sábado, 27 de septiembre de 2014

¿QUÉ PARADIGMA RIGE UNA SOCIEDAD PATRIARCAL?: LAS MÚLTIPLES CARAS DE UNA MISMA MONEDA


Cuando se dice de algo que es estructural, lo que pretende decirse es que afecta a la misma raíz de la estructura de la sociedad donde está inmerso, es decir, que es parte de su estructura. Históricamente, el paradigma patriarcal ha sido antropocéntrico y, consecuentemente, androcéntrico. Ha estado basado en la idea de dominio, que unas veces se ha explicado como dominio a la naturaleza y otras como dominio de unos seres humanos por otros, en el caso que nos ocupa de los hombres sobre las mujeres.
Las mujeres son contempladas como objetos subordinados a los intereses que, en la sociedad patriarcal, definen los hombres.
El panorama que nos ha legado este comportamiento es muy preocupante. Preocupan las decisiones en comunidad que afectan a mujeres en función de su condición femenina.
La identidad masculina tradicional reposa en tres pilares: insolidaridad, misoginia y homofobia. Estas tres características son consecuencia de tres negaciones: ‘no soy un bebé’, ‘no soy una mujer’ y ‘no quiero a otros varones ni quiero que otros varones me quieran’
Las desigualdades entre varones y mujeres en una sociedad patriarcal se apoyan en la cultura patrimonial-machista: desde que nacemos se nos va educando para obedecer y ser fieles a las decisiones del varón, quien es propietario de la casa, el terreno, los animales, el dinero que entra al hogar, la mesa y las sillas. Y es propietario del tiempo y de quienes viven en la casa, comenzando por su mujer y siguiendo con las hijas e hijos. El hombre dispone de las cosas y las usa según sus conveniencias.
Esta violencia machista es la cara más cruel de la estructura del patriarcado, pero quizá esto nunca se reconoce abiertamente por los poderes públicos de allí y de aquí, que hasta ahora se han limitado a limar las asperezas culturales que nos están conduciendo a esta situación.
La violencia no es un fenómeno nuevo, pero su estudio sistemático es muy reciente, sobre todo si el énfasis se coloca en las expresiones y efectos de la violencia masculina y más específicamente la que se produce en el interior del hogar, o de la familia amplia. De manera no sorprendente, fueron las mujeres quienes empezaron a abordar la problemática –ya entrada la segunda mitad del siglo XX- y a denunciar públicamente el maltrato que sufrían. Desde los primeros esfuerzos por dar visibilidad a algo que durante siglos había estado soterrado, se advirtió que muchas formas de violencia contra las mujeres ni siquiera se nombraban como tales porque estaban naturalizadas.
Ojalá se deje de idealizar sociedades que no son ideales; que las mujeres dejen de ser las perpetuadoras de la violencia patriarcal y machista; que las mujeres se organicen y comiencen a nombrar y señalar en voz alta lo que están sufriendo y padeciendo y que se empoderen para acabar con esa lacra negada mil veces.

¡LIBERTAD PARA MAHDJOUBA!

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