domingo, 28 de febrero de 2016

LA OTRA ANDALUCÍA


Mi amiga y compañera María Martín Barranco, ha escrito para celebrar el Día de Andalucía, de la otra Andalucía. Me ha encantando y por eso lo comparto aquí

Aunque a veces nos olvidemos o no nos demos cuenta, las mercancías y capitales pueden moverse libremente por los cinco continentes sin que nos preguntemos desde dónde llega lo que entra por nuestras bocas o cubre nuestros cuerpos.  Las personas, no.  Las personas tenemos que justificar nuestros ires y venires. Algunas, las de la parte privilegiada del planeta, paseamos con la cara descubierta y a pleno sol; enseñamos nuestros documentos con seguridad, si acaso un puntito de inquietud las primeras veces, fruto de la novedad más que del miedo. Son nuestro certificado de haber nacido en el lado correcto de alguna línea imaginaria. La llamamos frontera como podríamos haberla llamado de cualquier otro modo. “Puede que hayas nacido en la cara buena del mundo”. Y estar en la parte “buena” es cuestión de azar.
Cuando nos movemos por cualquier parte, a ti y a mí, a las personas, sí nos preguntan hacia dónde vamos y de dónde venimos. Con el paso de los años, tras docenas de mudanzas, de ciudades vividas, de países viajados, la pregunta es recurrente y la respuesta cada vez más vaga. Los acentos mezclados, los modismos adoptados como propios, la necesidad de integrarme en cada lugar en el que he estado durante mucho o poco tiempo me han dejado en una tierra de nadie desconcertante. “Pues no lo pareces”, es lo que más me dicen. Me dicen que no parezco andaluza en Sevilla, motrileña en Granada, que mi deje es de Badajoz en Toledo y que no podían darme un empleo como docente en la Universidad Pontificia de Comillas “porque con mi acento nadie podría tomarme en serio”.
Febrero cierra su mes con el Día de Andalucía. El primero que pasaré en mi tierra en los últimos años. Lo he vivido en otras comunidades, en otros países. Querría alejarme de los tópicos por los que me preguntan en cuanto cruzo la línea territorial de la Comunidad. Los chistes, las ferias, los caballos, los vestidos de faralaes, la gracia, el ozú y el miarma; la malafollá granaína. Pero es imposible. El estereotipo te persigue. Incluso dentro de tu propia tierra. Son acumulativos, insoslayables.
—¿De dónde eres?
—Andaluza.
 Lorca, Alhambra, paella —sí, paella—, toros, sol, siesta, ole. Esa suele ser la retahíla. Palabra más, palabra menos. Según quién se acuerda de Bécquer o de Machado. En alardes de conocimiento —y para mi asombro— alguien me ha nombrado a Ganivet y a Mariana Pineda. Muerte en muerte y muerte en vida. El andaluz más presente en el imaginario colectivo es el andaluz muerto del peor de los males: de Andalucía. La andaluza presente, muerta también y del mismo mal.
Andalucía, que en su himno habla de siglos de guerras, perdidas casi todas. Andalucía, construida sobre la ilusión de una homogeneidad inexistente e imposible. Andalucía, más imaginada que real. Más estereotipo que realidad. Una Andalucía inventada, unificada a la fuerza, tan alejada entre el Este y el Oeste y tan cainita como las dos Españas. Tan sonriente con la boca y tan resentida con el corazón. Tan generosa de puertas hacia fuera y tan mezquina de puertas para dentro.
Y sobre la tierra que pedimos cada febrero y bajo el sol andaluz, hombres y mujeres. Quienes, cuando estamos aquí, somos esa gente tan vaga que ha levantado con sus manos desnudas las regiones más prósperas del mundo. Quienes nos avergonzamos de nuestro acento, o nos resignamos a las risas y las sonrisas, al cómo no vas a saber un chiste si eres andaluza, a ver en la televisión que pagamos más chistes, y más ferias y más caballos y más ozú y más miarma. Y ole.
Desde la distancia se puede ver que tenemos mucho más en común con los pueblos originarios americanos ocupados, expoliados y después etiquetados como subdesarrollados que con quienes nos definen, nos critican, nos señalan con el dedo, se ríen y luego vienen aquí de vacaciones para volver con la espalda quemada y la nariz arrugada a decir de lejos todo lo que seguimos haciendo mal por no ser como allí son. Por eso detesto tener que apelar como suele hacerse a nuestro tradicional peso histórico, nuestra historia y nuestra cultura ancestrales en la que cada pueblo extraño que llegaba se quedaba, nos tomaba como propia, nos explotaba a su merced y salía solo cuando no quedaba nada útil o lo expulsaba el siguiente explotador.
Es el mes de Andalucía, Blas Infante, padre de la patria andaluza; muerto. La Andalucía que para la Humanidad es sinónimo de —que no marca— España. La de la cultura, la de la Alhambra, la de Lorca. La que ha sabido reírse de su muerte y de sus muertos y hacer de ella una forma de vivir la vida, de aferrarse a ella y celebrarla. Aunque para España seamos la del chiste, la de las fiestas, la que sirve para los chascarrillos, como sinónimo de “chachas” y “señoritos”, de incultura.
Tenemos que decidir qué mirada nos define o crear esa nueva mirada. Tenemos que dejar de pedir y esperar. No habrá clase política que resuelva nuestros problemas si no empezamos ya, ahora. Hacer y no esperar. Lo sé porque soy mujer y he tenido que aprender a definirme por encima de los silencios de la Historia escrita por otros. Porque soy mujer y he tenido que aprender a nombrarme por encima de una lengua que me esconde, me niega y me ignora. Porque he tenido que reconstruirme para dejar de creer que soy la sirvienta natural de otros, el cuerpo en el que se reproduce otro, la depositaria del honor ajeno. Porque nunca me han reconocido un derecho solo por pedirlo o por el devenir del tiempo. Porque desde mi diversidad y mi diferencia exijo que se me trate como a igual, sin complejos heredados. Necesitamos pensar Andalucía. Pensarnos como andaluzas, como andaluces. Pensar en otra Andalucía. Dejar de pedir y empezar a construirla. Libre y nuestra.

María S. Martín Barranco
@generoenaccion
Artículo original publicado en "Revista La Laguna"

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