Liria*
Luis Alegre Zahonero*
Ilustraciones: Miguel Brieva
Edit. AKAL

COMENTARIO SOBRE ESTE LIBRO
A principios del siglo XXI, en la España ´democrática´, un partido ´socialista´ está a punto de aprobar una asignatura que en la precarizada educación pública pretende ´concienciar´, ´animar´ a los futuros ciudadanos a la ´participación democrática´, en un contexto nacional e internacional cada vez más degradado por la voracidad capitalista. Este ensayo es un tremendo contraataque a tamaña farsa. Ofrece un profundo análisis, auque expresado con llaneza y claridad, en torno a conceptos sociales y éticos tan importantes como la Ciudadanía, la Democracia, la Libertad (pública e individual), el Derecho, la Ley... desde los orígenes del debate en la Grecia clásica, pasando por la Ilustración hasta el convulso siglo XX. El resultado de esta revisión es demoledor: la grandeza de los planteamientos teóricos en los momentos cumbres del discurrir filosófico y político de la Historia de Occidente -la Grecia clásica, la Revolución francesa, las democracias modernas- resulta inversamente proporcional a la miseria, la injusticia, la violencia, la mezquindad y el horror humanos que han caracterizado en el plano ´práctico´, a ras de tierra, en todo tiempo y lugar a las sociedades humanas; con una virulencia sin límites en el Capitalismo brutal del último siglo y las cómplices democracias occidentales. La obra revela con datos precisos, directos y sin miramientos políticamente correctos, las principales estrategias de las mal llamadas democracias modernas para perpetuar el desequilibrio; cómo cada intento revolucionario de las sociedades para cambiar el sistema neoliberal capitalista e instaurar otros modelos más justos (comunismo y anarquismo) ha sido violentamente reducido por los mismos estados adalides de la Democracia internacional -se atiende a los casos de Cuba y el cono sur latinoamericano, la URSS, la España de principios de siglo, etc-. Asimismo se defienden con contundencia los actuales y ´vivos´ intentos revolucionarios en América latina. Los autores realizan un esfuerzo poco usual por manejar materias en principio tan densas y ´adultas´ del modo más accesible e incluso atractivo para cualquier adolescente medio. Las geniales y corrosivas ilustraciones de Miguel Brieva constituyen un pilar fundamental para la obra, que adquiere una riqueza y calado crítico indispensable para las nuevas generaciones de cualquier democracia actual.

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
(Nota de los autores sobre el papel de los medios de comunicación en la polémica en torno a la asignatura de Educación para la Ciudadanía y de este libro en particular.)
Sobre la primera edición de este libro, se ha mentido tanto en los medios de comunicación españoles que conviene hacer algunas aclaraciones que dejen las cosas en su sitio.
El 20 de septiembre de 2007, por ejemplo, el Telenoticias 3 de Telemadrid anunció literalmente que nuestro libro era "uno de los que ya habían comenzado a utilizarse como libro de texto en la asignatura "Educación para la Ciudadanía" que acababa de implantarse en algunas comunidades autónomas". Con cara compungida, un supuesto padre de familia, sentado en el sofá de su casa, iba leyendo en voz alta algunos pasajes escogidos de nuestro libro. En especial, parecía escandalizarle el hecho de que recordáramos que los votantes del PP habían votado (y siguen votando) a un partido que apoyó la invasión estadounidense de Iraq, y que eso, de alguna manera, comporta algún tipo de responsabilidad. Por lo visto, en opinión de los directores de Telemadrid, es inconcebible que en una asignatura de Educación para la Ciudadanía se pretenda nada menos que decir la verdad a los alumnos. Quizá piensen que sería más opotuno explicar a los jóvenes y a los lectores en general que los ciudadanos no tienen ninguna responsabilidad a la hora de votar a un partido u otro. Pues la cruda realidad es que el PP apoyó la invasión de Iraq y que José María Aznar insistió una y otra vez en que tenía informes fidedignos de que Sadam Hussein contaba con armas de destrucción masiva, pese a que todos los informes de los inspectores de la ONU decían lo contrario. Luego resultó que en Iraq no había armas de destrucción masiva. No sólo no las había, sino que siempre se supo que no las había. Sobre este tema se había mentido a la opinión pública mundial. Pese a todo, a los votantes del PP no les pareció motivo suficiente para cambiar su elección.
Se trata, sin duda, de un enigma de la vida ciudadana que ojalá algún día pueda ser desentrañado en los libros de texto de Educación para la Ciudadanía: ¿Cómo es posible que la intención de voto de la población no se haya modificado en absoluto al descubrir que una guerra que ha destruido un país y que ha causado centenares de miles de víctimas civiles se inició con un embuste de sus líderes políticos?.
Sin embargo, todo el mundo parece de acuerdo (en el PP y también en el PSOE) en que la asignatura "Educación para la Ciudadanía" no deben tratarse este tipo de cuestiones tan delicadas. En realidad, tal como han demostrado los libros de texto que han visto la luz durante el año 2007, esta asignatura no debe consistir, al parecer, más que en un canto políticamente correcto a valores abstractos y melifluas intenciones, una especie de Barrio Sésamo ñoño, tedioso y conformista para explicar a los niños lo contentos que tienen que estar por vivir en una monarquía constitucional. No es extraño, por tanto, que nuestro libro fuese acogido con tan rabiosa indignación.
Pero, antes de pasar a discutir estas cuestiones, conviene deshacer las mentiras más sonadas. El Telenoticias de Telemadrid mintió, y no era la primera vez que mentía al respecto. Mintió, en primer lugar, porque nuestro libro no es un libro de texto. Y, por supuesto, era absolutamente falaz que ya estuviese utilizándose como tal en los centros de enseñanza. Cualquiera puede ver que el libro que tiene entre sus manos no es un libro de texto: no responde al programa de ningún curso en particular; no tiene el formato de los libros de texto; no tiene actividades para el alumno, ni flechitas ni esquemitas ni recuadritos; no ha sido homologado por el Ministerio de Educación; no sigue el currículo de la asignatura, etc. Es más, no hay ningún profesor tan suicida como para buscarse la ruina utilizándolo como manual obligatorio, pues es fácil colegir que la comunidad educativa, la dirección del centro, los padres, los consejos escolares, la inspección, la prensa y demás fuerzas vivas, le complicarían mucho la vida.
Que no se trata de un libro de texto es algo que sabían perfectamente en Telemadrid. Lo mismo que lo han sabido perfectamente, desde el principio, en la Cadena Cope, en el diario El Mundo, en La Razón, en el ABC, en Libertad Digital, en el Canal 7, y en todos los medios que, sin embargo, no han parado de insistir en que sí lo era. Sencillamente, han mentido sabiendo muy bien que estaban mintiendo. Han querido transmitir la idea de que nuestro libro no sólo es un libro de texto, sino que es, además, el libro de texto por antonomasia, el que verdaderamente desvela las auténticas y ocultas intenciones del gobierno del PSOE, hasta el punto de que en algunos de esos medios comenzó a conocerse como el "manual de Zapatero".
No sólono es verdad que sea un manual. Se trata más bien de un antimanual especialmente escrito en contra de la asignatura misma. Por supuesto, este detalle ha pasado desapercibido, porque la prensa de derechas estaba muy interesada en ocultar el hecho de que, desde el principio, hubo una oposición de izquierdas a la Educación para la Ciudadanía. Incluso se produjo una manifestación en contra de esta asignatura, convocada a nivel estatal, que acabó con unas clases de Filosofía al aire libre impartidas en la Plaza de España de Madrid, el 3 de junio de 2005. Los tres autores del libro participamos activamente en esas movilizaciones contra la asignatura, convocadas desde la izquierda. Esta respuesta tenía muy buenas razones y argumentos, pero, por supuesto, no salió en los periódicos ni en los telediarios, porque la izquierda de este país ni tiene periódicos ni tiene telediarios a su disposición. Y como suele ocurrir, a fuerza de silencio y censura se acabó por creer que la izquierda no existía. De este modo, se logró crear la ilusión de que sólo la derecha atacaba la asignatura y que, en cambio, la izquierda (liderada, al parecer, por el PSOE) la defendía.
Por supuesto, el ruido que han metido los obispos en relación con esta asignatura ha sido tan aparatosa que el espejismo estaba servido en bandeja. En este país tenemos la desgracia de padecer una derecha pre-civilizada, pre-moderna, pre-ilustrada, aliada de los sectores más reaccionarios de la Iglesia Católica, una Iglesia a cuyos dirigentes sólo hemos visto movilizarse en contra de los derechos de los homosexuales, de las mujeres y, en general, en contra de todo lo que les suene a Derecho. Nos referimos, claro está, a la misma jerarquía eclesiástica que combatió en Latinoamérica a la Teología de la Liberación, y que en España está empeñada en "limpiar la casa del Señor", cerrando parroquias comprometidas con la causa de los pobres, como la de Enrique de Castro en el barrio madrileño de Vallecas. Así pues, tampoco resulta sorprendente la furiosa reacción de la Conferencia Episcopal contra cualquier propuesta que incorpore, aunque sólo sea en el título, la palabra "ciudadanía". En esta ocasión se han comportado como auténticos Príncipes de las Tinieblas, como si la mera palabra "ciudadanía" les produjera el mismo efecto que la luz del sol al conde Drácula. La jerarquía de la Iglesia pierde los papeles cada vez que siente amenazada una micra de su poder político. Así pues, es normal que hayan reaccionado con virulencia contra una asignatura que pretende transmitir unos valores distintos a los que ellos inculcan en la asignatura de Religión. La hipocresía de los obispos y de organizaciones como la Confederación Católica de Padres (CONCAPA) al acusar al Estado de adoctrinamiento ha sido repugnante, cuando no surrealista, teniendo en cuenta lo contenta que estuvo la Iglesia de monopolizar el adoctrinamiento fascista, machista, homófobo y clasista durante cuarenta años de franquismo, y lo contenta que está ahora de valerse de fondos públicos para el lavado de cerebro de los niños en sus centros concertados y, en general, en la asignatura de Religión.
Y como la derecha y la ultraderecha sí tienen medios de comunicación de sobra para hacerse oír en el espacio público, resultó aun más creíble la idea de que la polémica sobre la Educación para la Ciudadanía se agotaba entre el PP, que la atacaba, y el PSOE, que la defendía.
En absoluto era cierto. La oposición de izquierdas a esta asignatura había existido desde el primer momento. Partió fundamentalmente del área de Filosofía y era una llamada de atención sobre la degradación de la enseñanza pública en general. Era previsible, en efecto, que la asignatura de Filosofía quedara muy dañada con la implantación de la Educación para la Ciudadanía. Y de hecho, así ha sido. En el borrador del decreto de Bachillerato que el PSOE ha preparado hasta la fecha, está previsto reducir de tres a dos horas a la semana la Filosofía de primero de Bachillerato (que pasaría a llamarse "Filosofía y Ciudadanía"). Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que fue ya el PSOE quien en su momento redujo esta asignatura de cuatro a tres horas semanales. En segundo lugar, conviene recordar que con esta nueva reducción incumple todos los pactos y falta a todas las promesas hechas a las facultades y asociaciones de Filosofía. Pero no contento con esto (¿alguien puede adivinar qué tiene el PSOE contra la Filosofía?), en el borrador del decreto se prevé reducir también a dos horas semanales la Historia de la Filosofía de segundo de Bachillerato. A ello hay que añadir el hecho de que la Ética de 4º de la ESO pasa a llamarse "Ética cívica" y pierde una de sus dos horas a la semana. Todo el mundo sabe que eso es tanto como convertir esa asignatura en impracticable.
La defensa de la Filosofía frente a este estropicio educativo no es una cuestión de corporativismo. Lo que ocurre es que algunos profesores, como los autores de este libro, creemos de verdad que la asignatura de "Filosofía", en su actual perfil científico, es el mejor instrumento del que dispone nuestro sistema educativo para formar ciudadanos capaces de razonar y argumentar con criterio propio e independiente. Estamos convencidos de que no hay mejor forma de encaminarse a ese objetivo que la enseñanza de la Filosofía y la Historia de la Filosofía, del mismo modo que creemos que con los programas de Educación para la Ciudadanía, lo que se pretende más bien es amaestrar a los niños en lo políticamente correcto y en las supercherías de la ideología dominante. Pero, sobre todo, somos muy conscientes de que este atentado contra el perfil científico de la asignatura de Filosofía no es más que un síntoma fatal del rumbo que está tomando la enseñanza pública en general. Los perfiles científicos de las asignaturas en la enseñanza secundaria tienenden cada vez más a disolverse porque el edificio mismo de la enseñanza pública se desmorona más y más, viniendo a ocupar su lugar una especie de "asistencia social" gestionada por educadores, pedagogos, psicólogos, e incluso por guardias de seguridad, como si se fuese muy consciente de que mientras las enseñanzas privada y concertada preparan para la universidad, el futuro en la enseñanza pública viene más bien marcado por la cárcel, el paro o el inframundo laboral del trabajo basura. En esta cuestión, las políticas del PSOE y del PP han resultado igualmente letales. Legislatura tras legislatura han ido haciendo y deshaciendo leyes y decretos, como si fueran buenas intenciones, y no muchísimo más dinero y recursos humanos, lo que la enseñanza pública necesita para poder frenar esta tendencia hacia el desastre. Eso, por supuesto, sin la menor iniciativa legal para acabar con la ignominia de la enseñanza concertada, con su legión de profesores nombrados a dedo y pagados con dinero público. Si a esta situación le añadimos los planes a nivel europeo y mundial que desde la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Acuerdo General de Comercio de Servicios (GATS por sus siglas en inglés) planean sobre el mundo de la enseñanza estatal, encaminados de forma inequívoca a la instrumentalización privada de la enseñanza pública superior y la mercantilización de la universidad, el panorama es desolador -tan desolador como había previsto hace ya tiempo el libro de Michel Éliard, La fin de l´école (París, PUF, 2000)-. Es posible hacerse una excelente idea de lo que se ha estado jugando en eso que se ha llamado "Convergencia Europea en Educación Superior" leyendo el libro "Eurouniversidad. Mito y realidad del proceso de Bolonia" (Barcelona, Icaria, 2007).
Ahora bien, en estos últimos años cruciales, la voz de la izquierda ha sido casi por completo silenciada, tanto respecto de la enseñanza secundaria como de la superior. Hartos de estrellarnos contra este muro de silencio, en el momento en que vimos que la implantación de la Educación para la Ciudadanía era ya un hecho consumado, los autores de este libro decidimos hacer de la necesidad, virtud. Nos dijimos que si querían una Educación para la Ciudadanía, la iban a tener, pero que la iban a tener en serio. En lugar de utilizar la asignatura para encubrir la realidad capitalista, podíamos utilizarla para denunciarla. El racismo; la xenofobia; el trabajo ilegal de los sin papeles y el trabajo basura de los con papeles; la desestructuración social; la precariedad laboral; la marginación y todo lo que ella conlleva; la imposibilidad de acceder a una vivienda digna y las consiguientes dificultades para la vida familiar y la procreación. Todos estos asuntos tienen su causa en problemas sociales y económicos enraizados en las estructuras más básicas de esta sociedad en la que vivimos. Es ridículo, patético e hipócrita pretender que todo ello hay que afrontarlo con una "educación en valores". Pero, sobre todo, se trata de una estafa que pretende encubrir y legitimar las verdaderas causas de estos problemas. Así pues, lo primero que debe quedar claro en una Educación para la Ciudadanía es el carácter capitalista de nuestra realidad social. Después habrá que decidir en qué consiste y qué posibilidades tiene la vida ciudadana en semejante condiciones.
Fue así como publicamos Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (Akal, 2007). La reacción de los medios de comunicación de derechas y de ultraderecha ha sido furibunda. La tentación de utilizarnos como arma arrojadiza contra el PSOE era demasiado grande para reducirnos al silencio, así que decidimos más bien poner el grito en el cielo. La campaña mediática que se ha desatado en contra de nuestro libro durante los meses de agosto y de septiembre de 2007 ha superado los límites de la falsedad, la mentira y la hipocresía. En primer lugar, como ya hemos señalado, presentaron el libro como un manual destinado a las aulas, cuando era absolutamente obvio que no lo era. Luego, y tal como denunció en su momento Javier Ortiz, siguieron la táctica habitual de la Inquisición: "Primero se dice que el contrario ha dicho lo que no ha dicho y luego se le condena sin apelación posible por haber dicho lo que no ha dicho" (El Mundo, 9 de septiembre de 2007).
Así, por ejemplo, en las múltiples veces que nuestro libro ha sido aludido en Telemadrid, su contenido ha quedado resumido diciendo que definimos "libertad" como "hacer lo que a uno le da la gana". Varias veces esa frase ha aparecido subrayada y ampliada en pantalla, como prueba de nuestra ignominia. Lo que no decían es que esa frase es sólo el punto de partida de un razonamiento estrictamente Kantiano en el que acabamjos, por cierto, por concluir que "libertad" es más bien "obeceder a la ley" (lo que, sin duda, considerarán muy desconcertante los directores de Telemadrid, tratándose de un libro que han calificado poco menos que de anticonstitucional). Hasta el menos aventajado de los alumnos de secundaria que de verdad leyera nuestro libro entendería perfectamente que nuestro concepto de libertad no tiene nada que ver con lo que ordinariamente se entiende por "hacer lo que nos da la gana". Es completamente obvio que si tomamos esa frase como punto de partida, es precisamente porque sabemos que se trata de una idea bastante común entre los jóvenes, de modo que es con ella con la que conviene ajustar cuentas. Por supuesto, esto lo sabían perfectamente en Telemadrid, pero no les importó mentir al respecto.
Es curioso cómo los periodistas acaban creyéndose sus propias mentiras, porque el caso es que en el programa 59", de TVE, también resumieron la tesis principal del libro del mismo modo. Luego pasaron a rasgarse las vestiduras, hasta el punto de que Melchor Miralles, directivo del diario El Mundo, pidió que a los autores nos inhabilitaran de por vida para la docencia (en todo caso, en descarga del directos de 59", hay que señalar que accedió a leer una nota de rectificación en el programa siguiente; por supuesto, no se puede decir lo mismo de Melchor Miralles).
Se han publicado otras mentiras absolutamente descabelladas, como, por ejemplo, que mostramos algún tipo de menosprecio hacia los gitanos (Alfonso Ussía, La Razón, 19 de agosto de 2007) cuando, en realidad, son mencionados precisamente como modelo de resistencia frente a los mecanismos destructores de la familia que pone en juego el capitalismo (que constituye, éste sí, el blanco de nuestras críticas); mentiras absurdas, como que consideramos intolerable mantener la virginidad hasta el matrimonio, cuando lo único que decimos a ese respecto es que se trata de un asunto que debe quedar gobernado por la voluntad libre de cada uno; o mentiras delirantes, como que defendemos que la "dignidad" es comportarse como "un buen cerdo machista y tenerlos bien puestos" (La Razón, 17 de agosto de 2007), cuando, como es obvio, eso se propone precisamente como ejemplo de indignidad.
Lo más llamativo es que se hayan apuntado, por una parte, mentiras y, por otra, insultos y descalificaciones, sin aportar ni un solo argumento. Fernando Savater nos llamó "necios y sectarios" (ABC, 7 de agosto de 2007); Martín Prieto nos tildó de "retroprogres", "locos", "chequistas" y "lamelibranquios" (El Mundo, 12 de agosto de 2007); César Vidal nos llamó "escritores fracasados" y no sé cuántas cosas más (COPE, 12 de julio de 2oo7); Alfonso Ussía dijo que éramos unos "stalinistas", "comunistas", "genocidas" y nos invitó a irnos a vivir a Cuba (La Razón, 19 de agosto de 2007); Jiménez Losantos y Pedro J. Ramírez han hablado bastante de nuestro libro no sabiendo si llorar o reír y llegando a la conclusión de que, más que nada, somos unos "zumbaos".
Respecto a los insultos publicados en El Mundo y en La Razón hay que añadir, además, que han sido especialmente cobardes y maleducados, porque estos diarios (al contrario que El País o ABC) no nos han concedido derecho a réplica, ni siquiera las quince líneas de rigos en "Cartas al director". Tres cartas enviadas a Pedro J. Ramírez fueron rechazadas sin explicaciones.
Es muy notable el hecho de que sólo haya dos personas que hayan argumentado sobre el libro: Rafael Sánchez Ferlosio (El País, 29 de julio de 2007) y Gustavo Bueno (El Catoblepas). El primero lo hizo tras criticar durísimamente a Savater y para defender, en cambio, la idea fundamental de nuestro libro, lo que no tiene nada de extraño, pues, en efecto, "la idea de introducir en política la fuerza de lo impersonal" nos la enseñó él mejor que ningún otro. El segundo, es cierto, nos criticó con dureza, aunque con argumentos muy discutibles; pero, en todo caso, lo hizo tras burlarse de forma inmisericorde de los otros "libros de texto", y especialmente del de José Antonio Marina, del que vino a decir algo así como que si es más tonto no nace. Así pues, después de todo, salimos ganando por comparación.
Merecen comentario aparte los insultos que han cuestionado nuestra salud mental ("zumbaos", "paranoicos", "casos psiquiátricos", etc.). Por lo visto, a la izquierda del PSOE y del PP estamos todos locos de remate. Pues, en efecto, los periodistas que tanto se han burlado de nosotros se asombrarían mucho al saber la acogida tan entusiasta que nuestro libro ha tenido en los medios de la izquierda alterglobalización (en las revistas El Viejo Topo, Viento Sur, Archipiélago, Fusión, El Otro País o en los sitios web habituales de la izquierda). Es una prueba más de que los argumentos de izquierda no tienen ninguna cabida mediática en el espacio público de nuestra bendita libertad de expresión. No hace falta censura, en efecto, allí donde todo el mundo obedece, por la cuenta que le trae, la voz de su amo. Sin embargo, en esta ocasión se ha colado en los grandes medios de comunicación un argumento de la llamada "extrema izquierda". Ello se ha debido, como sabemos, a que al PP le convenía muchísimo, en su guerra particular contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía propuesta por el PSOE, presentar nuestro libro como el "manual de Zapatero". Es la única razón, pues el blindaje informativo contra los argumentos a la izquierda del PSOE ha sido siempre absoluto. Y mira por dónde, una vez que, debido a este accidente informativo, se encuentran con una argumentación anticapitalista y alterglobalización encima de la mesa de los telediarios y los periódicos, se quedan boquiabiertos y piensan que, sencillamente, se les han colado unos locos de atar. Así de acostumbrados están a discutir con nuestros argumentos y así de acostumbrados están a discutir con nuestros autores habituales de referencia, tales como Noam Chomsky, Vandana Shiva, Tariq Ali, Samir Amin, Eduardo Galeano, Ammy Goodman, Pérez Esquivel, Naomi Klein, Immanuel Wallerstein, Terry Eagleton, Eric Hobsbawm, Michel Chossudovsky, Harold Pinter o Arundhati Roy. Hay un largo etcétera de autores censurados por los propietarios privados del espacio público. Por ejemplo, y sin ir más lejos, Ignacio Ramonet dejó al descubierno la complicidad de los medios europeos con el golpe de Estado contra el orden constitucional en Venezuela de abril de 2002, y ese fue el último artículo que publicó en El País. En suma, es de suponer que nuestros medios de comunicación no tendrían demasiado empacho en psiquiatrizar al movimiento alterglobalización en su conjunto, con todos sus autores de referencia y toda su bibliografía. Como si a la izquierda de los que tienen el poder no existiese más que el manicomio.
Al fin y al cabo, se trata de un buen síntoma. No podemos esperar que los que tienen la sartén por el mango aprecien la corrección de los diagnósticos de la izquierda alterglobalización. Si defendemos que "otro mundo es posible" es porque sabemos que otra economía y otras relaciones sociales son posibles en este mundo. Los anticapitalistas no pedimos la luna, no somos unos lunáticos. Pedimos algo de lo más sensato, aunque no podemos esperar la comprensión de los poderosos ni de sus mercenarios en los medios de comunicación.
Se pongan como se pongan, el movimiento antiglobalización existe. Tampoco los propietarios de Atenas fueron demasiado comprensivos con Sócrates que es, después de todo, el verdadero protagonista de este libro.
Madrid, 1 de octubre de 2007
Los autores
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*Carlos Fernández Liria es profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y autor de los libros "Dejar de pensar" (1986), "Volver a pensar" (1989). "Sin vigilancia y sin castigo" (1992), "El materialismo" (1998), "Geometría y tragedia". El uso público de la palabra en la sociedad moderna" (2002) y "Cuba" (2005). Junto con Luis Alegre Zahonero, investigador de la Universidad Complutense de Madrid, ha publicado los libros "Periodismo y Crimen" (2002) y "Comprender Venezuela, pensar la democracia" (2006). Colaboradores habituales de las revistas Logos, Viento Sur y Archipiélago, han publicado conjuntamente el artículo "La revolución educativa. El reto de la Universidad ante la sociedad del conocimiento" (2004).
* Pedro Fernández Liria, doctor en Filosofía y profesor de Enseñanza Secundaria, es autor de los títulos "La conciencia desdichada. Aproximación a la fenomenología de la conciencia cristiana" (1996) y "Hegel y el judaismo" (2000), así como de los ensayos "Regreso al campo de batalla. En torno al pensamiento del último Althusser" (2002) y "Psicoanálisis y materialismo histórico en Louis Althusser" (2005).
*Miguel Brieva es un ser bípedo, y en ocasiones racional, que nació en Sevilla en 1974 y que, además de ingerir alimentos y aspirar oxígeno con relativa frecuencia, colabora asimismo en algunas publicaciones. Es autor y editor de la revista Dinero. A menudo, mientras saca punta al lápiz, silbotea melodías difícilmente reconocibles y discordantes, que sin embargo a él parecen proporcionarle algún tipo de placer. A veces estornuda.

miércoles, 11 de febrero de 2009

WASHINGTON PODRÍA DEJAR DE APOYAR A MARRUECOS


¿HACIA UNA SOLUCIÓN EN EL SÁHARA OCCIDENTAL?
Por George Joffe*
LE MONDE diplomatique en español. Febrero de 2009


En 1975, mientras España llevaba a cabo una difícil transición de la dictadura a la democracia, Marruecos anexionó la antigua colonia española del Sáhara Occidental. Aunque su intervención ignoró las resoluciones a favor de la autodeterminación tanto de Naciones Unidas como de la Organización de la Unidad Africana (actualmente Unión Africana), Rabat alegó que estaba restableciendo su integridad territorial, alterada por los colonialismos francés y español. Sin embargo, se supo que el rey Hassán II había manipulado la reivindicación de esa región para maximizar el apoyo interno a la monarquía.

Los saharauis del Frente Polisario, respaldados por Argelia, rechazaban esa reivindicación. Ambos se apoyaban en las decisiones de las organizaciones citadas anteriormente y en la posición del Tribunal Internacional de Justicia, emitida en octubre de 1975, que, a petición de la Asamblea General de la ONU un año antes, había tenido en cuenta los alegatos de Marruecos, Argelia y Mauritania. El Tribunal llegó a la conclusión de que, aunque tribus saharauis hubieran tenido líneas de vasallaje con el sultanato de Marruecos en tiempos precoloniales, éstas no eran suficientes para legitimar la reivindicación de soberanía territorial, tal y como Rabat pretendía. El fallo satisfizo a ambos rivales: Marruecos afirmaba que la primera parte del mismo justificaba sus reivindicaciones, mientras el Frente Polisario insistía en que la segunda parte, implícitamente, abogaba por un proceso de autodeterminación. Estas posturas no han variado, planteando la cuestión de si, dada la intransegencia permanente de las partes, se puede esperar algún tipo de resolución en un futuro previsible. Pero las cosas pueden cambiar. Las protestas contra Marruecos aumentan en las ciudades del Sáhara. Y es posible que el nuevo Presidente de Estados Unidos tenga, por primera vez, una posición distinta, sobre esta cuestión, de la de su fiel aliado marroquí.


Es indudable que, a propósito del Sáhara Occidental, ha habido cambios tácticos en las últimas décadas: las acciones militares del Frente Polisario obligaron a Mauritania a abandonar su reivindicación en 1979; y la ONU pudo imponer un alto el fuego, en septiembre de 1991, supervisado por una misión militar especial, la MINURSO (Misión de la ONU para el Referéndum del Sáhara Occidental), durante los últimos quince años, bajo la promesa de que se realizaría un referéndum, aplazado una y otra vez a causa de las disputas acerca del censo electoral. Asimismo, Argelia ha disuadido al Frente Polisario de retomar la opción militar. Sin embargo, ninguna de las partes ha estado dispuesta a moderar sus posiciones fundamentales; Marruecos insiste en su reivindicación de soberanía; y el Polisario no renuncia a su petición de un referéndum de autodeterminación.

El carácter duradero de la disputa se debe a que ambas partes reclaman el derecho soberano al control del territorio, el cual, por su propia naturaleza, no puede derivar en un acuerdo. A fin de cuentas, la soberanía es una afirmación del poder exclusivo e indisoluble, que no puede fragmentarse. Aunque en los últimos años los argumentos relativos a la legitimidad del poder soberano de los Estados hayan modificado algo esta definición, en el Derecho Internacional sigue incontestada. Sin embargo, la disputa del Sáhara Occidental levanta dudas ante esta postura tradicional; y estas dudas potenciales son las que hacen pensar que pueda surgir una solución al conflicto.


DERECHO A LA AUTODETERMINACIÓN

Hay dos planteamientos distintos de la soberanía. La postura marroquí se basa en la exposición clásica de soberanía en cuanto al derecho de un Etado a ejercer poder soberano sobre su territorio; mientras el Frente Polisario insiste en que la única legitimación de la soberanía es el hecho de que ésta refleja los derechos de una nación que vive en un territorio, para así reivindicar la soberanía sobre éste; o sea, la esencia de la autodeterminación. El problema para la ONU y, por extensión, para la Unión Africana, es que no se ha resuelto la contradicción entre Estado y nación, puesto que simplemente se da por hecho que ambos términos coinciden. El Derecho Internacional aprueba la primera definición, aunque cada vez ha habido más presiones para que se adopte la segunda desde el fin de la Guerra Fría.

Las organizaciones internacionales son conscientes de las contradicciones, pero nunca han tenido que enfrentarse a ellas. La ONU da por sentado que los asuntos internos de las naciones no le atañen, a pesar de que, desde hace tiempo, ha promovido el derecho de los "pueblos" a la autodeterminación mediante la Resolución 1514 de la Asamblea General de 1960(1), pero sólo para los países en vías de desarrollo. Más recientemente, en el marco de la "intervención preventiva" auspiciada por Estados Unidos y Reino Unido, la ONU ha adoptado el principio de la "responsabilidad de proteger": el derecho a intervenir si un Estado no puede o no está dispuesto a proteger a su población. Aunque la reticencia a intervenir sigue siendo el principio legal director. Esto, unido a la falta de predisposición tanto del Frente Polisario (respaldado por Argelia) como de Marruecos para llegar a un acuerdo, ha molestado cada vez más al Consejo de Seguridad, cuya actuación se limita a renovar el mandato de la MINURSO cada seis meses.

De hecho, como el rey Hassán afirmó, todo lo que Marruecos quiere es "el sello y la bandera", los símbolos clásicos de la soberanía. Aunque eso mismo, básicamente, es justo a lo que aspira el Frente Polisario. El resto es negociable, de ahí las insistentes propuestas marroquíes de autonomía interna y el fracaso de las iniciativas impulsadas por la ONU, como ha sido el caso de los dos planes propuestos por James Baker cuando fue Enviado especial dela ONU en la región (1997-2004). De ahí, también, el fracaso de las cuatro rondas de negociaciones cara a cara organizadas por la ONU en Manhasset entre enero de 2007 y marzo de 2008, con las consiguientes declaraciones desesperadas del Enviado especial, Peter van Walsum, relativas a que "la independencia total del Sáhara Occidental no es una opción realista", comentario que le condenó a que, el mes de agosto de 2008, no se le renovara el cargo.

Pero el Sáhara Occidental no es un problema exclusivo de Marruecos y del Frente Polisario; hay al menos dos cuestiones que influyen en sus consecuencias. Una es la tirante relación entre Marruecos y Argelia. Rabat es consciente de su tradición milenaria de Estado en el norte de África y está resentida por cómo Francia estableció sus fronteras durante el período colonial.

Por otra parte, Argel ha edificado su reputación internacional a partir de su legitimidad revolucionaria, fruto de su guerra de liberación frente a la ocupación francesa entre 1954 y 1962; y de su papel destacado dentro del Movimiento de Países No Alineados en los años 1970. La autodeterminación siempre ha sido, según Argel, el camino para legitimar la categoría de Estado independiente y siempre ha rebatido las afirmaciones marroquíes de liderazgo regional, de ahí la Guerra de las Arenas de 1963. Huari Bumedién, el carismático presidente argelino de los años 1970, siempre buscó la unidad regional mediante la construcción de un "Magreb de los pueblos", en lugar de un "Magreb de los Estados", que él consideraba una visión marroquí.

En 1975, fue Argelia, junto con Libia, la que apoyó al Frente Polisario, aunque después Libia desistiera. Y cuando Argelia trató de hacer real su visión de unidad regional, a través del Tratado de Fraternidad y Concordia en 1984, se excluyó a Marruecos a causa de la cuestión del Sáhara Occidental, por lo que éste reaccionó con su propia Unión Árabe-Africana, con Libia -por entonces apartado de la visión argelina- como socio. Esta iniciativa sólo duró dos años, pero hizo ver que Argelia no era la única que tenía pretensiones de liderazgo regional. Después , en 1989, Marruecos abrió el camino a otra visión regional: la de la Unión del Magreb Árabe, pero las tensiones entre Rabat y Argel en los años 1990, unidas a la irritación libia por la falta de apoyo norteafricano al caso de Lockerbie (2), condujeron a su suspensión.

De modo que la disputa del Sáhara Occidental se ha convertido en una discrepancia de gran alcance entre los dos principales Estados norteafricanos respecto a la hegemonía regional. De ahí que el rey Mohammed VI se sienta cada vez más molesto con Argelia por su negativa a aceptar sus planes de autonomía para el Sáhara Occidental y por mantener cerrada la frontera entre los dos países. Al mismo tiempo, el presidente Abdelaziz Buteflika, quien fue Ministro de Asuntos Exteriores de Argelia cuando estalló la cuestión del Sáhara, no ve razón alguna para abandonar su apoyo al Frente Polisario y a la autodeterminación.

Ninguno de los dos actúa dentro de un vacío diplomático. Marruecos, tradicional baluarte prooccidental en el norte de África y en el mundo árabe, especialmente durante la Guerra Fría, seha beneficiado históricamente del apoyo estadounidense y europeo. Es cierto que la cuestión del Sáhara Occidental creó algún malestar, pero salvo reticencias iniciales por parte de la Administración de James Carter en los años 1970 y de la España de sus inicios democráticos, los Estados europeos propenden a que se busque una solución intermedia y se han inclinado por las prioridades marroquíes. Esto ha causado alguna complicación en la política pesquera europea y, en 2002, el asesor legal de la ONU tuvo que dictaminar que un contrato de exploración petrolera fuera ilegal porque el Sáhara Occidental era todavía, para la ONU, un "territorio autónomo", tal y como fue definido en 1963 cuando se le asignó a España el poder administrativo, un derecho que Madrid cedió a Marruecos y Mauritania en 1976.


MANIFESTACIONES CONTRA RABAT

Sin embargo, Francia y, últimamente, España han intentado persuadir a otros países de que aceptaran los argumentos de Marruecos a favor de la autonomía del Sáhara Occidental bajo soberanía marroquí. El Frente Polisario ha luchado por conseguir apoyo diplomático para la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), que, con 125.000 refugiados en el exilio, está protegida, desde 1975, en territorio argelino, cerca de la ciudad de Tindouf. Hubo una época en que hasta 73 Estados lo reconocieron, pero sólo uno de ellos -la antigua Yogoslavia- era europeo. De todas formas, el país verdaderamente crucial es EE.UU, debido a la presión diplomática que hubiera podido ejercer sobre los dos protagonistas claves y por el papel que desempeñaba en la ONU; pero Washington ha sido un leal partidario de Rabat durante los últimos treinta años.

En la psada década ese apoyo ha sido menos firme. Después de todo, la Guerra Fría terminó y la fidelidad de las alianzas se ha mitigado. En segundo lugar, Argelia ha asumido la reducción de la influencia del Movimiento de Países No Alineados y la emergencia de una hegemonía de Estados Unidos, especialmente desde el 11 de septiembre de 2001 y el inicio de la "guerra contra el terrorismo". Durante la larga presidencia de Abdelaziz Buteflika, Argel ha reconstruido su reputación internacional y ha mejorado sus relaciones con EE.UU, en especial con respecto al enfoque compartido sobre terrorismo. Asismismo, Washington se ha sentido molesto por el fracaso de la misión de James Baker destinada a buscar una solución a la cuestión del Sáhara Occidental.

Marruecos parece darse cuenta de que el tiempo es primordial; de ahí la presión que ejerce sobre Argelia para que acepte un compromiso que otorgue a Rabat la soberanía a costa de una amplia autonomía interna. También es consciente de que la actitud dentro del Sáhara Occidental es cada día más reacia a la anexión, tal y como se deduce de las constantes manifestaciones y detenciones (3). Pero Mohammed VI no puede, por razones de apoyo doméstico, abandonar la exigencia de reconocimiento de su anexión soberana (4). De hecho, Rabat cree que su objetivo estaría próximo simplemente con que se mantuviera el respaldo internacional. Pero Argelia sigue siendo el escollo que podría provocar el naufragio; y hay noticias de que la Administración de Obama podría revaluar sus políticas y sus alianzas en el Norte de África. ¡¡Y eso bien podría suponer un desastre para Marruecos!!.


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(1) De forma bastante irónica, Marruecos ha recurrido al párrafo 6 de la resolución, que niega la autodeterminación si se altera la integridad precolonial de un Estado, para así justificar su reivindicación sobre el Sáhara Occidental. De hecho, la excepción estaba destinada únicamente a ser aplicada en pequeños enclaves separados por la práctica colonialista.

(2) Atentado terrorista contra un avión mientras sobrevolaba Lockerbie en 1988. Causó 270 víctimas mortales. Dos libios fueron acusados, pero Libia rechazó su extradición. La ONU estableció sanciones contra Libia que se levantaron en 2003 tras extraditar a los acusados, indemnizar a las víctimas y aceptar la responsabilidad en el atentado.

(3) Véase Human Rights Watch, Human rights in the Western Sahara and the Tindouf refugee camps, Nueva York (diciembre de 2008).

(4) La situación marroquí es un muy buen ejemplo de lo que los teóricos llaman "sunk cost effect" (efecto de costo hundido): los consumidores se sienten obligados a usar los productos por los que han pagado, a fin de evitar la sensación de que malgastaron su dinero. Rabat ha invertido tanto capital -moral y diplomático, así como financiero- en el Sáhara Occidental que existe la convicción de que el éxito sólo es posible mediante una mayor inversión......

*Profesor de Relaciones Internacionales de Próximo Oriente y el norte de África, Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Cambridge (Reino Unido)