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martes, 10 de noviembre de 2009

VERDADES INCONVENIENTES ACERCA DEL SIONISMO "REALMENTE EXISTENTE"


Jacques Hersh*
Martes 13 de octubre de 2009
Monthly Review/CEPRID*
Traducción para el CEPRID:
Manuel Gancedo Florín

Las celebraciones con ocasión del sexagésimo aniversario de la fundación del estado de Israel trajeron sentimientos encontrados para aquellos de nosotros que sobrevivimos al Holocausto. La razón de esta ambivalencia es que, mientras los supervivientes del genocidio Nazi celebraban la creación de un estado judío en 1948, pocos a la vez se daban cuenta de los costes humanos y las injusticias que se cometieron, se estaban cometiendo y se seguirían perpetrando contra los árabes palestinos en nuestro nombre. El eslogan “Nunca Más” que era el pensamiento dominante en la psique judía en aquellos años se relacionaba principalmente con el destino de los judíos europeos. No obstante, algunos supervivientes encontraron difícil comprender por qué, tras la masacre científica e industrializada de millones de judíos, así como de otros grupos étnicos y nacionalidades, junto con el persistente antisemitismo tanto en la Europa de la posguerra como en América, las grandes potencias estuvieron entonces dispuestas a acceder al proyecto de una patria judía. ¿Era este cambio de corazón una mera reacción de culpabilidad por el trato dado a los judíos europeos o había algún “diseño inteligente” que implicaba el trazado de una futura arquitectura política internacional a cuyo advenimiento podía contribuir la formación del nuevo estado?

De hecho, con la creación de Israel parecía tener lugar un cambio en la cultura política de judíos, gentiles y árabes. En retrospectiva, esta transmutación demostraría ser de gran trascendencia en la forma del mundo por venir. El pleno alcance de este fenómeno histórico no se vio en aquel momento. No fue hasta el final de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética cuando se pudo discernir el contorno del nuevo orden internacional. La verdad es que el mundo no había llegado a un punto final como sugería la tesis de Francis Fukuyama del “final de la historia”. En su lugar se propuso una estructura nueva de enfrentamiento formulada por el experto británico sobre Israel y el Islam, Bernard Lewis, y propalada más tarde por el científico político estadounidense Samuel Huntington. Básicamente, la tesis del “Choque de Civilizaciones” implantó un nuevo paradigma en la agenda de la política internacional que fue rápidamente adoptado por los neoconservadores de Estados Unidos y el Partido Likud de Israel.

Teórica e ideológicamente la tesis dibujó una línea divisoria entre “Occidente y lo demás” En esta proyección, Occidente es considerado depositario de la civilización judeocristiana y eso incluye al estado judío. Durante la era de la Guerra Fría Israel se fue desplazando desde su posición inicial de neutralidad entre las dos superpotencias en la época de su establecimiento, para convertirse en un bastión occidental en Oriente Medio. En este contexto a menudo se olvida que la Unión Soviética expresó su reconocimiento diplomático del nuevo estado a los pocos minutos de su proclamación – sin apenas considerar las consecuencias para los partidos comunistas del mundo árabe. El apoyo de la Unión Soviética al estado emergente, en forma de asistencia militar a la lucha de liberación sionista, se basaba en la razón lógica de que esto debilitaría el imperialismo británico en la región. Esta suposición se mostró correcta, pero con mayor perspicacia podía haberse previsto que Estados Unidos reemplazaría a Gran Bretaña y se convertiría en el actor principal en la región así como el principal aliado de Israel.

Las relaciones entre EE.UU. e Israel se han vuelto tan estrechas desde los años 60 que los intelectuales estadounidenses están empezando a debatir si no será el lobby israelí de Washington quien determina la política estadounidense en Oriente Medio a expensas de los intereses nacionales de los EE.UU.1 Desde el 11-S, esta alianza se ha hecho aún más fuerte. La fidelidad al estado de Israel se ha convertido en un criterio de corrección política para los candidatos a la Casa Blanca que debaten qué será lo mejor para proteger los intereses israelíes. En su discurso conmemorativo del Knesset (Parlamento israelí) el 15 de mayo de 2008, el presidente Bush declaró que Estados Unidos estaba orgulloso de ser el “mejor y más íntimo amigo del mundo” de una nación que era “la patria del pueblo elegido” que “ha trabajado incansablemente por la paz y… luchado valientemente por la libertad”.2 En lo que respecta a los palestinos, que conmemoraban la Nakba (“la catástrofe”) –cuando 700.000 de sus antepasados huyeron o fueron expulsados de sus casas por la violencia militar que acompañó a la declaración de independencia israelí—el presidente tuvo palabras “alentadoras”. Cuando Israel celebrase su 120 aniversario, él tenía la visión de que los palestinos tendrán “la patria que tanto tiempo han soñado y merecido –un estado democrático gobernado por la ley”. Para 2068, profetizaba el presidente, Oriente Próximo estará formado por “sociedades libres e independientes” y Hamás, Hizbulá y al-Qaeda habrían sido derrotadas. En otras palabras, serán necesarias seis décadas más antes de poder declarar la “misión cumplida” –la aceptación completa por parte del mundo musulmán-árabe de un orden regional impuesto por EE.UU e Israel. Incluso en comparación con los miembros de la administración Bush que creyeron que podrían crear su propia realidad, esta predicción parece ilusoria.

Aparte de las suposiciones futuristas respecto de la evolución de las políticas en Oriente Medio, este pronóstico se basa en el supuesto de que los países de la región aceptarán semejante régimen geopolítico y que los intereses políticos de EE.UU. e Israel permanecerán fijos en ese objetivo sin importar el coste que ello acarree. La crisis de hegemonía que actualmente sufre Estados Unidos no puede sino afectar a las posibilidades futuras de imponer una “Pax Americana” en el mundo. Ni siquiera hay alguna garantía de que las contradicciones de la sociedad israelí no influirán en las políticas del estado o de que la lealtad de la Diáspora judía con los objetivos a largo plazo del Sionismo vaya a seguir siendo viable. Después de todo, los primeros sesenta años de existencia de Israel no han logrado, incluso según las actuales propuestas del Sionismo, cumplir sus promesas de seguridad para los judíos en general. Esto a pesar del hecho de que el estado de Israel tiene un arsenal de doscientas bombas atómicas, una de las más fuertes y modernas maquinarias militares de Oriente Medio, una de las economías más desarrolladas del mundo, y por último pero no menos importante, una alianza con la primera superpotencia militar del mundo. A pesar del hecho de que la islamofobia ha reemplazado al virus de la judeofobia en occidente, los judíos de la Diáspora se sienten incómodos ante la perspectiva de identificarse con un estado que viola los derechos humanos de otro pueblo y que sirve a los intereses del imperialismo de EE.UU. en todo el mundo.

El propósito existencial de Israel ha sido cuestionado por muchos israelíes así como por una cantidad creciente de judíos de la Diáspora. El concepto de “patria nacional de los judíos” está perdiendo su atractivo. Según Tony Karon, “el hecho sencillo es que casi dos tercios de nosotros hemos elegido libremente vivir en otro lugar, y no tenemos intención de establecernos nunca en Israel”. Es en cierto modo paradójico que 750.000 israelíes vivan en Estados Unidos o en otros países europeos y que la norma hoy día sea que los ciudadanos israelíes que pueden adquieran un pasaporte extranjero. Una de las conclusiones más relevantes de Karon para el análisis de la problemática de Oriente Medio y en contradicción abierta con los pronósticos de Bush, es que “Israel puede que sea un hecho histórico inextricable, pero la ideología Sionista que espoleó su creación y dio forma a su identidad y a su sentido de propósito nacional se ha colapsado –no bajo la presión exterior, sino pudriéndose desde dentro. Son los judíos, y no los yihadistas quienes han enviado el Sionismo a la papelera de la historia”.3 ¿Se reafirmará la cuestión judía a si misma después del segundo fracaso de los tiempos modernos en hallar una “solución final”?

Un repaso a las raíces del sionismo

Para comprender lo que ha sucedido, puede ser útil volver a las raíces del Sionismo e incluir las fuerzas exteriores al movimiento que influyeron en la evolución de las políticas judías. Es importante tener en cuenta el pasado para analizar el presente así como los proyectos de futuro. La memoria colectiva judía está contaminada por el discurso sionista. A este respecto, tomar el Holocausto como punto de referencia de la rica experiencia del pueblo judío no es suficiente. De entrada debe quedar claro que el Sionismo es sólo un intento entre otros, en los tiempos modernos, de resolver la cuestión judía que causa su situación específica en el contexto europeo. El esfuerzo por unificar los diferentes elementos del judaísmo tras el proyecto sionista fue una apuesta hecha a finales del siglo diecinueve que nunca cristalizó hasta después del Holocausto. El nacionalismo secular entre las poblaciones judías de Europa apareció paralelamente al surgimiento de ideologías nacionalistas en el continente después de la década de 1840. Pero las ideas del movimiento empezaron a recibir el apoyo de una base judía sólo como resultado del surgimiento del antisemitismo después de 1881. Aunque la población judía pobre y discriminada de Europa del Este era la más receptiva al mensaje de una nueva vida en Palestina, la mayoría sin embargo, intentó emigrar a Europa occidental, las Américas y Australia.

La composición sociológica en la gestación del movimiento sionista se caracterizó por una gran variedad: judíos religiosos, judíos no religiosos identificados no obstante con la tradición judía, y hebreos sin interés en el judaísmo pero aun así considerados como judíos por los gentiles. El denominador común, además de su ascendencia, era la manera en que eran vistos por los otros: es decir, el antisemitismo. Los judíos europeos estaban dispersos y pertenecían (de modo desigual) a ciertas capas sociales en algunos lugares y a unas diferentes en otros. Algunos estaban más integrados mientras que otros no lo estaban tanto. Algunos compartían una particularidad cultural, por ejemplo, los hebreo-hablantes de Europa oriental, y de la misma manera, los judíos de Europa estaban divididos en muchas corrientes ideológicas.4 Los vínculos del pueblo llano judío estaban bastante limitados por su entorno inmediato y situación.

El nacionalismo reclutó sus tropas de apoyo entre los judíos pobres y perseguidos de Europa del Este. A este respecto es útil recordar que los judíos integrados en Europa occidental no eran demasiado entusiastas ante la idea de ver inmigrantes judíos de Europa del Este en sus países. Esto era debido al desdén que la burguesía judía occidental sentía por estos trabajadores pobremente cualificados así como a la aprensión porque semejante influjo pudiese reforzar el antisemitismo latente.5

Bajo estas condiciones, era casi natural que el liderazgo del movimiento sionista tendiese a ser de intelectuales de clase media de Europa central y occidental que buscaban el apoyo de la grande bourgeoisie judía de Occidente la cual, de acuerdo con Maxime Rodinson, era “simplemente demasiado feliz para desviarse de Europa Occidental y América; una oleada de inmigrantes de clase inferior con extrañas características étnicas y tendencias revolucionarias ponían en peligro sus propias posibilidades de integración”.6

En los años de la formación del sionismo, la izquierda política judía estaba escindida entre partidarios y opositores del nacionalismo judío. Ambas tendencias reclamaban un marco de clase para dar legitimidad a sus posiciones.7 En el contexto de los debates, los sionistas de izquierdas pusieron el énfasis en la fuerza del elemento proletario judío y la ideología socialista del movimiento sionista, sugiriendo que bajo determinadas circunstancias la formación de su estado ideal podría contribuir a la lucha antiimperialista a escala mundial. En cuanto a la izquierda antisionista, enfatizaba (al igual que algunos oponentes de derechas al sionismo) el liderazgo burgués y capitalista del movimiento así como sus ataduras imperialistas.

Las diferentes corrientes que contribuyeron a la aparición del sionismo hacen difícil considerar el movimiento meramente como el producto de una clase específica de judíos. Su relación con el judaísmo es igual de complicada. El Sionismo trató de instrumentalizar la religión para servir a su interés político. Quiso mantener intacta la función social del judaísmo para unificar al pueblo judío, eliminando al mismo tiempo su contenido místico. Entre las corrientes seculares favorables a la reunificación de los judíos hubo proyectos de patrias en otros lugares distintos de Palestina. Theodor Herzl, autor de Der Judenstaat (El Estado de los judíos sería mejor traducción que El Estado judío) manifestó su interés personal acerca de una entidad judía en Argentina o en África. Los judíos religiosos ortodoxos estaban prevenidos contra las paradojas contenidas en el proyecto Sionista, el cual por una parte, abogaba por mantener la identidad religiosa, mientras por otra amenazaba su existencia sustituyendo la constante del mesianismo judío con la extraña doctrina del nacionalismo judío. Como formuló Yakov M. Rabkin, el dilema era que “mientras (el Sionismo) se autodefinía como una fuerza modernizadora contra el peso muerto de la tradición y la historia, idealizaba el pasado bíblico, manipulaba los símbolos originales de la religión y proponía convertir en realidad los sueños milenarios de los judíos. Pero sobre todo, el Sionismo propuso una nueva definición de lo que significa ser judío”.8

Aunque el movimiento sionista acompasaba diversas tendencias políticas y sociales – desde las clases trabajadoras de Europa del Este y Rusia hasta la integrada clase media y los profesionales de los países occidentales— el proyecto no habría sido capaz de fundirse sin los esfuerzos de los elementos judíos integrados en Occidente que buscaron el apoyo de diversas potencias imperialistas europeas y americanas, a pesar del postulado del sionismo político en torno a la incompatibilidad entre los judíos, especialmente los de Europa del Este, y las poblaciones cristianas. Proyectó la emigración a un territorio extra-europeo para establecer una nación de corte occidental. Como hizo notar Nathan Weinstock: “Semejante ideología sólo podía aparecer durante la época del imperialismo y debe situarse en la continuación de la expansión colonial europea”.9

Los líderes sionistas de aquellos días estaban muy atentos a que su movimiento no operase en un vacío geopolítico o en un ambiente cultural globalizado. Entre las divisiones que había dentro del movimiento, como entre secularismo y religión, o entre la ideología de la clase trabajadora y el liberalismo capitalista, es la disonancia entre las identidades occidental y oriental del pueblo judío la que persiste en la sociedad israelí moderna. Mientras que el sionista cultural, Martin Buber, consideraba a los judíos de Palestina como pertenecientes a la esfera de las culturas orientales y enfatizó los lazos históricos judíos con Oriente por tradiciones culturales y religiosas, Theodor Herzl, en contraste, se adhirió a una conceptualización eurocéntrica de la identidad del judaísmo. En esta perspectiva, ¡sólo importaban los judíos askenazíes! El punto crucial en la visión de Herzl de la condición judía en el contexto europeo y la visión mundial de una entidad judía en la era del imperialismo se basa en la suposición de que aunque el antisemitismo no podía ser derrotado en la sociedad cristiana, ¡el estado judío podía sin embargo convertirse en parte de la comunidad imperialista! Como un estratega realista, se dio cuenta de que era necesario considerar el interés de las grandes potencias en el proyecto de una entidad judía en Palestina. En su importante documento Der Judenstaat (1886), escrito antes de la caída del Imperio Otomano, Herzl afirma claramente cómo un estado judío estaría a favor de la gran potencia que promoviera la causa sionista: “Si Su Majestad el Sultán nos diera Palestina, tomaríamos la responsabilidad de poner completamente en orden las finanzas de Turquía. Para Europa podríamos representar parte de la barrera contra Asia; serviríamos como puesto de avanzada de la civilización contra la barbarie. Como estado neutral seguiríamos aliados con toda Europa, que a cambio tendría que garantizar nuestra existencia”.10

La interesante paradoja de esta postura, que cobró preeminencia en la Organización Sionista Mundial (WZO), era que asumía que aunque la judeofobia no podía derrotarse en el mundo occidental, estas mismas potencias podían movilizarse para resolver su propio problema judío interno aceptando el establecimiento de una patria para los judíos. Como señalaba Lenni Brenner: “La acomodación al antisemitismo –y su utilización pragmática con el propósito de lograr un estado judío— se convirtió en la principal estratagema del movimiento, y permaneció fiel a su concepción primigenia antes de y durante el Holocausto”.11 En consecuencia, mientras una corriente del Sionismo, representada por Martin Buber, esperaba que los judíos asimilasen sus raíces y se convirtieran en parte de Oriente Medio, la corriente principal del Sionismo, en contraste, adoptó una postura colonialista ante la población árabe de Palestina. En la visión mundial de Theodor Herzl, la solución a la cuestión judía en Europa solo podía comprenderse comprometiéndose con las potencias imperialistas y presentando el proyecto sionista como concordante con sus intereses. Con lo que más tarde se llamaría solidaridad con el tercer mundo, Buber se opuso al eurocentrismo de esta postura, y puede decirse que su comprensión de la problemática fue uno de los primeros ejemplos de políticas de identidad étnica.12

La aparición del nacionalismo judío estaba teniendo lugar durante un periodo dramático de la historia europea. E. J. Hobsbawm etiquetó la evolución del capitalismo durante el siglo diecinueve tanto de Era de la Revolución como de Era del Imperio. Es en este contexto de disrupción sociopolítica que acompañaba al proceso de modernidad, en el que las poblaciones judías se vieron inmersas en el torbellino de las políticas europeas. El antisemitismo era parte de la xenofobia general que se hizo patente en tiempos difíciles. En países como Francia y Alemania donde los judíos representaban una pequeña parte de la población, el antisemitismo se dirigió contra los banqueros, empresarios, y otros a quienes la gente sencilla identificaba con los estragos del capitalismo. Hobsbawm hace notar que el antagonismo contra los judíos adquirió una nueva dimensión con el aumento de la xenofobia en la ideología de la derecha nacionalista: “El antisemitismo, dijo entonces el líder socialista alemán Bebel, era ‘el socialismo de los idiotas’. Aun así lo que nos choca acerca del ascenso del antisemitismo político de finales de siglo no es tanto la ecuación ‘judío ≈ capitalista’, lo que no era inverosímil en gran parte de Europa oriental y central, sino su asociación con el nacionalismo del ala derecha”.13

El siglo veinte abrió una ventana de oportunidad para el Sionismo, y el compromiso de la WZO con las grandes potencias le dio una influencia sustancial hacia el final de la inter-imperialista Primera Guerra Mundial. Aunque muchos sionistas habían sido pro-alemanes, la organización había hecho esfuerzos principalmente en Gran Bretaña. Aunque no directamente relacionado con estos esfuerzos, el curso de la Guerra y los acontecimientos en Rusia, con la caída del Zar, cambió las fortunas del proyecto sionista. Las fuerzas socialistas entre los judíos de las clases trabajadoras de Rusia y de otras naciones europeas inclinaban sus simpatías hacia la Revolución Soviética y una cantidad de judíos vinieron a jugar un papel influyente en el nuevo régimen. Visto desde Londres, la WZO apareció como una herramienta útil en su estrategia diplomática para debilitar el impacto de la Revolución Soviética así como, de acuerdo con Lenni Brenner, en influir para que los judíos de EE.UU presionasen a Washington para que tomara parte en la guerra de Europa.14

La relación de mutuo interés entre la WZO y el imperialismo británico dio como resultado la notoria Declaración Balfour. Esta fue una carta que el Secretario de Exterior Arthur James Balfour escribió a su amigo Lord Lionel Walter Rotschild. En ese documento Balfour prometía que el gobierno británico se esforzaría en facilitar la consecución de un “hogar nacional para el pueblo judío” con el complicado anexo de que “no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político disfrutados por judíos en cualquier otro país”.15 La ambivalencia del documento puede explicarse como el resultado de la insistencia del ministro judío, Edwin Montagu, quien acusó al gobierno de antisemitismo por convertir implícitamente a los judíos británicos en “extraños y ajenos”. De hecho, la comunidad anglojudía se encontraba dividida en la época del proyecto sionista. Mientras los Samuel y los Rotschild estaban a favor del apoyo británico a la creación de una patria judía, las familias Cohen, Magnus, Montefiore y Montagu estaban en contra.

El argumento de los opositores integrados a la conceptualización sionista de la condición judía se basaba en la suposición de que la integración era posible y que los judíos debían esforzarse en lograrla. En mayo de 1917, un comité publicó una carta en el London Times, en nombre de las principales organizaciones anglojudías, diciendo explícitamente que los judíos emancipados no tenían otra aspiración nacional distinta que la de ser británicos. Además el comité consideraba que el establecimiento de una nación judía en Palestina basado en la presunción del desamparo judío “tendría el efecto de mostrar a los judíos como extraños en sus países de nacimiento”.

Pero, la disputa sobre el caso no se quedó en un mero asunto entre las facciones sionista y no sionista dentro de la comunidad judía británica. De no haber participado otros actores hay pocas dudas acerca de que los judíos antisionistas hubieran podido ganar. Pero como afirmó Chaim Bermant “Había que tener en cuenta a los gentiles sionistas y ellos fueron los ganadores”.16

Sin embargo aplacar las presiones sionistas no era el interés primario del imperialismo británico en aquel tiempo. La ocasión de la Declaración Balfour es interesante desde el momento en que tuvo lugar hacia el final de la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio Otomano. En ese momento Inglaterra estaba en proceso de posicionarse y redefinir con Francia el mapa de Oriente Medio. Estas dos potencias acabaron definiendo las fronteras de Palestina. Sin embargo, la élite política británica tenía que conciliar su compromiso en el establecimiento de un estado judío con su conocimiento de los intereses del movimiento nacionalista árabe para no defraudar las expectativas árabes en cuanto a Palestina en la nueva geopolítica de la región.

La amenaza de la Revolución de Octubre

Pero había otro desafío importante enfrentándose al imperialismo británico que afectó a su estrategia hacia el Sionismo durante este periodo. En 1917 estaba teniendo lugar una importante transformación política en Rusia. La Revolución de Febrero terminó con la abdicación del Zar Nicolás II, el colapso de la Rusia Imperial, la exigencia popular de paz con Alemania, y el fin de la dinastía Romanov. El gobierno provisional de Alexander Kerensky era una alianza entre fuerzas liberales y socialistas que esperaba reformar el sistema. Su fracaso, que condujo a la Revolución de Octubre, significó un cambio en la estructura sociopolítica de Rusia y supuso una amenaza para el sistema capitalista mundial. Esta era al menos la percepción en los círculos políticos de Londres. La elite política británica se opuso a la intención de los bolcheviques de sacara a Rusia de la guerra, lo que podría haber reforzado a los alemanes en el frente occidental. Pero aún más importante era el temor de que triunfase una revolución socialista que se extendiera por Europa debido en parte a la impopularidad del baño de sangre interimperialista. De hecho, la Primera Guerra Mundial terminó en 1918 a la sombra de la Revolución Rusa. La paz sin embargo no impidió una intervención militar aliada en la subsiguiente guerra civil rusa del lado de los Blancos contra los Rojos. El coordinador de este esfuerzo fue el joven Winston S. Churchill, entonces ministro de defensa del gobierno británico.17

La carta Balfour debe ser vista en este contexto. La población judía de Europa estaba dividida entre diferentes clases y diferentes filiaciones ideológicas y aspiraciones. Pero el intento del Sionismo de imponer límites nacionalistas a la identidad judía no era fácilmente aceptado. El Yiddishe Arbeiter Bund, el partido socialista judío más popular, era militantemente antisionista.18 Generalmente, la clase trabajadora judía se sentía atraída por las ideas del socialismo y algunos judíos jugaron un papel influyente en la Revolución Bolchevique. Bajo estas condiciones, el apoyo británico al Sionismo en aquel tiempo podría ser interpretado como un intento de debilitar el experimento soviético desde el principio desligando a los judíos del socialismo universalista. La proyección de una “conspiración judeocomunista” se convirtió en el elemento justificativo tras la estrategia británica así como de la posterior visión Nazi del mundo. Ambas posturas estaban basadas en un antisemitismo político implícito ¡y paradójicamente no en oposición a los principios fundadores del Sionismo!

En un interesante artículo publicado en el Illustrated Sunday Herald en 1920, Winston Churchill aclaraba la estrategia británica de ayudar al Sionismo al tiempo que surgía el espectro de la judeofobia. Bajo el título “Sionismo versus Bolchevismo – La lucha por el espíritu del pueblo judío”, el artículo distinguía entre “judíos buenos y malos". Los judíos buenos eran los “judíos nacionales” que estaban integrados en su país, practicantes de la fe judía, como era el caso en Inglaterra. Los judíos nacionales rusos que promovieron el desarrollo del capitalismo durante el régimen zarista también pertenecían a la categoría de “judíos buenos”. Los malvados son los “judíos internacionales” que pertenecen a una siniestra confederación atea y “han abandonado la fe de sus antepasados, y apartado de su mente toda esperanza espiritual en el otro mundo”. De acuerdo con Churchill, esta corriente incluía a Karl Marx, Leon Trotsky, Bela Kun, Rosa Luxemburgo, y Emma Goldman. Se decía que algunos de estos judíos internacionales malos habían jugado una parte importante en la creación del Bolchevismo y el advenimiento de la Revolución Rusa. En consecuencia, lo importante para el Sionismo era “promover y desarrollar cualquier movimiento marcadamente judío que conduzca directamente lejos de estas fatales asociaciones”. De acuerdo con esta línea de pensamiento, el Sionismo ofrecía así una tercera concepción política de “la raza judía”. En palabras de Churchill: “En claro contraste con el comunismo internacional, le muestra al judío una idea eminentemente de carácter nacional”. Incluso aunque no pudiese dar cabida a toda la población judía, la creación de un estado judío bajo la protección de la corona británica sería un evento que podría ser beneficioso y estaría en armonía con “los intereses más genuinos del Imperio Británico”.19

El anticomunismo de Churchill y la instrumentalización del Sionismo político para debilitar las aspiraciones socialistas de los judíos eran esfuerzos que no estaban libres de contradicciones. En la cuestión judía, el Bolchevismo de aquel tiempo se había opuesto al Sionismo en el frente ideológico y al antisemitismo a nivel político. En contraste, el imperialismo británico promovía el Sionismo en contra del Bolchevismo a la vez que apoyaba a los elementos de los Guardias Blancos en la guerra civil rusa, que tenían una larga tradición de antisemitismo y pogromes. Durante la guerra civil, las fuerzas antibolcheviques mataron a al menos 60.000 judíos.20 Otra dificultad para el imperialismo británico en Oriente Medio era que no podía actuar abiertamente en favor de la creación de un estado judío sin despertar la oposición árabe a los intereses del imperio.

Lo que logró este discurso prosionista fue sin embargo hacer ideológicamente aceptable el antisemitismo en términos sociales y políticos. Más sofisticado que los “Protocolos de los Mayores de Zion”, cuya inspiración retrocedía a los tiempos de la Revolución Francesa a finales del siglo dieciocho cuando los círculos reaccionarios franceses denunciaron una mano judía en aquel suceso histórico, Churchill repetía no obstante el bulo de una conspiración judía internacional. Semejante mito había seguido vivo en la Europa del siglo diecinueve, en países como Alemania y Polonia. La sofisticación tras el enfoque de Churchill era que su antisemitismo se basaba en un análisis clasista de la cuestión judía, ¡como muestra la diferenciación entre los “judíos buenos” (capitalistas integrados y sionistas) y los “judíos malos” (socialistas)!

En consecuencia, lejos de devolver a su lámpara al genio del antisemitismo moderno, el fenómeno se movilizaba ahora en la cruzada contra el socialismo y a favor del sionismo político. En lo que concierne al antisemitismo de aquel tiempo, acabó basándose en la noción de que los judíos ¡habían inventado el socialismo y el Bolchevismo con la intención de asumir el poder sobre los desamparados goyim (gentiles)! En el caso del antisemitismo continental, el postulado de un conglomerado judeosocialista coexistía con la visión de que los banqueros judíos controlaban el mundo. Mientras la postura de Churchill sobre la cuestión judía estaba basada en el odio de clase hacia los judíos socialistas, el antisemitismo de Adolf Hitler era más patológico. Como dijo en una frase del Mein Kampf citada a menudo: “Si, con la ayuda de su credo marxista, los judíos triunfan sobre los pueblos del mundo, entonces su corona será la corona funeraria de la humanidad”.

A pesar del antisemitismo primordial de Adolf Hitler y el proyecto de aniquilación de los judíos europeos, una faceta menos conocida del Holocausto es que había una implícita simpatía nazi por el proyecto sionista y paradójicamente un acuerdo con el axioma del sionismo en cuanto a la incompatibilidad de judaísmo y ciudadanía alemana. El eslogan “Juden raus!” y “¡Kikes a Palestina!” que estaban en boga en Europa en aquel tiempo reforzaban el mensaje sionista. Lenni Brenner en un capítulo de la relación nazismo-sionismo hace referencia a un dirigente político nazi de Bavaria que apostilló “que la mejor solución a la cuestión judía, para judíos y gentiles por igual, era la patria nacional palestina”.21 El objetivo original del nazismo había sido hacer a Alemania “Judenfrei“ lo que se extrapoló al resto de Europa. En principio ello no suponía el exterminio del pueblo judío. Los nazis habían planeado el proyecto de un “principado judío” en el centro de Polonia como una forma de reserva para los judíos alemanes. Tras la derrota de Francia, Adolf Eichmann trabajó un año entero en un proyecto para convertir la colonia francesa de Madagascar en un “principado judío” para los judíos europeos.22

En la recién nacida Unión Soviética—con la mayor concentración de judíos del mundo en aquel tiempo (cinco millones) —la cuestión judía requirió la atención inmediata del nuevo régimen por las condiciones específicas de los judíos en Rusia por una parte, y de otra por las presiones del Sionismo. En tiempos del Zarismo, la actividad económica tradicional de la mayoría de judíos se había concentrado en el comercio y la pequeña artesanía. Políticamente, y al contrario que otras minorías, los judíos no reclamaban una nacionalidad. Estaban dispersos entre las entidades nacionales y hablaban en yiddish. Como si se tratase de un principio de doctrina, el régimen soviético desde el principio combatió las manifestaciones de antisemitismo en una sociedad ya infectada por el virus, atrayendo así a los intelectuales judíos hacia el Partido Comunista. Mientras la Nueva Política Económica estuvo vigente, tras las penurias de las intervenciones extranjeras y la política económica del “comunismo de guerra”, la pequeña burguesía política se aprovechó de la reaparición del sector privado y consolidó su posición económica.

No obstante, esto junto con el empleo de judíos en la administración, avivó el antisemitismo entre los rusos de todas las nacionalidades. El nuevo régimen se encontró a sí mismo rodeado por el antisemitismo residual, y a veces virulento, de la sociedad rusa, por la necesidad de encontrar una solución socioeconómica y política a la situación de los judíos, la necesidad de desarrollo de las regiones remotas y económicamente atrasadas, la presión del Sionismo, y por último y no menos importante por su propia comprensión teórica de la cuestión nacional. En El Marxismo y la Cuestión Nacional (1913), Stalin, que tras la revolución se había convertido en Comisario Popular de Asuntos Nacionales, formuló la idea de que para ser calificada de nación, una minoría nacional debía estar caracterizada por una cultura específica, un idioma, y un territorio común. Por supuesto la última característica no se correspondía con los judíos de Rusia ya que vivían dispersos a lo largo del territorio. No obstante, eran identificados como una nacionalidad. Para desarrollar las regiones del Lejano Oriente y para paliar la ofensiva del Sionismo político por una patria, se lanzó una alternativa soviética al proyecto sionista en 1928, cuando Birobidzhan fue apartado de la colonización judía. En 1934, la región autónoma era proclamada como patria judía con una floreciente cultura yiddish. Como dijo Nathan Weinstock, este sustituto de Palestina tenía probablemente la intención de apartar a los judíos soviéticos de Palestina y de su lealtad al Sionismo político. Pero de hecho elevar la identidad de los judíos al estatus de nacionalidad no podía sino ser beneficioso para la construcción ideológica y el proyecto político sionistas. Contrarestar el sueño de un “Eretz Israel” (Tierra de Israel) con un “Ersatz Israel” (Sustituto de Israel),23 aunque una solución defensiva y pragmática a la cuestión judía rusa, supuso en última instancia reforzar los fundamentos ideológicos del nacionalismo judío.

Mucho se ha escrito sobre la persistencia del antisemitismo en la sociedad soviética así como en las luchas políticas internas del Partido Comunista de la Unión Soviética, pero el judaísmo occidental no ha prestado atención al hecho de que en los años 1935-43, fue el “Imperio del Mal” quien vino a dar cobijo a la mayoría de los judíos europeos que huían del genocidio nazi. Mientras Estados Unidos e Inglaterra permitieron sólo el 6,6 por ciento y el 1,9 por ciento de inmigrantes judíos respectivamente, el 75,3 por ciento de los refugiados judíos de Europa, que se acercan a los dos millones, encontraron refugio en la Unión Soviética.24

La tarea del nacionalismo judío como una construcción ideológica y política del Sionismo implicaba la remodelación de la psique de los judíos europeos en una (¿falsa?) conciencia de singularidad. Para hacer esto, la diversidad de experiencias de los judíos en la Diáspora se consideró de menor importancia que la presunta permanencia de la judeofobia, la cual llegó a su culmen en Europa con el Holocausto. El Sionismo era por supuesto un proyecto de los judíos europeos que para legitimar su reconocimiento debía aplicarse a la situación de judíos con experiencias históricas diversas. Incluso en el estado sionista, la dominación Askenazí ha sido evidente desde el principio. Como afirmó Ella Shohat: “Dentro de Israel, y en el escenario de la opinión mundial, la voz hegemónica de Israel ha sido casi invariablemente la de los judíos europeos, los Askenazíes, mientras que la voz Sefardí/Mizrahí (judíos orientales/árabes) ha sido en gran medida velada o silenciada”.25 Merece la pena señalar que aunque la situación de los judíos árabes no fuera idílica, los Sefardíes vivían, en términos generales, cómodamente dentro de la sociedad árabe-musulmana. Según Ella Shohat durante el año de la formación del Sionismo político, los judíos Sefardíes eran bastante indiferentes al respecto. En algunos casos, los líderes religiosos judeoárabes denunciaron el Sionismo protestando contra la Declaración Balfour. En su fase temprana, el movimiento árabe en Palestina y Siria distinguió cuidadosamente entre los inmigrantes sionistas y la población judía local (mayoritariamente Sefardí) que vivía pacíficamente con sus vecinos.26

En medio de la descolonización y del recrudecimiento de las luchas de liberación nacionales, la aparición en Oriente Medio de la nueva nación euro-israelí—cuya elite política se identificaba con Occidente—no podía dejar de influir en las políticas árabes. Las luchas antiimperialistas en estos países fueron desviadas en la dirección de hacer política en función de la relación o antagonismo hacia Israel. Como dijo Paul Sweezy tras la guerra de 1967 entre Israel y sus vecinos árabes: “El resultado de concentrar la lucha contra los actores locales en la alianza imperialista Israelí resulta ser lo contrario de lo que se pretendía: mantiene dividido al mundo árabe y lo debilita, a la vez que refuerza la garra del imperialismo”.

Implícitamente venía a decir que era una trampa que los árabes debían evitar.27 Esta reflexión es interesante hasta el punto de que muestra la comprensión del conflicto árabe-israelí que existía entre las fuerzas progresistas de Occidente en aquel tiempo. El consejo de que los progresistas árabes deberían tratar de acentuar las divisiones en la sociedad israelí buscando campos comunes con elementos del proletariado israelí, que comprende a la mayoría de los judíos provenientes de Asia y África, asignaba la responsabilidad de la madurez política a la parte árabe. Los judíos socialistas en la Diáspora mantuvieron una unilateralidad aún más acentuada. Esto se ejemplifica en un segundo comentario editorial del mismo ejemplar de Monthly Review, cuando Leo Huberman fue un paso más allá al escribir que: “Los socialistas árabes deberían mirar a su objetivo real—si van a tomar parte en una ‘guerra santa’ deberían dirigir esa guerra contra el enemigo número uno que no es Israel sino el feudalismo y el imperialismo”.28

El proto-fascismo de Israel

No fue hasta décadas después de la guerra preventiva del ejército israelí en 1967 que la Nakba (“catástrofe”) palestina recibió la atención o la simpatía del mundo occidental. Con la derrota de los ejércitos árabes y la conquista de Cisjordania y Gaza, la cultura política dominante de Israel tomó la forma de un proto-fascismo. Desconocida hasta el momento, una sensación de invencibilidad vino a permear los fundamentos ideológicos de la sociedad israelí y a hacer que la Diáspora prosionista pasara a considerar al Sionismo “real” como un derecho político. Como afirmaba un académico israelí: “Con la victoria aérea de 1967 y la ocupación de Cisjordania y Gaza, la expansión repentina de las fronteras de Israel dio lugar a una erosión más rápida de los valores socialistas y humanistas que fueron una vez el distintivo del Sionismo obrero”. Con la euforia hubo poca resistencia a “el nuevo y dinámico movimiento de un Gran Israel, que buscó convertir la conquista más reciente de Israel en una parte integral del país”.29 En este clima político la empatía con los palestinos entre los israelíes y los judíos de la Diáspora estaba a su nivel mínimo.

A pesar de lo cual, surgió una crítica radical desde el interior de la sociedad israelí. Un grupo de intelectuales y académicos empezó a reinterpretar el nacimiento de Israel reconociendo la limpieza étnica que acompañó a la imposición del estado judío sobre la población árabe-palestina. Esto sacó a la luz el aspecto más desagradable del Sionismo—el pecado original de Israel. Estos historiadores revisionistas y sociólogos críticos encapsulados bajo la denominación de “postsionistas” cuestionaron la narración oficial acerca de la formación del estado y desafiaron la comprensión aceptada de los orígenes del conflicto árabe-israelí. Al hacer esto se puso en tela de juicio el monopolio sionista sobre la historiografía y las suposiciones ideológicas.30 Rehabilitando a la identidad palestina como un pueblo y como víctimas históricas, el “postsionismo” hizo posible analizar la estrategia israelí en términos de un “politicidio” perpetrado sobre las poblaciones árabes con la intención de disolver al pueblo palestino como “entidad económica, social y política”.31 El eslogan sionista de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, que había reducido a los árabes palestinos a un estatus de no existencia, demostraba ahora haber sido un mito, haciendo visible la “miopía moral” del Sionismo.32

La Intifada en los territorios ocupados contra las fuerzas armadas israelíes hizo más concreta la presencia del pueblo palestino. En consonancia con la cuestión judía en general y con el conflicto palestino-israelí en particular ha habido y hay aún un dilema para la opinión progresista en Occidente. Al tiempo que se reconoce que las políticas árabes y su cultura política se vieron afectadas por la intrusión del estado judío en la región y su alianza con los Estados Unidos, no se dio la misma consideración a la transformación de la cultura política judía, tanto en Israel como en la Diáspora, como resultado de la creación del estado sionista y su relación de patrón-cliente con los Estados Unidos. Los judíos proisraelíes de todas las corrientes políticas han sido embaucados por el discurso ideológico del Sionismo, que ha saludado la existencia del estado judío como garante de la seguridad de los judíos en todo el mundo.

Habiendo capturado las “alturas superiores” de la moralidad usurpando el manto del victimismo del judaísmo europeo, el estado sionista, en un raro ejemplo de chutzpah (“audacia” o también “insolencia”) transformó la experiencia del Holocausto en capital político. En este contexto es interesante observar que el Holocausto no se convirtió en un punto universal de referencia hasta pasada la década de 1960. El motivo de la demora tiene que ver con la convergencia de corrientes estratégicas e ideológicas en el periodo de posguerra. Tras la derrota de la Alemania nazi, la coalición antifascista dio lugar a la Guerra Fría entre el Este y el Oeste. La cuestión alemana jugó un papel central en el establecimiento del sistema de alianzas occidentales bajo el liderazgo de los Estados Unidos. Bajo estas condiciones había poco interés por parte de la política exterior de EE.UU y del mismo gobierno de EE.UU de alejar a Alemania de la responsabilidad Nazi en el exterminio de los judíos europeos. Además, mirar de cerca el Holocausto nos revela el provecho de las industrias de EE.UU al armar la maquinaria de guerra de Hitler. En lo que concierne a la élite judía americana, dio su aquiescencia al silencio público sobre este crimen monstruoso y aceptó la política de EE.UU de rearmar a una Alemania apenas desnazificada. Motivado tal vez por el interés en no reactivar el antisemitismo americano poniendo en riesgo su mejorada situación, el judaísmo de EE.UU siguió una estrategia oportunista.33

En el caso de Israel, la cuestión del Shoah (“el Holocausto”) reflejó la compleja relación de la ideología sionista hacia los judíos no israelíes. El exterminio de los judíos europeos legitimó la causa del Sionismo, hasta el punto de que el Holocausto confirmó que los judíos no podían sobrevivir y prosperar en la Diáspora y que la integración y la asimilación en estas naciones era una ilusión. Al mismo tiempo, había un sentimiento ampliamente extendido entre los israelíes tras la Segunda Guerra Mundial de que los judíos europeos eran culpables de su destino, por no haber recurrido a la resistencia armada. En contraste, los israelíes se vieron a sí mismos rechazando el pasado y creando una nueva clase de judío, capaz de defender a su pueblo y al estado judío.34 A medida que evolucionó el enfoque sobre el Holocausto, se hizo visible la transformación de la lucha por un Israel seguro en una de expansión y de Estado conquistador. El paradigma del Shoah se hizo útil para recordar a la opinión pública lo justificable de la creación de un estado judío y para desviar las críticas hacia las políticas israelíes, especialmente en los territorios ocupados de Palestina.

El discurso del Holocausto, sin embargo, era más importante en la Diáspora que en el propio Israel e introdujo un elemento de confusión en las filas de los políticos progresistas. Los sesenta habían sido una década de activismo juvenil en Occidente que había incluido la dirección de algunos participantes judíos. Muchos activistas antiimperialistas judíos en la Diáspora se vieron desequilibrados por el descubrimiento de que Israel, como encarnación del victimismo del pueblo judío, podía ser capaz de victimizar a otro pueblo y de seguir una política exterior a favor del imperialismo de EE.UU. En los términos de Churchill, los “judíos malos” (internacionalistas y antiimperialistas) se acabaron convirtiendo en “judíos buenos” (prosionistas y bien establecidos en Occidente). ¡Algunos de ellos se convirtieron en figuras clave del neoconservadurismo!

La desesperación con la que el paradigma del Holocausto es proyectado por los dirigentes políticos del Sionismo moderno y de Occidente (en especial EE.UU) no es kosher. El intento de adelantarse a las críticas a la política y estrategia de Israel y EE.UU en Oriente Medio difícilmente será viable a largo plazo. Además de la disidencia hacia la ideología dominante en Israel, el éxito del Sionismo en establecer un estado capitalista judío moderno contiene la semilla de su propio “post-Sionismo” social. Desde una proyección inicial de social-nacionalismo pionero, en los últimos años la sociedad israelí parece estar afectada por una crisis de identidad y material acentuada por la implementación del neoliberalismo. De haber sido inicialmente una de las sociedades occidentales más igualitarias, la sociedad israelí se ha convertido desde los años 80 en una de las más desiguales. El índice de pobreza en Israel es uno de los más elevados de los países capitalistas avanzados con aproximadamente el 22 por ciento de la población viviendo por debajo del umbral de pobreza.35 Los pronósticos socioeconómicos son sombríos para un número considerable de israelíes y esta crisis que se filtra se traduce en una crisis de identidad para la generación nacida en Israel que no sintoniza con el judaísmo. “Es ideológicamente indiferente, secular, pequeñoburguesa en su estilo de vida y en su visión general, apática respecto del mundo judío, e interesada solamente en su autosatisfacción”.36

El disidente político israelí Avraham Burg, antiguo portavoz del Knesset (Parlamento israelí), teme que el experimento sionista lleve al estado judío a la tragedia. Sin haberse convertido en antisionista, siente sin embargo que los principios originales del Sionismo y los valores de la declaración de independencia han sido traicionados y que Israel se ha transformado en un estado colonialista liderado por una camarilla corrupta de forajidos. En una entrevista en el periódico israelí Yediot Aharonot en 2003, prevé un futuro sombrío para el proyecto sionista: “El fin del Sionismo está a las puertas… es posible que sobreviva el estado judío, pero será otra clase de estado, alarmante por ser ajeno a nuestros valores”.37

Notas

1. John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt, El loby israelí y la política exterior de EE.UU— (New York: Farrar, Strauss and Giroux, 2007). Los autores del artículo escribieron un artículo sobre el mismo asunto que no pudo encontrar una editorial en EE.UU que lo quisiera publicar. Fue publicado en el London Review of Books 28, no. 26 (26 de marzo de 2003) con el título “The Israel Lobby.”

2. Donald Macintyre, “Bush aclama a Israel como ‘el pueblo elegido’ pero ignora a los palestinos en el día de ‘la catástrofe’” — The Independent, 16 de mayo de 2008.

3. Tony Karon, “Israel tiene 60 [años], el Sionismo ha muerto, ¿ahora qué?”

4. Ver Maxime Rodinson, Culto, gueto y estado— (London: Al Saqi Books, 1983), 144.

5. Ver Nathan Weinstock, Le pain de misère—Histoire du mouvement ouvrier juif en Europe, Volume II L’Europe centrale et occidentale jusqu’en 1914 (Paris: Editions La Découverte, 1984). V

6. Rodinson, Cult, Ghetto and State, 145.

7. Rodinson ironiza acerca de este tipo de análisis escribiendo que era “de acuerdo con el dogmatismo marxista” 144.

8. Yakov M. Rabkin, Una amenaza desde el interior— (London: Zed Books, 2006), 22.

9. Nathan Weinstock, Le zionisme contre Israel (Paris: Francois Maspéro, 1969), 44.

10. Theodor Herzl, El estado judío— (Northvale, NJ: Jason Aronson, 1997), 148–49.

11. Lenni Brenner, El Sionismo en la era de los dictadores— (Westport, CT: Lawrence Hill, 1983), 1.

12. Para una discusión sobre los dos enfoques ver: Nina Berman, “Pensamientos sobre el Sionismo en el contexto de las relaciones Alemania-Oriente Medio” — Comparative Studies of South Asia, Africa and the Middle East 24 (2004): 133–44.

13. E. J. Hobsbawm, La era del Imperio— 1875–1914 (London: Abacus, 1995), 158–59.

14. Brenner, Zionism, 10. Esta opinión es interesante en el contexto de la presente discusión acerca del poder del loby israelí en Washington, que es quien supuestamente determina la política de EE.UU en Oriente Medio (ver pie de página 1). No tengo pruebas que mostrar en contra, pero dudo mucho que Washington haya seguido el consejo de una organización judía para determinar su política y estrategia. Los intereses nacionales de EE.UU son en mi opinión el elemento determinante tras la decisión de entrar en la Segunda Guerra Mundial.

15. Walter Laqueur, El lector israeloárabe— (Middlesex, England: Penguin Books, 1970), 36.

16. Chaim Bermant, Los primos— (London: Macmillan, 1971), 260.

17. El inicio de la Guerra Fría puede datarse a partir de los sucesos que tuvieron lugar en aquel momento. Ver D. F. Fleming, La Guerra Fría y sus orígenes—, 1917-1950, vol. I (Garden City, NY: Double Day & Company, 1961).

18. Tony Karon, “Hay una Glasnost judía llegando a América?” September 14, 2007.

19. Winston S. Churchill, Zionism versus Bolshevism.

20. Brenner, Zionism, 10.

21. Brenner, Zionism, capítulo 7, p. 83.

22. Zygmunt Bauman, La modernidad y el Holocausto—, (Cambridge, UK: Polity Press, 1989), 15–16.

23. Weinstock, Le zionisme contre Israel, 31.

24. Weinstock, Le zionisme contre Israel, 146

25. Ella Shohat, “Sephardim in Israel,” de Adam Shatz, ed., El paria de los profetas—— (New York: Nation Books, 2004), 278.

26. Shohat, “El sefardismo en Israel— 290.

27. Paul M. Sweezy, “Israel e imperialismo— Monthly Review (octubre 1967): 5.

28. Leo Huberman, “Israel no es el enemigo principal— Monthly Review (October 1967): 9.

29. Simha Flapan, “El nacimiento de Israel y la destrucción de Palestina— de Shatz, ed., Prophets Outcast, 138.

30. Herbert C. Kelman, “Israel en la transición del Sionismo al postsionismo— The Annals of the American Academy (January 1998): 47.

31. Baruch Kimmerling, “Politicidio— Manière de voir, no. 98 (April–Mai 2008): 57–58.

32. I. F. Stone, “Guerra Santa— de Schatz, ed., Prophets Outcast, ver pie de página 24.

33. Norman G. Finkelstein, La industria del Holocausto— (London: Verso, 2000), 11–16.

34. Tony Judt, “Trop de Shoa, tue la Shoa,” Le Monde diplomatique, June 2008.

35. “Hunger in Israel”.

36. Sammy Smooha, “Implicaciones de la transición a la paz para la sociedad israelí— The Annals (January 1998): 33.

37. Quoted by Eric Rouleau, “L’autre judaisme d’Avraham Burg,” Le Monde diplomatique, May 2008, 27.

*Jacques Hersh es profesor emérito de la Universidad de Aalborg, Dinamarca y ex director del Centro de Investigación sobre Desarrollo y Relaciones Internacionales. Este artículo fue publicado inicialmente en Monthly Review en el mes de junio y enviado corregido para el CEPRID

*El Centro de Estudios Políticos para las Relaciones Internacionales y el Desarrollo (CEPRID) es una organización no lucrativa, independiente e integrada por activistas, profesionales y académicos preocupados por los efectos de la globalización política y económica. Su finalidad es promover la discusión democrática sobre los asuntos políticos, económicos, estratégicos, geopolíticos, sociales y ambientales que más afectan a la vida de los ciudadanos y hacerlo de una forma rigurosa y comprensible.



lunes, 9 de noviembre de 2009

¿POR QUÉ SERÁ QUE HAY MUROS TAN ALTISONANTES Y MUROS TAN MUDOS?



Eduardo Galeano
Espejos


El Muro de Berlín era la noticia cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro... Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros brotaron, y siguen brotando, en el mundo. Aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada.

Poco se habla el muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla.

Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y será quince veces más largo que el Muro de Berlín, y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que perpetúa el robo de la patria saharaui por el reino marroquí y mide sesenta veces más que el Muro de Berlín.

¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos?

sábado, 7 de noviembre de 2009

JUDÍOS DE ESTADOS UNIDOS CONTRA LA DERECHA ISRAELÍ: EL LOBBY PRO ISRAELÍ SE RESQUEBRAJA


Eric Alterman (Periodista)
LE MONDE diplomatique
Noviembre 2009

Los esfuerzos del presidente Barack Obama paa reactivar el proceso de paz en Oriente Próximo chocan con el rechazo del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu a detener la colonización. Sin embargo, la resolución del conflicto israelí-palestino continúa estando en el centro de la estrategia de la Asministración estadounidense en la región. Su éxito podría depender, en parte, de la influencia de un nuevo lobby judío, cuya primera convención comenzó el 25 de octubre, contrario a la política de la derecha israelí.

En julio de 2009, cuando el presidente estadounidense Barack Obama recibió en la Casa Blanca a dieciséis dirigentes de organizaciones judías, la lista de invitados incluía caras conocidas: los presidentes y presidentas de viejas estructuras conservadoras como la Conference of Presidents of Major American Jewish Organizations, la Anti-Defamation League (ADL), el American Jewish Committee, y, por supuesto, el alma del lobby pro-israelí, el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC). Pero había también una novedad, la presencia de Jeremy Benamil, director ejecutivo del nuevo lobby judío pacifista J Street (1).

Esta presencia ciertamente no era del agrado de todo el mundo. En las publicaciones favorables a la corriente dominante y neoconservadora de las organizaciones judías, J Street despierta tan poca simpatía como Hamás. Así, en las columnas de Commentary, Noah Pollak calificó a la organización de "despreciable", "deshonesta" y "anti-israelí"; James Kirchick, de The New Republic, la llamó "lobby de la capitulación" (surrender lobby); Michael Goldfarb, de The Weekly Standar, la acusó de ser "hostil" a Israel y de "lamer las botas" de los terroristas. Este lenguaje es una muestra del pánico que reina entre quienes temían que la aparición de J Street, concomitante con la elección de Obama, pudiera significar el principio del fin de lo que otrora fue su (casi) dominio sobre la formulación de la política estadounidense en Oriente Próximo.

Tratándose del conflicto árabe-israelí, una pregunta se impone de entrada: ¿por qué la política estadounidense difiere tanto de la del resto de las naciones, y particularmente de la de sus aliados europeos?. La relación estratégica de Estados Unidos con Israel es la más onerosa de todas para la nación norteamericana, tanto en el plano humano como en el financiero. No sólo le cuesta al contribuyente 3.000 millones de dólares en ayuda militar y económica, sino que atiza el odio en la mayoría de los países musulmanes y alimenta la violencia anti-estadounidense en todo el mundo. Ninguna otra capital del mundo -salvo Jerusalén-Oeste, por supuesto- percibe a Medio Oriente en los mismos términos que Estados Unidos: Israel es un "agresor agredido" y los palestinos "agresores irracionales". Sin embargo, por más onerosa y controvertida que sea, esa política perdura, inmutable, de una Administración a otra, de un Congreso al otro.

Los estadounidenses partidarios de la línea dura israelí -en gran parte cristianos evangélicos, además de una base judía neoconservadora- no ven ningún misterio en esa singularidad de la política de Washington. A su entender, la actitud europea está dictada por un antisemitismo (cristiano) tradicional, mechado de un deseo de calmar a los regímenes árabes productores de petróleo. Añaden que los medios de comunicación europeos -a los que tildan de antisemitas- siempre se ponen del lado de los oprimidos -los palestinos son erróneamente considerados como tales-, lo que explica la tendencia pro-palestina. La posición estadounidense no es más que una evidencia: es el resto del mundo el que está equivocado.

Semejantes argumentos sólo constituyen una de las razones, menor por otra parte, por las que Israel siempre lleva las de ganar en el Congreso estadounidense. La otra es la fuerza del AIPAC -y sus organizaciones auxiliares- cuya influencia y poder no se comparan con las de ningún otro lobby de política internacional (ni de hecho de la mayoría de los otros grupos de presión).

A pesar de los recientes reveses sufridos por el AIPAC -el juicio iniciado en 2005 (ahora abandonado) por espionaje contra dos de sus ex-altos responsables, Steve Rosen y Keith Weissman (2); la publicación del libro de John Mearsheimer y Stephen Walt, El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos (traducido al castellano por la editorial Taurus, Madrid, 2007) (3) -se puede hallar la prueba del poder del AIPAC en la renuncia forzada de Charles "Chas" Freeman, un "arabista" típico, a la candidatura a presidente del Consejo Nacional de Inteligencia (National Intelligence Council) de la Administración de Obama. Una virulenta campaña se orquestó en su contra -un periodista llegó a acusarlo de tener vínculos con pedófilos- aunque el AIPAC afirmó no tener nada que ver con esa campaña de desestabilización. Es posible, pero el poder que tiene "el lobby" es tal, que puede contrariar los deseos del Presidente sin siquiera tener que desarrollar una campaña. Como escribió Jonathan Freedland en The Guardian, incluso si se "descarta la mitología del 'lobby israelí', lo que realmente ocurre basta para preocuparse" (4).

JURAMENTO DE LEALTAD AL ESTADO JUDÍO

Si algunas personas quisieron sabotear la candidatura de Freeman, fue por dos razones que no son excluyentes. Ya sea porque tienen una profunda y sincera preocupación por saber quién analiza las informaciones secretas estadounidenses, porque temen que esa persona haga más difícil un ataque estadounidense o israelí contra Irán (como lo hizo el informe publicado por el National Intelligence Estimates en 2006 (5), que afirmaba que Teherán ya no tenía un programa nuclear militar). Ya sea porque pretenden advertir a todo funcionario potencial del peligro que corre su carrera en caso de oponerse a su visión de una política favorable a Israel, aun cuando ese funcionario no cumpla un papel en la elaboración de dicha política. La comunidad pro-Israel quería la cabeza de Freeman, y la consiguió.

Muchos judíos estadounidenses aceptan la opinión de sus representantes oficiales, pero sin embargo no se adhieren a la línea dura de la organización. Según encuestas recientes realizadas por J Street, los judíos estadounidenses son favorables (en una proporción de 76% contra 24%) a la solución de dos Estados y a un acuerdo final entre israelíes y palestinos según los términos de las negociaciones que casi llegaron a buen término hace ocho años en Camp David y en Taba (6), una visión sistemáticamente condenada por el AIPAC. Y mientras el lobby se mantenía en silencio ante la nominación del canciller israelí racista y revanchista Avigdor Lieberman, la mayoría de los judíos estadounidenses, según J Street, rechazó sus posiciones (69% contra 31%) cuando el ministro pretendió imponer a los ciudadanos árabes israelíes un juramento de lealtad al Estado judío, y cuando profirió amenazas contra diputados árabes israelíes.

Además, los judíos estadounidenses siguen siendo progresistas, mientras que el AIPAC está dominado por neoconservadores. En la elección presidencial de noviembre de 2008, los judíos apoyaron fielmente a los demócratas y votaron por Obama en una proporción de cuatro a uno. De ahí esta paradoja: organizaciones como el AIPAC, financiadas por judíos progresistas, se ponen de acuerdo actualmente con los conservadores republicanos para denigrar a esos mismos demócratas progresistas.....

También en el plano generacional, la nueva visión de J Street llega en el momento preciso. Como explica MJ. Rosenberg, que recientemente renunció a la asociación pacifista Israel Policy Forum, el AIPAC está dominado por "personas de mucha mayor edad", pero "sus hijos y nietos no comparten (sus) ideas. Cuanto más nos alejamos de la II Guerra Mundial, más difícil resulta despertar el miedo en los jóvenes para incitarlos a apoyar a Israel. Sostendrán a Israel si creen en él, y si Israel les exhorta a ello. Pero todas esas estrategias basadas en el miedo, del tipo 'hay que firmar cheques porque va a haber un nuevo holocausto', no funcionan con aquellos que tienen menos de 60 años. La gente que se manifestó contra la guerra de Vietnam en la década de 1960 no va a caer en la trampa del 'regreso de Hitler'".

Y añade: "La popularidad de Israel entre los judíos estadounidenses cayó a partir de 1977, a raíz de la nominación de [Menahem] Begin como Primer Ministro. Les había vendido una cierta imagen de Israel, el Israel de Leon Uris (7), del Kibutz y del paraíso socialista. Hoy, eso ha cambiado por completo".

Por otra parte, si bien los israelíes siguen siendo mucho más populares que los palestinos -según una encuesta realizada durante la guerra de Gaza, el 49% de los estadounidenses sentía mayor simpatía por Israel que por los palestinos (sólo el 11% prefería a estos últimos)-, esa empatía es mucho más pronunciada entre los conservadores (en una proporción de 7 contra 1) que entre quienes se consideran progresistas (donde la proporción cae a 3 contra 2).

J Street busca utilizar ciertas técnicas de buzz marketing (8) del grupo de presión progresista moveon.org y de la campaña de Obama, para que la influencia judía en Washington coincida con las actuales posiciones de los judíos estadounidenses. Si bien aún es demasiado pronto para estimar su impacto, la organización se desarrolla muy rápidamente. Desde su creación, hace 18 meses, se consiguió un presupuesto de 3 millones de dólares y emplea a veintidós personas. Nada comparable con el AIPAC, que tiene un presupuesto de 70'6 millones de dólares, pero se trata de un comienzo patrocinado. Ya ha logrado colectar un millón de dólares para apoyar las futuras campañas electorales de los candidatos al Congreso partidarios de una paz justa en Oriente Próximo.

J Street conjugó sus esfuerzos con los de otras organizaciones más pequeñas, muchas de las cuales se vieron muy afectadas por la disminución de las donaciones de organizaciones de centro-izquierda a causa de la crisis económica, y de la salida de los republicanos de Washington (la hostilidad a George W. Bush aportaba otrora muchos cheques). Además, J Street absorbió algunas de esas organizaciones y, de esa forma, aumentó la eficacia de los esfuerzos comunes. Su primera convención nacional, prevista del 25 al 28 de octubre de 2009, reunirá a once organizaciones pacifistas, incluidas asociaciones más establecidas como Americans for Peace Now, Israel Forum Policy y el New Israel Fund. J Street absorbió también a la Unión of Progressive Zionism en octubre de 2008, accediendo así a una red, pequeña pero laboriosa, de estudiantes judíos pacifistas.

Según informaciones recientes, falta por tomar el control de Brit Tzedek, una organización de judíos progresistas estructurada a escala local, que declara contar con 48.000 militantes voluntarios en todo el país. En Washington, dio un paso importante y aumentó su prestigio al sumar a Hadar Susskind, un veterano del ejército israelí, que fue durante mucho tiempo vicepresidente y director en Washington del Jewish Council for Public Affairs, la organización de los judíos estadounidenses dedicada a los problemas internos.

Mucho dependerá de la forma en que los medios de comunicación, judíos y laicos, decidan cubrir la próxima convención de J Street. Ben-Ami explica que uno de sus primeros objetivos es demostrar de una vez por todas que el campo judío de la paz "no se limita a diez personas reunidas en un sótano", y ofrecer a sus afiliados la ocasión de encontrarse, de sentirse menos aislados. Poco tiempo antes de renunciar a su cargo (y de ser procesado), el ex-primer ministro israelí Ehud Olmert había afirmado: "Si la solución de dos Estados se desmorona, Israel se verá enfrentado a un combate por los derechos civiles como ocurrió en Sudáfrica". En tal caso, previno, "se acabará el Estado de Israel" (9).

La capacidad de Obama para preservar a Israel de ese destino, y para ofrecer a los palestinos una autodeterminación nacional significativa imponiendo las concesiones territoriales necesarias, quizás dependa del éxito de esas voces otrora solitarias.

(1) En la ciudad de Washington, las calles llevan como nombre las letras del alfabeto, pero no existe J Street. Los fundadores de la organización quisieron así significar que de esa forma le daban voz a quienes hasta entonces no la tenían.
(2) Estaban acusados de espionaje a favor de Israel.
(3) Sobre ese libro, véase Mariano Aguirre, "Israel, el antisemitismo y el expresidente James Carter", Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2007.
(4) Jonathan Freedland, "Discard the mythology
of 'the Israel Lobby', the reality is bad enough", The Guardian, Londres, 18 de marzo de 2009.
(5) National Intelligence Estimates son evaluaciones oficiales de toda la comunidad de inteligencia en Estados Unidos.
(6) La cumbre de Camp David se llevó a cabo en julio de 2000. Participaron el presidente estadounidense William Clinton, el primer ministro israelí Ehud Barak y el dirigente de la OLP Yasser Arafat. Las negociaciones palestino-israelíes de Taba tuvieron lugar en enero de 2001. Véase Ammon Kapeliouk, "Camp David, las causas de un fracaso", Le Monde diplomatique en español, febrero de 2002.
(7) Autor del libro
Éxodo, sobre el que Otto Preminger realizó una película en 1960, con Paul Newman como actor principal. El tema es la travesía desde Francia a Palestina de un barco que llevaba sobrevivientes de los campos de concentración nazis. Ese film, que en su época tuvo un inmenso éxito, está más impregnado de propaganda que de realidad histórica.
(8) Propagación de mensajes a ritmo elevado y bajo coste, gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
(9) Véase por ejemplo, Willy Jackson, "Un renacido boicot amenaza Israel", Le Monde diplomatique en español, octubre de 2009.


martes, 3 de noviembre de 2009

DESASSOSSEGAR, DESASSOSSEGAR, DESASSOSSEGAR SEMPRE




El premio Nobel portugués presentó en Madrid el día 2 de noviembre su novela más reciente, Caín
* “No escribo para agradar, sino para desasosegar”, manifiesta José Saramago
* "El “aborregamiento” en la sociedad actual llega a extremos inconcebibles, subraya
* "La Iglesia es como los perros de Pavlov, pues ante un estímulo de inmediato corre, dice

Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La Jornada, Martes 3 de noviembre de 2009, p. 5

Con semblante sereno, la lucidez y la mordacidad intactas y el físico y la salud mejores que hace un año, cuando bordeó la muerte, José Saramago se presentó en Madrid con su nueva novela bajo el brazo: Caín, la cual ya despertó la ira más furibunda e “inmisericorde” de la Iglesia católica y de la derecha europea.
El Nobel de Literatura portugués prefirió obviar las diatribas contra su obra y persona, y revelar a sus lectores un hallazgo íntimo y reciente: “Yo no escribo para agradar ni para desagradar. Yo escribo para desasosegar”.
En menos de un año, y después de haber sido rescatado de la muerte por su mujer y traductora, Pilar del Río, Saramago ha publicado tres libros: El viaje del elefante, novela en la que reflexiona sobre la muerte a través del accidentado viaje del paquidermo Salomón; El Cuaderno, recopilación de sus reflexiones y ensayos publicados en su blog, y Caín, novela en la que recupera el Antiguo Testamento para emprender un viaje irónico y singular en cuyas páginas merodea su profunda animadversión por el dogma moralista y castrante de la Iglesia católica.
La novela la presentó en Portugal el pasado 19 de octubre y desde entonces han ocurrido dos hechos destacables: se ha convertido en el libro de más venta en la historia reciente del país, con una primera edición agotada de 130 mil ejemplares, y la segunda, ha despertado la ira de la Conferencia Episcopal Portuguesa y la derecha política, que no sólo piden su excomunión, sino que renuncie o “le renuncien” su condición de portugués.
Pero el libro, como él dice, pretende únicamente abrir un debate sobre el dogma, las ideas unidimensionales, el status quo y la violencia que nos carcome a diario como civilización.
Somos tan crueles como Dios
Saramago, de 86 años e ironía afilada, se presentó en la Casa de América de Madrid con un hallazgo vital: “Hay una pregunta que persigue a los escritores ¿por qué escribir? Como decía el filósofo griego el movimiento se demuestra andando, y la razón de escribir en el fondo no es más que eso: escribir. Pero hay otra pregunta más compleja, ¿para qué se escribe? Y eso depende del punto de vista. A lo mejor yo hace unos cuantos años no sabía decir para qué escribía, pero ahora lo tengo bastante claro.
“Yo no escribo para agradar ni para desagradar. Yo escribo para desasosegar. Algo que me gustaría haber inventado, pero que ya lo inventó Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. Pues a mí me gustaría que todos mis libros fuesen considerados libros para el desasosiego.”
Saramago consideró que vivimos un momento delicado por el “aborregamiento” que prevalece en la sociedad actual y que llega a extremos “inconcebibles” como mantener en el poder a un personaje como Silvio Berlusconi, quien encarna en su persona y en su administración el resurgimiento del fascismo.

En cuanto a las críticas que ha recibido por su libro, Saramago lamentó sobre todo la falta de “misericordia”, la “impiedad” de la Iglesia y sus apologetas, que condenaron la novela sin siquiera haberla leído.
“Claro que una institución como la Iglesia católica –que sobre todo no quiere ser desasosegada– no estará nada de acuerdo en que le quiten su tranquilidad milenaria para que todo siga igual, y para que nada se discuta, y si toco en las partes sensibles y una de ellas es la interpretación de la Biblia.
“La Iglesia es como los perros de Pavlov, que cuando recibían un estímulo inmediatamente corrían, reaccionaban.”
Entonces recordó cómo en los tiempos de la Inquisición no era sorprendente que un inquisidor que acababa de quemar a una bruja o a un homosexual –“a un comunista no, porque entonces no los tenían”– se iba a su casa, se sentaba en su sillón y se ponía a leer las poesías de San Francisco de Asís. “Es una paradoja que un hombre con las manos manchadas de sangre se ponga a leer un poema que expresa un lenguaje universal, como el poema del Hermano lobo. Y encontré en mi cabeza una respuesta: el hombre es así, no puede llamar hermana a la oveja porque la oveja está ahí para ser comida”, dijo.
Saramago reflexionó sobre su propia muerte: “La muerte no me importa. Pero sí me afecta desde un punto de vista muy egoísta, porque es finalmente el estar y ya no estar. Eso es la muerte: el haber estado y ya no estar. Que estaremos en la vida futura, puede que sí. Pero lo que no puedo aceptar es que alguien me diga que mis pecados los pagaré en el infierno y que ahí me quedaré por toda la eternidad. Crueles somos nosotros los hombres que concebimos la pena perpetua… Tan crueles como Dios somos los seres humanos. La idea de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza se invierte; nosotros hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza”.
También develó que el libro en el que trabaja partirá, como es habitual en su obra, de un supuesto improbable: todas las personas que trabajan en la industria armamentista se ponen en huelga por una cuestión de principios, por evitar que la humanidad se siga desangrando. “Todo el mundo tiene armas y en todas partes se habla de la importancia de matar, al mismo tiempo que se banaliza el asesinato. Y no intento salvar a la humanidad, simplemente me basta con salvar mi propia conciencia y que los lectores se dejen desasosegar profundamente. Eso es lo que necesitamos”.

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Saramago nos ha escrito otro libro. Su título es Caín, y Caín es uno de los protagonistas principales. Otro es Dios y otro es la humanidad, con sus distintos nombres y pulsaciones. En este libro, como en los anteriores, El Evangelio según Jesucristo, por ejemplo, nuestro escritor no se anda por las ramas, ni se busca subterfugios a la hora de abordar lo que durante milenios, y en las distintas culturas y civilizaciones, han dicho que es intocable e innombrable: la divinidad y el conjunto de normas y preceptos que los hombres establecen en torno a esa figura para exigirse a sí mismos -o tal vez sería mejo decir para exigirles a otros- una fe inquebrantable y absoluta, en la que todo se justifica, desde negarse a uno mismo hasta la extenuación, o morir ofrecido en sacrificio, o matar en nombre de Dios.

Caín no es un tratado de teología, ni un ensayo, ni un ajuste de cuentas: es una ficción en la que Saramago pone a prueba su capacidad narrativa al contar, desde su peculiar estilo, una historia de la que todos conocemos la música y algunos fragmentos de la letra. Pues bien, con la cabeza alta, que es como hay que mirar al poder, sin miedos y con buen trazo José Saramago ha escrito un libro que no nos va a dejar indiferentes, que provocará en los lectores desconcierto y quizá alguna angustia, pero, amigos, la gran literatura está para clavarse en nosotros, lectores, como un puñal en la barriga, no para adormecernos como si estuviéramos en un fumadero de opio y el mundo fuera pura fantasía. Este libro nos atrapa, lo digo porque lo he leído, nos sacude y nos hace pensar: apuesto a que cuando lo terminéis, cuando hagáis el gesto de cerrarlo sobre las rodillas, vais a mirar al infinito, o cada uno a su interior, diréis un ufff que os saldrá del alma, y empezará una buena reflexión personal a la que, más tarde, seguirán conversaciones, discusiones, posicionamientos y, en muchos casos, cartas diciendo que esas ideas estaban pidiendo forma, que ya era hora de que el escritor se metiera en faena y gracias por hacerlo con tan hermosos resultados.
Esta última novela de José Saramago, que no es muy larga, ni podría serlo, porque necesitaríamos más fuelle del que tenemos para enfrentarnos a ella, es literatura en estado puro. Dentro de muy poco podréis leerla en portugués, castellano y catalán, y entonces veréis que no exagero, que no me mueve ningún desordenado deseo al recomendarla: lo hago desde la más absoluta subjetividad, porque desde la subjetividad leemos y vivimos. Y os hablo a los amigos, porque esta carta solo a vosotros va dirigida. Con mucha alegría.

Felicidades a todos los lectores: un años después del Viaje del elefante tenemos otro Saramago. Son tres libros en un año, porque también hay que contar con los Cuadernos, el libro que vamos leyendo aquí cada día. No podemos pedir más, nuestro hombre ha cumplido y de qué manera. La edad, amigos, agudiza la inteligencia y agiliza la capacidad de trabajo. Qué suerte tenemos los lectores de tener quien nos escriba.
Pilar del Río

Sobre Caín
29/10/09
Pilar del Río

He leído varias veces, incluso la he traducido al castellano, la última novela de José Saramago “Caín”, una fábula humana, tan humana que pensé que iba a provocar preguntas humanas. Ante mi sorpresa, no ha pasado así.
De pronto, una parte de la sociedad se ha puesto a hablar de Dios y de la Biblia, aire fresco que se agradece si tenemos en cuenta el tenor de otras polémicas, pero nadie ha señalado lo que desde mi punto de vista es esencial en este libro: que el género humano no es de fiar. Sí, los seres racionales, los que levantan edificios, construyen puentes y componen sinfonías, esos mismos que declaran guerras por un territorio, por un capricho, por una bandera o por un Dios nacieron locos y locos siguen viviendo tantos milenios después de Adán y Eva o del Big Bang, que cada uno lo llame como quiera. Sólo a gente sin sentido se le puede atribuir la autoría de las fábulas religiosas que han poblado la tierra y siguen poblándola, porque todas las civilizaciones se han organizado en torno a una divinidad y todas las divinidades se basan en el sacrificio y en la sangre. Si es verdad que en Creta el ritual era arrojarle al minotauro doncellas vírgenes, y que las civilizaciones precolombinas realizaban sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses, como tantos pueblos africanos, el ranking de la exigencia sacrificial lo gana la religión que presenta a su propio Dios ejecutado en una cruz tras haber padecido terribles torturas que hasta le hicieron sudar sangre.
¿Qué atracción morbosa tienen los hombres para inventar, a lo largo de los tiempos, religiones terribles a las que luego se esclavizan? ¿Qué pasión ha aturdido a la humanidad para imponerse a sí misma códigos y prohibiciones canallas, amenazarse con fuegos eternos, condenarse absurdamente de por vida, centrar la existencia en tabúes ajenos al sentido común y hacer de inhumanas normas guías de conducta y de condena? Sí: los llamados seres racionales están locos, por eso tal vez no merezcan la existencia. Ésa es, a mi entender, la síntesis de la novela de Saramago, esa perplejidad se me ha ido afianzando en cada lectura: No somos de fiar, Caín tenía razón al ejecutar su plan si los seres humos somos tan crueles, tan malos, tan aborrecibles, que cuando queremos inventar un ser superior lo tenemos que cargar de sangre, odio, muerte, renuncia, sacrificio. El rencor del Dios de la biblia es el rencor que los humanos han inventado, ya que son los seres humanos los que han propuesto las distintas figuras divinas. Y la crueldad, y la bellaquería, y el ardor guerrero y el espíritu de venganza son construcciones humanas a las que se les ha dado cuerpo legal y religioso para, a continuación, someterse con una ligereza insoportable. “Esclavos de un Dios ficticio” escribió alguien, y es verdad: sea en el Islán, en las religiones africanas o amerindias, en el judaísmo, el cristianismo en sus distintas variantes o en otras confesiones, en todas están los códigos y el pecado, en unas ponen burka, en otras prohiben hacer el amor sin pasar por un altar, y lapidan en la vida terrenal o condenan para la eternidad si se cura con una transfusión de sangre o se investiga con células madre. Y todas están convencidas de su excelencia, de su legítima capacidad para condenar, por ejemplo, a los homosexuales --todas las religiones tienen una fijación con el sexo, lo que demuestra lo muy humanas que son-- y todas se saben y se sienten superiores. Ninguna ve ridículos y fatuos sus rituales, aunque no entienda los del vecino, son bárbaros los unos para los otros, nunca amigos, nunca cercanos: en el universo religioso es donde más claramente ha quedado demostrado que los humanos a lo largo de su paso por el mundo se han afanado en encontrar motivos para el enfrentamiento y, ya está dicho, la religión es uno de los mayores, junto a la bandera y al territorio, qué tres grandes falacias para dividir a una sola especie. Qué tres grandes fraudes.
¿Dios es de fiar? Dios no existe fuera de las cabezas de los hombres, luego son los hombres los que no son de fiar, ni ellos ni sus obras. Hijos de dogmas y preconceptos, herederos de tradiciones sin sentido, de supersticiones y de miedos, los hombres no han sabido aprovechar la modernidad para combatir el descaro de lo irracional. Incluso el hombre occidental, el que se cree centro del mundo y dueño de los mejores conceptos, se revuelve intranquilo si alguien como Saramago, y no sólo, cuestiona supuestas verdades reveladas. Eso sí, el occidental defiende su interpretación con aires de superioridad, desde la certeza de saberse mejor que otros, que condenan con fatwa, sólo porque hace dos siglos que en occidente se acabaron los juicios de la Inquisición y los anatemas no son quemados en la plaza pública. Barbarie que sigue existiendo en otros lugares del mundo, también humanos, estados teocráticos, pueblos sometidos por leyes atribuidas a Dios, leyendas y cuentos escritos, unos tras otros, por hombres inmisericordes, con el mismo afán dominador y depredador.
La novela de Saramago no es contra Dios. Lamento contrariar a quienes así piensan. Saramago, en su ficción, vuelve a escribir un ensayo sobre la ceguera. La humana ceguera que además de impedir la visión trata de que no haya claridad en el mundo, que este planeta perdido en el universo sea un lugar sin luz y sin otros dones bellos que nos harían más libres y felices. Los hombres inventaron a Dios y ahora parece que esperan que Dios los salve porque, enfrentados entre ellos y con sus miedos, no son capaces de desmontar tinglados y decir basta ya de esclavitud y estulticia. Sigamos pues por los caminos marcados por las leyendas, con interpretaciones simbólicas o no, pero al menos tengamos la decencia de atribuirnos la autoria de la farsa: la de haber creado la divinidad y todo el dolor y sacrificio que los dioses impusieron en el mundo. A imagen y semejanza del ser humano.
Pilar del Río
Periodista
Articulo publicado en Diário de Notícias en 29 de Octubre de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

ALGUNAS IDEAS EN TORNO A NUESTRA COOPERACIÓN Y SOLIDARIDAD CON PALESTINA


Alvar Cera
El Col·lectiu
Col·lectio d'Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament
Revista Pueblos. Viernes 25 de abril de 2008

Fotografía tomada el día 15 de octubre de 2009
Isabel Galeote. Asentamiento judío en Palestina que sigue ampliándose. Campos de olivos de los campesinos palestinos que no van a poder cosechar este año.


La cooperación con Palestina es política o no es. Como en todos los objetos de cooperación. Pero en pocos conflictos, la solución a las miserables condiciones de vida de quienes sufren tiene una solución tan clara, política, paralela a los instrumentos de la cooperación tradicional, que incluso pueden entrar en abierta contradicción con las necesidades y decisiones políticas expresadas por los habitantes de un territorio y las organizaciones de su sociedad civil. ¿Está sucediendo eso en estos momentos respecto a la cooperación de nuestro país con Palestina? ¿Se contradice con lo que los palestinos piden?
La situación en Palestina es tan clara que, de evidente, deviene imposible de solucionarse en el corto plazo. Se trataría de tomar una decisión: forzar a Israel a que termine con la ocupación. Palestina está en el centro. De la política, de los corazones y de la desigualdad del poder. La razón no tiene más fuerza que la moral, que no es poca. Mientras tanto, la fuerza arrasa. Encarcela, expulsa, asesina y asfixia ante el silencio cómplice de la comunidad internacional, que sólo responde con palabras. Nosotros en vez de correr a colaborar con acciones, tal y como ellos nos reclaman, nos regodeamos en nuestro conocimiento del conflicto y nuestros análisis estratégicos mientras continuamos con la inercia que nos justifica como cooperantes y/o activistas pero de nada sirve a quienes queremos ayudar..

Desde hace ya un tiempo, largo y frustrante, sabemos lo que tenemos que hacer, lo que nos toca y no hacemos, con la consecuencia inmediata de que la ola de solidaridad natural que despierta una de tantas causas justas, y siendo esta, especialmente, la más comunicada, se traduce, limita y agota en sí misma. Convertida en conciliábulo de iniciados, repeticiones continuas de elementos recurrentes en diversas formulaciones y variaciones marginales que al final sólo sirven para justificar desembolsos económicos progresivamente mayores de las administraciones que a esto se dedican. Pero no inciden en la solución de los problemas a los que se dirigen.

Todo lo que tiene que ver con Palestina ha generado tendencias esperanzadoras (nunca podemos negarlas) y efectos perversos.

Entre las obviedades por todos reconocidas se encuentra en la cabeza de león, -como piedra angular de la cooperación del Estado español con Palestina- que los palestinos tienen razón en sus reclamaciones de libertad e independencia. La ocupación militar se encuentra fuera de debate, la injusticia de la represión satura en su reconocimiento popular e incluso la erudición sobre las raíces del conflicto es generalizada. Incluso en breve, el público tendrá claro, a partir de la publicación de libros de Ilan Pappé, por poner un ejemplo, que los términos de referencia son limpieza étnica y crímenes contra la humanidad al escuchar la palabra Israel.

Millones de euros de nuestros impuestos salen cada año hacia allí. En una cantidad que sistemáticamente aumenta y debemos alegrarnos por ello. El nuestro es un país solidario. Y viviendo donde vivimos, tenemos claro el ejemplo de quienes hace ya décadas identificaron la causa que en nuestro país se dirimía entre la libertad y la tiranía y viajaron aquí para sumarse a nuestra lucha. La causa Palestina adquiere la misma dimensión ética y política que en su momento tuvo la lucha que aquí se perdió. Ha cambiado el contexto. Han pasado los años y las estrategias, disponibilidades y peticiones internacionales de quienes legítimamente luchan contra la tiranía ya no pasan por los instrumentos que aquí se utilizaron. Ya no pasan por pedirnos a los extranjeros que nos sumemos a la resistencia armada. Pero sí pasan porque utilicemos todas nuestras armas, en el ámbito civil y social, para luchar contra ellos desde nuestros países y nuestras realidades. Se habla de resistencia Palestina. Y de resistencia internacional conjunta. De resistencia civil activa. De internacionalismo.

A partir de este punto, sólo podemos reconocer que desde hace años, todos los que trabajamos en torno a Palestina nos revolvemos (plural inclusivo) en un bucle de autoconvencimiento y autosostenimiento de nuestras ideas propias al respecto que, probablemente, le hace un flaco favor a los palestinos mientras nos mantiene en nuestras cómodas posiciones, laborales para unos, políticas para otros. Muy cómodas. Pero pasivas en cuanto sólo contribuyen relativamente a la resolución con justicia de un conflicto que hay que dejar de denominar así. Del conflicto a la limpieza étnica, el apartheid y en palabras de algún ministro israelí, el holocausto de los palestinos. Frente a ellos resistencia. No hay otra opción. En esta situación, sólo queda la lucha.

La lucha Palestina y el apoyo que recibe. Un ejemplo desde la cooperación

Pongamos un ejemplo concreto de cómo las mejores tendencias pueden pervertirse: la sociedad Palestina se autoorganiza y comienza a resistir a través de una vía que no es la tradicional. Más allá de sus éxitos o fracasos sobre el terreno consiguen que ese modelo de resistencia capte la atención mediática y llegue a los círculos de entendidos que, desde la estructura de sus organizaciones con necesidad de un flujo constante de ingresos, andan a la caza de nuevos proyectos y contrapartes con los que incrementar su volumen de negocio. Sumémosle que la novedad del instrumento de resistencia surge en un momento en que la piedra y la cooperación tradicional están de capa caída y es necesario encontrar procesos de construcción social en consonancia con las nuevas tendencias verbales de nuestro gobierno y sus instrumentos de cooperación.

De construir pozos de agua a apoyar su resistencia. Alguien desde nuestro país, que lleva tiempo plantando té y haciendo volar palomas torcaces, decide que es hora de abordar su proceso de internacionalización. Y no sólo eso sino que decide que las palomas torcaces son el mejor instrumento para evadirse de la persecución del halcón. Pero sus años de experiencia le dicen que el té se toma sin azúcar y la paloma debe ser torcaz. Llega a Palestina, donde sí, se toma té, pero con azúcar. Mucho azúcar. Y la paloma levanta el vuelo. Pero con sus especifidades, no es torcaz. Porque la paloma torcaz es europea, no árabe. En una situación donde la necesidad y la profesionalización se suman para desalamabrar voluntades y las soluciones individuales continúan sustituyendo a los procesos colectivos, el dinero europeo conseguirá en un breve período de tiempo que quienes servían el té y hacían volar palomas dejen de hacerlo, porque para que funcione correctamente, según asegura quien paga el refrigerio y el vuelo, es necesario que el té sea el mejor y la paloma más fuerte. Por tanto, nuestra cooperación ha evolucionado desde el agua a las palomas y el té, lo cual puede presentarse como altamente positivo- Pero se limita a enseñar a preparar un té que no se corresponde con el punto de consumo y a enseñar a volar a un animal que se perderá ante la falta de vegetación. Pueden pasar años antes de que se comprenda. Pero en la búsqueda del sabor perfecto y el vuelo constante, habrán perdido el té y el palomar. Por más que justifiquen sus facturas y garanticen asistencia a sus seminarios. Se convierten los procesos naturales propios de los palestinos en reflexiones autocontenidas dirigidas desde el exterior sin relación con la realidad, o peor aún, que transforman la realidad en mera reflexión sobre la realidad en la dirección de alimento de interminables tertulias: estamos haciendo la revolución. Pero por el camino hemos conseguido que nazca muerta, no así nuestra meteórica carrera.

Tras el ejemplo de una organización concreta, es necesario explorar los de las redes y plataformas que tratan de coordinar sus esfuerzos. Un trabajo uniforme, inequívoco y continuado, presiona en la dirección adecuada y cuando 20 organizaciones, por poner un ejemplo, afirman compartir análisis y objetivos, es necesaria su plasmación pública y directa, su transformación en mensaje y presión directa ante el gobierno: A veces surgen ventanas de oportunidad que permiten coordinarse en la dirección correcta, y puntos de confluencia políticos en los que las organizaciones de cooperación tradicional se suman a las más activistas y honestamente voluntariosas en el marco de la existencia de presupuesto. El paso definitivo parece estar a punto de darse. Siempre. Pero continúa sin darse. La conjunción de cooperación y activismo que se produce en ciertos espacios de coordinación es un elemento positivo. Pero a la hora de definir actividades es necesario saber quienes son los activistas, que no condicionan sus acciones y posicionamientos a la defensa de posiciones adquiridas y quienes son los que utilizando la palabra activista, se dedican a conseguir con ella una pátina de respeto hacia sus posiciones adquiridas, políticas y económicas. Es muy fácil.

Y cuando se dan los pasos, alguien interviene para frenarlos

De la comodidad de nuestras posiciones teóricas al paso adelante, de la teoría a la acción, de la solidaridad a la coordinación práctica. Pero ante el movimiento de futuro, surge la tendencia de freno, el miedo conservador, la manipulación y la amenaza velada, el poder político que anula la capacidad de la sociedad civil para organizarse. Las posiciones a mantener por encima de todo. Demasiado dinero en juego, demasiada visibilidad de la iniciativa al tiempo que la oscura y cerrada gestión del proceso en un esquema de organización con demasiados niveles superpuestos de control y balance que sólo podían demostrar oscuros compromisos privados previos, falta de transparencia y miedo.

Todos estos factores dieron al traste con la posibilidad efectiva, que existía en diciembre de 2007, de sumarse a un nuevo esfuerzo de resistencia con los palestinos, de sumarse a la que pudo ser la iniciativa más poderosa de la sociedad civil de nuestro país en la resistencia al Apartheid israelí. Pero aún no se entiende quien y porqué los gestionó, de dónde surgió la iniciativa, quien la impulsó y con qué detonante para que la financiación se hiciese efectiva y a posteriori la dinamitase. Frente a las convocatorias públicas a las que todos tienen acceso, frente a las convocatorias laborales con procesos de selección abiertos, somos testigos de cómo grupúsculos ciertamente oscuros generan procesos que, de tanto que animan, recogen la ilusión mayoritaria del movimiento social organizado y posteriormente los entregan para ser dinamitados de manera vertical, desde arriba.

Como se demostró en los lamentables hechos que acompañaron a la celebración en Madrid, en diciembre de 2007 del no-foro por una Paz Justa en Oriente Medio nuestras posiciones no sólo son cómodas y han dejado de serles útiles a los palestinos sino que han demostrado que nuestros esfuerzos como sociedad civil son permeables y frágiles ante las intervenciones gubernamentales, que, obviamente preocupadas por el consenso en la solidaridad y coordinación que comienza a mostrarse, deciden intervenir para sembrar la duda, desarticular y anular en la medida de sus posibilidades, que son muchas. Recordemos un ejemplo que allí se vivió para entender la lógica del doble discurso de muchas organizaciones: todo el mundo habla del no-foro. Recordemos, no obstante, que mientras los participantes hablaban y tomaban café, defraudados y enfadados por la suspensión y boicot del evento, dos organizaciones decidieron celebrar sus seminarios. Esas dos organizaciones no boicotearon el Foro. No todo el mundo boicoteó el foro. Hubo personas dispuestas a seguir adelante pese a lo que sucedía.

Más allá de la ingerencia gubernamental a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, la Embajada de Israel a través de la Casa Sefarad y oscuros elementos disfrazados de activistas, responsables de ciertas organizaciones y políticos de izquierda, que en aquellos nefastos días trabajaron para reventar el Foro, es lamentable que meses después aún debamos utilizar “oscuros elementos” para referirnos a los responsables ya que nadie ha asumido responsabilidades por lo que allí sucedió desde el punto de vista de la manipulación política y desde el punto de vista del despilfarro económico. Si mañana se retoma el trabajo -que afortunadamente nunca ha dejado de existir- de concertación con la sociedad civil Palestina que en Madrid trató de romperse ¿cómo sabemos quien debe quedarse fuera si no conocemos los nombres de los responsables de aquel lamentable fiasco?. ¿A quien se protege con el silencio?. ¿Qué garantía tenemos de que no vuelva a suceder?

Conocimiento del proceso político en Palestina. Conocimiento y confianza de las contrapartes. Tiempo de experiencia en el movimiento. Pertenencia a redes y organizaciones, posicionamiento interno en los sucesivos y eternos conflictos que surgen, políticos muchas veces, personales otras, siempre los más graves estos últimos. ¿Existen alianzas que permiten que se corra un tupido velo sobre los sucedido en Madrid en Diciembre de 2007 de modo que, pese al error en el mejor de los casos o la complicidad en el peor, quienes reventaron el Foro puedan continuar paralizando la evolución del trabajo con Palestina?. Michael Warsawsky, del AIC de Jerusalén escribió “no será un foro lo que acabe con nosotros, lo prometo” mientras explicó lo que allí había pasado, señalando directamente a alguno de los responsables.

Estos son los parámetros en los que nos movemos quienes tratamos de actuar y coordinarnos. Pero no es suficiente comprenderlos, hay que retarlos. Es necesario pasar a la acción con los instrumentos civiles que están a nuestro alcance y dar dos pasos más. Uno que suponga limpiar el pasado a partir de lo sucedido en Madrid y otro que permita la evolución del discurso que utilizamos.

La transformación

La cooperación con Palestina debe transformarse y debemos transformarnos nosotros con ella. Flaco favor le harán a la causa Palestina quienes sigan anclados en que su cooperación con Palestina es producto de militancias políticas o sindicales que limitan su permeabilidad a cambiar de posición. No es incompatible la doble militancia, pero todos conocemos los inconvenientes, divisiones y fracturas que esto ha provocado. Es necesario huir del mantenimiento de posiciones laborales enquistadas y eternizadas a costa de un conflicto o de ascensiones profesionales meteóricas debido a la implicación en la zona más convulsa del plantea y, lamentablemente debido a ello, atractiva desde el punto de vista de la comunicación y la cooperación entendida como plataforma amplificadora de movimientos políticos internos y carreras profesionales privadas.

Las organizaciones de la sociedad civil Palestina nos han demostrado que ellos si lo tienen claro y no sólo lo tienen claro sino que nos invitan a sumarnos a su iniciativa. A utilizar nuestro instrumento más poderoso, la resistencia civil en Europa como denuncia política e instrumento de presión contra quien desarrolla su lenta pero firme limpieza étnica. Nos han dicho que saben cómo luchar contra Israel y nos han indicado también el camino a seguir como organizaciones de solidaridad en nuestros países. Debemos concentrar nuestras fuerzas y presionar en una dirección clara y expresada por ellos mismos: el boicot al estado de apartheid de Israel tal y como en su día se boicoteó al estado de Apartheid sudafricano. Ahí está el paso a dar. Nominalmente identificado por muchos. Paralizado en la práctica por lo que nos afecta en tanto organizaciones y personas que vivimos de este trabajo con financiación pública. Financiación proveniente de gobiernos que bajo ningún concepto han llegado al momento en que comprendan un boicot que, por otra parte, tiene que ser ciudadano ante todo.

En 2005, con motivo del primer aniversario de la sentencia del Tribunal Internacional de Justicia que declaraba que el Muro de segregación es ilegal, debe ser derribado y las personas afectadas deben ser indemnizadas, la sociedad civil Palestina efectuó un llamamiento al Boicot, desinversiones y sanciones contra el Estado de Israel en todas sus formas, culturales, económicas, políticas y deportivas. Desde entonces lo ha reiterado insistentemente en cada ocasión que ha estado a su alcance y en estos momentos, cuando nos enfrentamos a la celebración del 60 aniversario de la proclamación del Estado de Israel la ha actualizado.

La contradicción

Veo que faltan nuestras firmas, todas a la vez, las de las organizaciones españolas que trabajan en Palestina apoyando el boicot que la campaña palestina ha colgado de su web y lanza al mundo. Una de las contradicciones, quizás la más definitiva, entre los elementos de la cooperación tradicional que se utilizan desde España en la causa palestina y el llamamiento al boicot realizado por las organizaciones de la sociedad civil palestina surge cuando nos damos cuenta de que desde hace años, muchos de nosotros, hemos tratado de adaptarnos a la realidad impuesta por el ejército ocupante a la hora de desarrollar nuestro trabajo. No se trata de una acusación sino de una constatación: toda organización extranjera que trabaje en Palestina lo hace frente al riesgo continuo de la expulsión del territorio por parte del estado ocupante, cosa que por el momento no ha sucedido. No provocar al ocupante, mentir, si hace falta, en los objetivos del trabajo, y a partir de ahí, adoptar el perfil más bajo posible. Es mucho lo que las organizaciones se juegan. Pero mientras siguen y siguen trabajando con esos parámetros, la imagen que se transmite es: nuestro país colabora, la situación es igual al resto de países, hay problemas, es complejo, y ya están ellos haciendo lo que se puede hacer. Tras la autocensura en el trabajo, provocada por la ocupación, la de los cuartos. Toda organización que trabaje en Palestina se debe a quien la financia y debe aprobar los objetivos de cada una de sus actividades so pena de recorte de la financiación, que conllevaría posterior pérdida de empleo por parte de personas que sólo saben hacer esto, porque son esto.

Hasta donde sabemos, ninguna organización española ha sido expulsada de Palestina por Israel, pese a que les encantaría poder hacerlo. ¿Y por qué esto no ha sido así? Porque a nuestro gobierno aún le quedan elementos de negociación con las autoridades israelíes que mantienen la situación dentro de un proceso de intercambio en el que, entre otros muchos acuerdos y componendas, se mantiene la cooperación tradicional pero no se dan los pasos políticos que, propuestos por las contrapartes palestinas, desde la cooperación se sugieren y la justicia requiere. Los palestinos piden e indican, desde aquí se afirma y asiente para posteriormente explicar que eso no es posible. Si bien la tendencia puede estar muy próxima a cambiar.

Hemos llegado a un punto en el cual, el modelo de pagar por construir elementos que inmediatamente serán destruidos por el ejército ocupante ha alcanzado niveles de paroxismo tal que lógicamente, sin abandonar esta opción, se ha pasado a privilegiar los procesos de construcción social e incluso proyectos de la así llamada construcción de paz que se acercan peligrosamente a la línea roja que Israel marca como punto de retorno para organizaciones y personas a las que permite trabajar en los territorios que ilegalmente ocupa.

Llegados a este momento, las organizaciones que desean profundizar en su relación con la causa Palestina y avanzar en su consecución tiene que encontrar, pese a la incomodidad práctica, en lo económico y lo laboral, evidente que ello provoca, el modo de vincular su trabajo y posicionamiento a una doble dimensión: responder a las peticiones que surgen desde el terreno y presionar a nuestro gobierno en la misma dirección. Esa dirección es, definitivamente sumarse activamente y apoyar el Boicot, desinversiones y sanciones al Estado de Israel. Se trata de una campaña civil, mayoritariamente apoyada en Palestina y que nos dirige en nuestra acción de solidaridad como individuos, organizaciones y redes de solidaridad. Es inexcusable su apoyo.

Las consecuencias a corto plazo son evidentemente incómodas. De ahí mi inicial descripción de la situación actual como cómoda. Hasta ahora, todo nuestro trabajo ha estado dirigido por la discreción necesaria ante la intimidación del ocupante. Los relatos de interrogatorios, humillaciones y entradas denegadas al territorio palestino hacia algunas de las personas que allí trabajan o tratan de hacerlo son ya numerosos y conocidos. El aeropuerto de Ben Gurion y el Puente Allenby o el paso de Eretz en Gaza son pozos negros para el derecho por los que todos los cooperantes han pasado alguna vez. Y que, sin quererlo, limitan el nivel de compromiso, siempre cercano a la expulsión o la entrada denegada. Al fin del proyecto, del trabajo remunerado.

Las mentiras, retrasos e inconvenientes que quienes viajan allí deben abordar, siendo infinitamente menores a las que deben sufrir los palestinos, son absolutamente intolerables y es hora de exigir a nuestro gobierno que termine con la impunidad con la que las autoridades israelíes se comportan con quienes viajan desde España ya sea a trabajar, a mostrar su solidaridad con los palestinos o simplemente a informarse de la situación sobre el terreno.

La consabida carta de invitación y presentación emitida por el Consulado de España en Jerusalén es absolutamente inútil ante las autoridades israelíes y el mecanismo actual de coordinación entre las organizaciones y las autoridades diplomáticas españolas debe cambiar y terminar de una vez por todas con la situación existente. Los interrogatorios y registros, las mentiras y camuflaje como visitantes de la escena nocturna de Tel Aviv o como turistas religiosos deben terminar de una vez por todas. Nuestro gobierno debe sentarse definitivamente en la mesa y solucionar de una vez por todas un comportamiento inaceptable que dificulta y condiciona tremendamente la sinceridad en la solidaridad con Palestina.

Mucho me temo que la amenaza constante de suspender el trabajo de organizaciones y personas, impidiendo su entrada al país debido a sus posicionamiento respecto a la causa Palestina sea uno de los causantes de que la respuesta al llamamiento al Boicot emitido por las organizaciones palestinas sea tan escasa.

Es intolerable que la Embajada de España en Tel Aviv y el Ministerio de Asuntos Exteriores no haga nada respecto a la libertad de expresión y posicionamiento de los ciudadanos españoles ante las autoridades israelíes. Como propuesta de negociación para revertir esta realidad es hora de proponer que se apliquen por parte de nuestro gobierno las mismas medidas de presión sobre los ciudadanos israelíes que traten de visitar nuestro país. Es intolerable que se permita la presencia en aeropuertos españoles de agentes de seguridad israelíes que incluso impiden el embarque en suelo español de personas bajo la simple acusación de ser “demasiado amigos” de los palestinos mientras se permite la entrada en España de personas que son, en su calidad de miembros del ejército israelí en activo o la reserva eterna, o de la administración pública de ese país, son responsables de la comisión de crímenes por la humanidad en sentido amplio y de violaciones sistemáticas del derecho internacional, en sentido estricto. Ahí está la clave. Igualdad de trato para contribuir a restablecer la justicia. Aplicación de medidas equivalentes para comenzar a hablar. Todo encima de la mesa, sin negociaciones caso a caso debido a amiguismos políticos o contactos en las altas esferas ministeriales como sucede en la actualidad a través de espectáculos mediáticos que teóricamente posicionan en la solidaridad con Palestina y posteriormente revierten en el uso de esa credibilidad para fines privados. Libertad de acceso sin amenazas y sin establecer diferencias. Medidas de presión exigidas a nuestro gobierno para facilitar el acceso a la solidaridad en igualdad de condiciones.

Esta es sólo una de las medidas, posiblemente la más primaria, que permitiría comenzar a solucionar el dislate existente entre voluntad política expresada de avanzar en el compromiso con la causa Palestina y las realidades al alcance de las organizaciones e individuos que trabajan en este ámbito. Conseguida la plena libertad de movimientos en condiciones normales a través de la presión por parte de nuestro gobierno ante las autoridades israelíes, será mucho más fácil para el conjunto de las organizaciones e individuos de la solidaridad española con Palestina liberarse de los miedos y condicionamientos que frenan la convergencia entre deseo y realidad, entre peticiones de acción de los palestinos y realidades de actuación en nuestro país. La libertad de expresión ayudará a caminar en dirección a apoyar medidas en torno a la aplicación de un boicot efectivo al Estado de Israel y la cooperación con Palestina no sólo será definitivamente política sino que será políticamente correcta, sin los desvíos actuales, provocados por la comodidad y el miedo que generan el mantenimiento de determinados volúmenes de negocio y posiciones laborales bien pagadas.

¿Es este el motivo que impide la evolución política definitiva hacia posturas encaminadas al Boicot al Estado de Israel por parte de las organizaciones de nuestro país?. Prefiero terminar con una pregunta y equivocarme, pero en todo caso, se trata de un debate necesario.

sábado, 24 de octubre de 2009

LOS DERECHOS HUMANOS, UN OBJETIVO REVOLUCIONARIO


Julio Anguita
Mundo Obrero nº 127
Octubre 2009

La dirección del Mundo Obrero me ha pedido que explique los contenidos de la conferencia que el pasado día 17 de septiembre pronuncié en León como clausura de las jornadas universitarias dedicadas a los Derechos Humanos (DDHH). Los patrocinadores fueron la Universidad y el Ayuntamiento de San Andrés de Rabanedo. El camarada Enrique Díez, profesor de la Universidad fue el coordinador de las mismas y en ellas intervinieron también Carlos Taibo, Manuel Monereo, Susana López, Maile Mola, Javier Navascúes, Paula Garvín, y Pedro Montes, entre otros.

He aceptado la propuesta porque a través de este artículo podré originar en los lectores una doble reflexión sobre la importancia revolucionaria que tiene la lucha a favor de los Derechos Humanos y también acerca de los medios de comunicación y la ligereza, frivolidad, cuando no tendenciosidad de sus textos presuntamente informativos.

Tampoco quiero obviar los comentarios que desde supuestos y "sólidos" principios comunistas se han hecho a mi intervención sin otra base que lo aparecido en la prensa. Parece ser que la tan denostada "prensa burguesa" es de fiar cuando se presenta la oportunidad de lanzar un panfleto, hacer una condena o simplemente recitar una serie de mantras que nos entonan el ego. Lo ocurrideo es una prueba más de que es urgente un debate sereno entre quienes nos llamamos comunistas; estemos dentro o fuera del PCE. A las pruebas me remito.

Hace un par de años recordaba públicamente Xavier Arzalluz que cuando fue a Madrid al entierro de Dolores como representante del PNV, se sorprendió cuando a la pregunta de ¿cuál es, como comunistas vuestro proyecto inmediato? le respondí: luchar consecuentemente para que los Derechos Humanos sean una plena realidad planetaria. Hace ya veinte años, pues, que existe constancia de mi permanente preocupación acerca del valor revolucionario de los Derechos Humanos. Infinidad de artículos, discursos, propuestas y conferencias sobre el tema han ido jalonando desde entonces mi actividad política como militante comunista.

¿A qué me refiero cuando hablo de DDHH? Tal y como dije en León, a lo siguiente:

  1. A la solemne Declaración aprobada el 10 de diciembre de 1948 (recorriendo su lectura a la luz de lo que está ocurriendo en el mundo con la crisis).
  2. A los tres Pactos que firmados en 1966 desarrollaban y ampliaban la Declaración a la vez que obligaba a los Estados signatarios a su estricto cumplimiento. Dichos Pactos entraron en vigor en España el 27 de julio de 1977.
  3. A todas las luchas anteriores de los hombres y mujeres que englobados en el movimiento obrero, la intelectualidad comprometida y en general a los herederos de la ilustración hicieron posible que estos derechos fuesen recogidos en un documento que cuenta con el apoyo y compromiso (al menos sobre el papel) unánimes de prácticamente todos los países del planeta.
  4. Al conjunto de documentos, declaraciones, organismos, instituciones que venciendo a trancas y barrancas las dificultades inherentes a una ONU poco democrática y las acciones del imperialismo capitalista consiguen avances, logros y mantener al menos la esperanza. No son menores los impedimentos que proceden de la inhibición casi generalizada. Unos por considerar que el mercado capitalista es el mayor valor al que se debe supeditar todo; otros por pretender que basta un barniz de derechos políticos para dar por aplicados los DD.HH y los demás porque mantienen que la tal Declaración no es sino "un documento burgués" carente de solidez revolucionaria.
  5. A todas las personas, organizaciones, entidades, instituciones, colectivos y luchadores que han hecho del cumplimiento de los DDHH el objetivo y la meta de su vida.

En 1994 declaré públicamente que yo "apostaba totalmente por IU desde mi militancia comunista". Hoy declaro solemnemente que el objetivo de los DDHH a escala planetaria es una tarea a la que me siento convocado en nombre de mi apuesta y mi convicción de comunista marxista. ¿Por qué me considero comunista?. Intentaré expresarlo siquiera esquemáticamente.

Para empezar y como actitud vital e intelectual no asumo, no acepto el llamado sistema capitalista: economía, sociedad, valores, instituciones, hábitos y comportamientos.

Pero mi negación me conduce a una consecuencia para mí ineluctible. Mi rechazo se transforma en una decisión de combatir en todos los frentes al sistema que deseo sustituir por otro que por convención hemos llamado Socialismo, Comunismo o Anarquía.

Y a tal fin me siento en estrecha relación de trabajo político con otros seres humanos que sienten lo mismo y persiguen el mismo fin confesado. Es obvio que la organización para incidir en la sociedad y cambiar el sistema es imprescindible. Estoy hablando de una actividad colectiva y organizada en la que el militante sustituya totalmente al simple afiliado.

La acción política de esa organización comunista se traduce en lo que ha venido en llamarse praxis o práctica revolucionaria en la que teoría y acción van indisolublemente unidas sin preponderancia de una sobre la otra.

El fin perseguido, la sociedad que se busca, debe hacerse clara para los demás debe ser entendida, comprendida y sobre todo asumida como una necesidad personal y colectiva. Y eso sólo es posible si el ideal a construir es capaz de ser encontrado en los más inmediato, en el entorno, en los problemas de cada día. Y es aquí donde el maestro Marx, el maestro Engels, el maestro Lenin, el maestro Trotsky y la maestra Rosa Luxemburgo, deben decer un espacio al maestro Sócrates (que se lo digan a Bertolt Brecht). ¿Por qué? Porque la función de un colectivo revolucionario es básicamente hacer surgir de la mente de los explotados aquello que ellos saben aunque muchas veces no saben que lo saben. Una labor de parteros de la concienciación.

¿Hay algo más inmediato que los contenidos de la solemne Declaración de DDHH de 10 de diciembre de 1948?. Al llegar aquí os propongo lectores y lectoras su lectura y tras ella seguir leyendo. Deduciréis claramente que el capitalismo es incapaz de cumplir sus contenidos y en consecuencia la tarea más inmediata es como diría Lenin tirar del eslabón más débil de la cadena. El capitalismo es la negación de los DDHH.

Y de esta consecuencia se infieren otras a la luz de la práctica liberadora. Las clases sociales no son un invento de nadie sino una consecuencia del sistema imperante. Pero además es visible día tras día que entre ellas existe una lucha feroz de intereses. Lo que ocurre es que muchas veces los dominados no son conscientes de ello bien por el fallo de las organizaciones de masas, bien por la hegemonía cultural del capitalismo o bien por aquellos discursos que no hacen otra cosa que presentar la sociedad del futuro pero sin comprometerse en las luchas diarias en esta. El conflicto entre el capital y el trabajo no es evidente por sí mismo en la mayoría de los casos hay que sacarlo, deducirlo, explicitarlo, hacerlo presente ante la conciencia cuando algo tan universalmente asumido como el derecho al trabajo no se cumple porque el sistema ha colocado por encima de él al mercado, la competitividad y el crecimiento sostenido.

¿Hay acaso, hoy en día, un programa más claro, menos negado y con más apoyo universal que los DDHH? ¿No sería éste el programa adecuado para un internacionalismo de nuevo cuño? ¿No es más sugerente para los parados, perseguidos, marginados, explotados y cuestionadotes del capitalismo en general una propuesta tan cercana como los DDHH que la proclama de un orden radicalmente nuevo y distante hoy por hoy para la mayoría? ¿Qué impide a los comunistas volcarse en organizar, alentar, apoyar, difundir y aplicar los DDHH? ¿Sería esta apuesta una negación de la trayectoria de nuestro Partido? ¿No sería ésta una plataforma capaz de generar una amplísima mayoría combatiente?.

Soy consciente de que los textos escritos por avanzados y justos que parezcan son papel mojado para los poderes que de facto los niegan. En consecuencia de lo que se trata es de conseguir una fuerza que imponga y cumpla los DDHH como programa de la mayoría democrática. Ello no impide que al socaire de esa lucha y como complemento de la misma se planteen otros objetivos necesarios; propongo dos: la inclusión de los Derechos Medioambientales en la Declaración y la refundación de la actual ONU en un sentido más democrático.

Resumiendo; la conquista de los DDHH para toda la Humanidad no es sólo el desencadenante de procesos que inciden en las contradicciones del capitalista es también y a la vez, la lucha por una nueva situación de mayor justicia, bienestar, valores ciudadanos basados en derechos y deberes y una Ética de lo colectivo que diría Fernández Buey. Sin pasar por esta etapa no habrá ni socialismo ni comunismo.

martes, 6 de octubre de 2009

PEDRO CASALDÁLIGA, TEÓLOGO DE LA LIBERACIÓN: "PUEDEN QUITÁRNOSLO TODO MENOS LA FIEL ESPERANZA"

Pedro Ramiro, María Gonzáles Reyes y Luís Gonzáles Reyes
Lunes, 5 de octubre de 2009
Revista Pueblos nº 39-Septiembre de 2009-Entrevista

A sus 81 años, el obispo emérito de la diócesis de São Felix do Araguaia es uno de los más destacados representantes de la Teología de la Liberación y se ha convertido en un referente para la izquierda latinoamericana. Desde que hace cuatro décadas llegó a Brasil para quedarse, su trabajo en defensa de los derechos de los pueblos indígenas y de los grupos sociales más oprimidos, así como su apoyo a los movimientos brasileños de campesinos sin tierra y a la revolución sandinista en Nicaragua en los años ochenta, hacen que Pedro Casaldáliga sea parte fundamental de la memoria viva de la lucha por la dignidad y por la liberación de los pueblos en América Latina.

A mediados del pasado mes de agosto, Pedro Casaldáliga recibía a un grupo de activistas sociales del Estado español en su humilde casa de São Felix, en el estado brasileño de Mato Grosso, para reflexionar que "la mundialización nos ha dado la oportunidad de reconocer que somos una sola humanidad. Somos todos iguales, debemos serlo, en dignidad y en oportunidades". Así se daba inicio a una conversación en la que se trató desde la situación política de Brasil hasta las perspectivas actuales de la Teología de la Liberación, pasando por el modelo de consumo o los retos de la izquierda latinoamericana.

Desde la perspectiva que da el llevar ejerciendo muchos años el compromiso con las personas más desfavorecidas del planeta, ¿qué significado tiene para ti hoy la solidaridad?

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La pregunta que se hace desde el Primer Mundo es ¿qué podemos hacer nosotros? Pues renunciar, por fin, que ya es mucho pedir, al privilegio de ser Primer Mundo. Renunciar a esta condición excepcional de una mínima parte de la Humanidad, si la comparamos con la inmensa mayoría de todo el Tercer Mundo. Estamos intentando subrayar siempre que la solidaridad ha dejado de ser aquella solidaridad paternalista, de enviar la ropa, los medicamentos, ciertos recursos... Ha de ser una solidaridad que va y que viene, mucho más concreta y mucho más exigente: damos y recibimos, para que también la propia solidaridad, además de alimentar personas y curar enfermedades, facilite y estimule la vivencia de la propia cultura. Porque nosotros ayudamos a personas que tienen una cultura, que no son simplemente un estómago y unas venas, sino que son pueblos. Por eso, hemos de procurar que la solidaridad sea constante, consciente, autocrítica, local y global: de ida y de vuelta.

Cuando te viste con Fidel Castro hace veinte años, él afirmó que "la Teología de la Liberación ayuda a la transformación de América Latina mucho más que millones de libros sobre el marxismo". ¿En que se basa actualmente la Teología de la Liberación?

A día de hoy, hay diferentes teologías de la liberación. Lo que se ha hecho es incorporar más explícitamente temas, sectores de la sociedad, de la vida, que antes no eran tan considerados. Han ido surgiendo las cuestiones asociadas a los indígenas, las mujeres, la ecología, los niños de la calle... Ahora, se trata de una teología enriquecida por las reivindicaciones de esos grupos emergentes y, por eso, la Teología de la Liberación ya es muy plural en sus objetivos, siempre dentro de la reivindicación de la liberación. Cuando pedimos liberación para el pueblo negro, pedimos que pueda sentirse con orgullo negro, y que no le sea privada la cátedra, la función publica, el gobierno, que no haya la segregación que todavía hay. Yes que cuando yo vine a América Latina, hace 41 años, los negros, en su inmensa mayoría, no se reconocían como tales. Incluso, se estiraban el pelo para que no pareciera cabello de negro. Ahora están recuperando su orgullo, su identidad. Algo parecido ha ocurrido con la población indígena. Cuando llegué a Brasil se decía que había 150.000 indios, mientras hoy hay un millón. En esta región, por ejemplo, los indígenas tapirapé reconquistaron su territorio, los karajá han reconquistado asimismo una parte de sus territorios, los xavante también... y todo eso tiene espíritu de Teología de la Liberación.

Una de las críticas que se le hace a la Teología de la Liberación por parte de los conservadores es que se trata de una teología muy materialista, que se preocupa mucho de intereses materiales, de necesidades físicas y olvida el espíritu, la oración. Ante eso, yo reivindicaría tres o cuatro trazos que serían indispensables en la Iglesia de Cristo: el primero, la opción por los pobres; el segundo, conjugar fe y vida; el tercero, la Biblia en manos del pueblo; cuarto, la solidaridad auténticamente fraterna.

¿Qué ha permitido que cuajase en América Latina?

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Ana Pérez

En América Latina, la Teología de la Liberación se desarrolló en un momento muy oportuno: acababa de acontecer el Concilio Vaticano II, en el año 1968
cuando yo llegué aquí- corrían vientos de cambio, tenían lugar las dictaduras militares, con lo que el contexto fue propicio para plantar pie y echarse a la liberación. Además, en América Latina hay una cierta unidad de continente. Es el único continente que puede llamarse la patria grande: Nuestra América, como decían los libertadores. Eso facilitó que surgiese una teología característicamente latinoamericana.

Recuerdo siempre cómo las persecuciones, los exilios, las torturas, los mártires, conjugaron mejor toda la realidad latinoamericana. Aquí en Brasil a veces se sentía que estábamos un poco distantes de la América Latina hispanoparlante: un país demasiado grande, con otro idioma... Pero después de todas esas dictaduras militares, donde se mezclaron los cantos y se mezcló la sangre, América Latina es más ella, y es ella y el Caribe. Eso sí, yo prefiero la expresión Nuestra América, porque los libertadores usaban más esa denominación: Bolívar, Martí, Sandino, Fidel...

En la Agenda Latinoamericana que elaboráis cada año, que sirve de base de trabajo a muchos activistas del continente, en 2009 habéis puesto como título "Hacia un socialismo nuevo". ¿Qué quiere decir esto del socialismo nuevo?

¿Quién lo sabe? (risas) Se podría decir también izquierda, o socialismo, pero en cualquier caso hay unas cuantas exigencias indispensables: primero, no se puede tener como objetivo el lucro; segundo, ha de haber una cierta igualdad, unos niveles bastantes igualitarios, por ejemplo, en los salarios de un ministro y de un campesino; se ha de reivindicar un intercambio de países de igual a igual y, finalmente, no se puede aceptar que el capital se haga el dueño del trabajo, de la economía y de la propia democracia.

Como estamos viendo con el caso de Honduras, ¿pueden volver los tiempos de los golpes de Estado a América Latina?

Quién sabe. Al menos, en Nicaragua y El Salvador, ya no podrá haber nunca lo que hubo: habrá injusticias, habrá situaciones complicadas, pero una revolución bastante popular no se pierde por completo.

Eso sí, el hecho de que un país pueda ser masacrado constantemente y no haya nadie que pueda intervenir en eso, da prueba de que la Humanidad está mal. El socialismo no puede aceptar la idea del colonialismo, del imperialismo. En este sentido, debemos gratitud a Cuba, porque, con todos sus pecados y sus excesos, el hecho de contestar tercamente al imperio es un gran servicio para América Latina y para el mundo. En ese sentido, una política mundializada podría suponer una oportunidad global.

Has venido haciendo también mucho hincapié en el problema del consumismo.

Hasta ahora el consumismo ha sido visto como un exceso de vanidades, que si hay que tener cuarenta pares de zapatos, dos televisiones, etc. Pero esto es mucho más serio: se consumen derechos, se consumen necesidades. Si hay un 20 por ciento de personas y familias que están en la situación de estar bien, que viven en la civilización del bienestar, hay un 80 por ciento que no tiene lo fundamental. El consumismo es capitalista, y todo lo malo que tiene el capitalismo lo tiene el consumismo. Si comparas lo que pasa cuando hay un terremoto en Japón y cuando sucede en Honduras, ves que en un sitio mueren tres personas y en el otro, dos mil. Los países del Primer Mundo se permiten ir haciendo, y detrás de nosotros, dicen, el diluvio. Porque lo primero que se mira no es el mundo, es la propia casa.

Para la agenda del año que viene, proponéis como lema "Salvémonos con el planeta".

Dentro de esta visión de globalidad, descubrí por fin que el planeta es nuestra única casa. Yno hay modo de salvarnos nosotros si no salvamos el planeta. Mejor aún: es bueno recordar que podemos acabar los hombres completamente y el planeta seguirá. Hasta por egoísmo, diríamos, ahora nosotros sólo nos salvamos si es con el planeta.

Se ha creado una conciencia que antes no existía: la Amazonia ha sido prácticamente descubierta, por decirlo así, en los últimos tiempos. Para la Iglesia, no existía la Amazonia. Hubo actitudes de algunos "avanzados", más bien con ideas bucólicas que políticas, que eran definidos como unos quijotes simpáticos pero no pasaban de ahí. Últimamente, con la globalización, diversos técnicos y científicos recuerdan que la cosa va en serio. Y se ha llegado a una postura más política.

Frente a todo ello, ¿qué se puede hacer?

Ha de ser un gran proceso de conversión, un cambio de mentalidad. Mientras que creamos que podemos tener todo lo que queramos, no hay solución. Precisamente porque la situación es global, ha de llegar a todas las bases la propuesta de dar una conciencia crítica sobre la situación real. Cada familia tiene el derecho y el deber de poner un cierto tope: si por un lado el padre está en una ONG de solidaridad y por otro lado el hijo está consumiendo a mansalva, con esa conducta estamos desmoralizando lo que estamos construyendo.

Es bueno que salgan tantas noticias en boletines alternativos, para que nos demos cuenta de lo que está pasando. Como dicen muchos especialistas, no va a haber problemas: ya los hay y llegamos tarde, había que resolver las cosas anteayer. Otros, más esperanzados, dicen que todavía hay tiempo, que aún se pueden resolver los problemas. Sólo que para eso se necesitan políticas oficiales. Es un gesto que una familia tenga un coche en vez de tener tres, pero no resuelve el problema del petróleo.

¿Dónde queda entonces la política?

Solo se puede resolver el problema si hay, de forma simultánea, políticas oficiales y políticas domésticas, grupales, de partidos, asociaciones, ONG. Como se está diciendo mucho ahora, hay que trabajar localmente y globalmente. Hay que dar más valor a la política. Hay que meterse en política, hay que asumir la vocación política. Si no, nos quedamos en cantar canciones de protesta. La política ha sido desmoralizada, ha ido quedando en manos de gente sin conciencia social ni responsabilidad. Tanto los partidos como los sindicatos han supuesto muchas decepciones, pero continúan siendo válidos, aunque ya no son tan hegemónicos porque también hay muchos movimientos sociales y ONG que son muy valiosos.

Las mejores ONG son las muy politizadas: cuidan de ayudar estimulando, ayudar propiciando la acción y la formación. Se debería pedir que las ONG hicieran un examen de conciencia política. Porque están ayudando, sí, pero ¿y estructuralmente? La Iglesia católica siempre ha hecho caridad, pero si no nos metemos con las estructuras, continuaremos con unas que son nefastas.

A un año de las elecciones generales en Brasil, ¿cuál es tu valoración del del Gobierno de Lula?

Lula, aunque quisiera, no podría hacer un Brasil socialista. Ahora bien, él podría propiciar muchos gestos que fueran hacia el socialismo: rebajar los salarios de los más ricos y subir el de los más desfavorecidos; facilitar oportunidades a los grupos humanos que no las tenían; poner el trabajo por encima del capital; no entregarse en cuerpo y alma al agronegocio, sino a la agricultura familiar. ¿Se puede exportar? Claro que sí, pero no dando prioridad a lo que no es prioritario. Su lema del mandato ha sido: que todos los brasileños coman una vez por día. Eso es un paso de proto- socialimo, qué menos que eso, ¿no? Pero, así con todo, hay millones que no comen cada día. Y qué jefe de Estado ha tenido la popularidad del 80 por ciento que ahora tiene Lula.

¿Cómo valoras el papel de los movimientos antiglobalización, los encuentros del Foro Social Mundial y las organizaciones que defienden que "otro mundo es posible"?

Esa conciencia mundializada nos ayuda a comprender que debemos transformar el mundo. No vale con cuidar solo la propia casa y el propio país. La utopía se hace así más posible, porque ya es una utopía con visión política, de solidaridad, con actitudes concretas. Años atrás, ¿quién podría pedir un gobierno mundial? Hoy, hablar de ello ya no es tan utópico. La utopía es hija de la esperanza. Yla esperanza es el ADN de la raza humana. Pueden quitárnoslo todo menos la fiel esperanza, como digo en un poema. Ahora bien, ha de ser una esperanza creíble, activa, justificable y que actúa. Por eso la Teología de la Liberación ha insistido tanto en la praxis: si decimos que Dios es amor hay que practicarlo; si es vida, hay que potenciar la vida. La religión no es praxis, nos decían, es fe. Pero la fe sin praxis es una quimera, y también un sarcasmo. Teóricamente, la cosa está clara; ahora, en la práctica, vamos a ver…


Pedro Ramiro es investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) - Paz con Dignidad; María González Reyes y Luis González Reyes son miembros de Ecologistas en Acción.