lunes, 18 de abril de 2011

LA MEMORIA VIVA DEL M-19: ¿VALIÓ LA PENA LA DESMOVILIZACIÓN? ¿QUÉ APORTES SOCIALES Y POLÍTICOS SE DIERON DESPUÉS DE LAS DESMOVILIZACIONES? ¿SE FRENÓ LA VIOLENCIA EN COLOMBIA O SE APROVECHÓ POR UNA DE LAS PARTES (EL ESTADO) PARA "CONTROLARLA" Y HACER USO EXCLUSIVO DE ELLA?

LA MEMORIA VIVA DEL M-19
http://colombia.indymedia.org/print.php?id=63391
17 años después de su desmovilización, el M-19 sigue afectando la política nacional. Las oligarquías aún le temen, el gobierno insistentemente lo recuerda y los muchachos no dejan de aplaudir su osadía.

“Es la hora de hacer el gobierno de todos: un gobierno con actos de justicia, dignidad y soberanía, un gobierno en el que se exprese la voz de los colombianos, que dé solución a nuestras necesidades y realice nuestras aspiraciones de patria y libertad.


(…) ya basta de protestas, ya basta de denuncias, ya basta de gritarle a una oligarquía sorda a las verdades de siempre. Llegó la hora de las afirmaciones”

Álvaro Fayad Delgado
Proclama de Los Robles a Colombia.
Abril 17 de 1985.

En memoria de Amanda, Amelia, América, María, Carmenza, María Eugenia, Marta, Violeta, Marcela, Irma, Claudia, Natalia y todas las mujeres revolucionarias que con su lucha y temple de guerreras, sembraron la tierra con semillas de porvenir.


No heredaremos la represión

Cuando aún no había sido superado un pacto excluyente de impunidad compartida entre las oligarquías de los dos partidos tradicionales conocido como el Frente Nacional, acababa de fraguarse un escandaloso fraude electoral, apoyado entre otros, por la iglesia Católica a través de su cardenal Aníbal Muñoz Duque, y la Presidencia de la República le era otorgada al conservador Misael Pastrana Borrero sobre el General golpista Gustavo Rojas Pinilla quien, bajo su gobierno dictatorial en 1957 había traído tantos adelantos al país y a la vez coartado toda suerte de libertades constitucionales, la sociedad empezaba a plantearse la necesidad de llevar a cabo nuevas y más refrescantes prácticas en el desarrollo de la política colombiana.

El país aún discutía sobre las conveniencias del Concordato de 1973 en respuesta al recién aprobado Concilio Vaticano II, que si bien suprimía algunas de las más aberrantes disposiciones de la llamada Ley Concha, estaba lejos de constituirse en un real pacto de conciliación capaz de ubicar al clero en su debido lugar, para que en vez de favorecer los excesos del partido Conservador e intervenir negativamente en el desarrollo democrático de Colombia, lograra responder a la falta de conciencia política del país, que según el texto “Justicia y exigencias cristinas”, resultado de la Conferencia episcopal de 1973, era la responsable de la perpetuación de una minoría excluyente en el poder.

El sacerdocio colombiano se dividía entre un catolicismo asfixiante ajeno a los principios fundamentales del cristianismo y los seguidores de la Golconda, la SAL (Sacerdotes para América Latina) comprometidos con las luchas de clases, las novedosas propuestas de la teología de la Liberación, y los llamados curas rebeldes, inspirados en la lucha y prematura muerte de Camilo Torres Restrepo, empezaban a cuestionar cada vez con mayor firmeza el real compromiso de la Iglesia Católica con los sectores menos favorecidos de la sociedad y muchos asumían en consecuencia, el camino de la lucha armada como forma efectiva, según declaraban, de defender con eficacia su rebaño de las fauces devoradores de un Estado violento y desigual. El continente era invadido por el boom latinoamericano de las guerrillas marxistas, las autodefensas campesinas, las organizaciones de obreros y sindicatos, las luchas reivindicadoras de los proletariados del mundo, se hablaba de la combinación de todas las formas de lucha, y las juventudes, que devoraban la literatura filosófica y política del momento, asumían el reto de la transformación social desde sus propios lineamientos conceptuales, espirituales, teóricos y libertarios.

Mientras la población de varios países del continente padecía el accionar violento o las secuelas de feroces dictaduras militares, en Colombia, los jóvenes se resistían al pasivo sometimiento nacional a las disposiciones del amo del norte, a la exclusión política y a la persecución armada contra rebeldes y campesinos. Las juventudes querían apostarle con su vida y sus ideas a la consolidación de un nuevo Estado. Y fue en este contexto dinámico y de enormes cambios estructurales, como un grupo de muchachos idealistas, algunos ya militantes de la guerrilla de las FARC, otros activos sindicalistas, políticos e ideólogos comprometidos con la ANAPO y descontentos con la realidad social del país, decidieron unirse a partir del recién fundado movimiento Comuneros y dar inicio a la guerrilla más popular, creativa y cercana al sentir del pueblo: El M-19.

Cuando en Colombia algunos políticos reconocidos se reunían en torno al general Valencia Tovar, -recordado por su acción en Patio Cemento que en 1965 le costó la vida al cura guerrillero Camilo Torres -, para pedirle asumiera la jefatura nacional tras la crisis de gobierno, no muy lejos de allí y en torno a un ser mucho más agraciado, empezaba a consolidarse un nuevo sueño revolucionario. Peggy, quien en ese entonces era la cuñada del gerente de Coca Cola, y se había convertido en la hija díscola de una oligarquía asfixiante, fue el puente preciso para propiciar el acercamiento entre Jaime Bateman Cayón, líder de la organización Comuneros, Carlos Pizarro Leongómez y Álvaro Fayad de las FARC, Eddy Armando un apasionado del arte y de la vida y el médico Carlos Toledo Plata, representante a la Cámara y Secretario de Agitación de la Anapo.

Álvaro Fayad, quien por ese entonces militaba en las FARC, para evitarse un juicio por deserción le propuso al Comandante Jacobo Arenas, escribir un libro biográfico sobre su vida y obra en la guerrilla. El Comandante aceptó complacido, y en una de sus salidas para el desarrollo de su investigación, Fayad escapó y no regresó jamás. Carlos Pizarro, quien corría el mismo peligro y consecuente a su modo libre e intempestivo de asumir la vida, decidió, un día cualquiera, echar a correr, y según cuentan sus amigos, corrió desde la montaña hasta Neiva y de Neiva voló hacia Bogotá, donde lo esperaban los demás muchachos que irían a conformar la plana mayor del M-19.

A finales de 1973, en la finca Jalisco, propiedad del senador anapista Milton Puentes, se consolidó definitivamente este proyecto revolucionario, dando una clara identidad política a lo que sería el Movimiento 19 de Abril, M-19, un irreverente sueño Bolivariano, tejido más con ilusiones juveniles que con el pragmatismo que, la ardua lucha armada, les enseñaría tiempo después.

Desde sus inicios, el M-19 se planteó como un proyecto urbano, nacionalista y Bolivariano, que contrario a las ortodoxias que consumían a las guerrillas colombianas con su pobre interpretación del sentir nacional, intentaba convertirse en una real alternativa de poder capaz de transformar pesados e incomprensibles dogmas ideológicos en acciones convocantes, frescas y atrevidas. Líderes de distintas vertientes, confluyeron al encuentro con la historia para tejer una nueva propuesta de lucha armada dispuesta a ganar espacio nacional a través de una acertada lectura de la sociedad colombiana y de la realización de osadas acciones político militares que además de poner en evidencia la fragilidad del establecimiento, les ayudara a ir ganando terreno en el corazón de las mayorías empobrecidas y marginadas y de importantes sectores de la intelectualidad y el arte colombianos. El M-19 no tardó en convertirse en el mejor ideal revolucionario del país y del continente.

Su incursión a la vida nacional debía ser el reflejo de sus ideas y de su afán de protagonismo social haciendo uso de gran ingenio y creatividad. Por ello, una semana antes de su aparición pública, el 17 de enero de 1974, el movimiento pagó varios avisos de prensa anunciando la llegada de un novedoso producto: “Parásitos… gusanos? espere M-19”, “Decaimiento… falta de memoria? Espere, ya llega M-19” . En su primer comunicado público, distribuido en el mismo mes, se autoproclamaron como un movimiento anapista, hablaron de socialismo a la colombiana en un lenguaje hasta la fecha desconocido para el país, y dejaron claro que su lucha armada era contra “el imperialismo norteamericano que sojuzga a nuestros pueblos impidiéndoles su desarrollo económico y social, contra las oligarquías nacionales, serviles incondicionales del imperialismo, vendepatrias descaradas y explotadoras insaciables de los campesinos, y contra los altos mandos militares, perseguidores de obreros, campesinos y estudiantes, guardianes de los intereses del imperialismo y las oligarquías; el alto clero, obispos y arzobispos que se cuelgan a Cristo en el pecho y por debajo de la lujosa sotana se les ve la gruesa chequera…”

El M-19 se constituyó entonces en una guerrilla semiurbana que logró combinar ideológicamente varias tendencias políticas de la época, integrar fuerzas afines y darle forma a una nueva propuesta de lucha armada que rompía con los discursos y prácticas de la guerrilla colombiana emuladora de principios extranjeros. El M-19 era diferente, no era una guerrilla convencional, no podía serlo, no sólo porque su origen fuera totalmente político y citadino, por así decirlo, y no simplemente agrario ni resultado de un proceso de estudios políticos en La Habana, como ocurrió con otras agrupaciones subversivas, sino porque sus filas estaban conformadas por hombres y mujeres tan agudos como ingeniosos, todos ellos dotados de una asombrosa capacidad natural para leer e interpretar el país como Jaime Bateman Cayón, tan generosos y altruistas como el medico Carlos Toledo Plata, tan preparados e inteligentes como Alfonso Jacquin, Andrés Almarales, Luis Otero, Álvaro Fayad, Antonio Navarro, Otty Patiño, Gerardo Ardila, Israel Santamaría o Vera Grave, valientes y audaces como Iván Marino Ospina, Ariel Sánchez, Elvencio Ruiz, Clara Elena Encizo, Carmenza Londoño, Nelly Vivas, Gustavo Arias, Gladis López, Afranio Parra, Jorge Eduardo y Ariel Carvajalino, Roberto Augusto Montoya, Libardo Parra, Lázaro, Rubén, Abraham, Santiago o Hipólito Blanco, idealistas y consecuentes como Carlos Pizarro, Irma Franco o Germán Rojas Niño y otros tantos valientes anónimos que lograron darle una imagen renovada y carismática al movimiento insurgente latinoamericano.

El Eme era una organización que con ingenio respondía a la frustración de una generación ávida de cambios, quería hacer política con las armas en coherencia con la voluntad popular, romper el esquema de la lucha armada y torcerle el cuello con audacia y creatividad al extremismo de izquierda y a la represión de derecha, y mediante el uso de recursos simbólicos, crear una identidad nacionalista. Por eso su primera acción de lucha en enero de 1974 fue la sustracción de la espada del Libertador de la Quinta de Bolívar en Bogotá, intentando reivindicar las palabras que Simón Bolívar pronunciara en su discurso del 2 de enero de 1814: « No envainaré la espada mientras la libertad de mi patria no esté completamente asegurada». «La espada libertadora ya está en manos del pueblo», gritaron los guerrilleros tras el éxito de su acción.

Jaime Bateman Cayón, «el flaco Bateman» o «Pablo», su alías más conocido, fue la cabeza fundadora del M-19 y quien logró orientar acertadamente la ideología del movimiento conciente del efecto de sus acciones en el plano social y político, intentando establecer una conexión efectiva con la gente del común y el país real que a diario sufrían millones de personas, el país vivo y complejo que los núcleos ultrapolarizados de la sociedad osaban desconocer para imponer su propia lectura de país. “En su obsesión por conectar la lucha armada con la política y las inquietudes populares, Bateman fue quien abrió el proceso de «Diálogo Nacional» entre el Estado, la sociedad y la guerrilla” . Bateman sin duda fue un visionario.

El M-19, bajo la conducción de este singular líder costeño de alma generosa, risa contagiosa e incomparable estatura revolucionaria, además de ejecutar osadas acciones políticas, empezó a tomarse los barrios populares de importantes ciudades del país, para en operativos al estilo Robin Hood, robar a los ricos para repartir alimentos a los pobres, asaltar camiones repartidores de leche y carros del supermercado Carulla, produciendo cierta mezcla de admiración y desconfianza en las demás agrupaciones subversivas.

“Bateman fue el primer dirigente guerrillero de extracción marxista en hablar sin tapujos de negociación, diálogo y paz… También fue el primero en entender que, a esa insurgencia armada de origen campesino, inspirada en las revoluciones cubana, argelina, china, vietnamita o soviética, y alimentada de nuestra propia larga historia de guerras civiles y resistencias rurales armadas, había que darle una proyección política más real e inmediata que la insertara en la sociedad colombiana de su tiempo… El “flaco” Bateman creó a puro pulso, a fuerza de convicción y personalidad, el Movimiento 19 de Abril –M-19-, que en febrero de 1974 sorprendió al país con su insólito robo de la espada de Bolívar , para a través de este acto simbólico recuperar el espíritu del Libertador e instalarlo en la conciencia de esa Colombia sangrante de la década de los setentas, y con el grito de «tu espada en pie de lucha, ayer, hoy y siempre» romper el esquema foráneo de revolución y sellar para siempre lo que sería la ideología del movimiento y destino de la lucha armada colombiana. La sagaz acción de la espada logró resumir todo el sentido nacionalista que intentó darle el Eme a la lucha guerrillera.

“Interpretamos al pueblo cuando recuperamos la espada de Bolívar… Ella constituye un símbolo que vale más de cien mil armas. Por eso nuestra primera acción consistió en ponerla en manos del pueblo que lucha por la libertad de su patria” declaró Jaime Bateman Cayón.

Y es bajo ese ideal de lucha bolivariana como empiezan a relacionarse con otras agrupaciones latinoamericanas, intentando crear una gran fuerza continental. Por ello su escuela militar se establece con los Tupamaros, estudian en La Habana y sostienen importante vínculos con agrupaciones subversivas en distintos países de la región. El M-19 es la única guerrilla colombiana que logra jugar un papel activo en la lucha Sandinista de Nicaragua, sus nexos fueron ampliamente conocidos en episodios como la toma de la embajada de Nicaragua cuando ese país se encontraba bajo el régimen Somosista, también lograron compartir secretos y estrategias de la lucha armada, y generar una relación casi hermanada que hizo posible que el M-19 enviara hombres a la lucha armada en Nicaragua, y el ejército Sandinista, a su vez, brindara armas y compartiera asesores militares traídos de distintas partes del mundo.

El M-19 estaba dispuesto ganarse el respaldo popular desde su incursión en la vida nacional, y con el robo de la espada, ese apoyo se incrementó ostensiblemente; además de reafirmar una importante y desafiante simbología nacionalista, le otorgó un inmaculado halo de misterio que se mantuvo intacto durante muchos años respecto al destino de la espada, llegando incluso a rumorarse que estaba en la tumba de León de Greiff, paseando descaradamente en el baúl de un Renault 4 por la ciudad, pegada con adhesivo a una elegante mesa de madera en una suntuosa casa al norte de la capital, o fuera del país, como efectivamente sucedió durante casi diez años, por lo que tuvo que ser velozmente traída de La Habana para su entrega oficial tras la desmovilización de sus hombres en 1990.

El Eme en su inició tuvo tantos aciertos como desatinos; en su marcha por el hambre aún bajo la consigna de movimiento anapista logró una significativa movilización popular que con atino, y pese a sus equívocos, logró mantener de su lado varios lustros después. La publicación del diario Mayorías, órgano informativo abanderado de los sectores trabajadores de la Anapo, si bien despertó una gran simpatía entre la muchachada con sed de revolución, también generó gran polémica en algunas esferas de la sociedad, tanta que incluso en una reunión política celebrada en Villa de Leyva, varios dirigentes le solicitaron al General Gustavo Rojas Pinilla ordenará su clausura, pero él se negó reconociendo abiertamente su simpatía por el M-19. Sin embargo, meses después, cuando empezaron a evidenciarse fracturas ideológicas al interior de la Anapo Socialista, y del slogan de lucha del Eme fue excluido el nombre de María Eugenia Rojas, y se produjo el secuestro y posterior ajusticiamiento de José Raquel Mercado, el movimiento insurgente perdió importante apoyo nacional, incluso de la misma Anapo.

Bajo la consigna de que la «justicia del pueblo, la hace el pueblo» la guerrilla sometió al presidente de la C.T.C a un juicio popular, acusándolo de traidor a la clase obrera, a la patria y declarándolo enemigo del pueblo. En su comunicado del 15 de febrero de 1976, el M-19, aún como brazo armado del movimiento anapista, convocó a todas las organizaciones populares y gremiales, religiosas, culturales y estudiantiles, de izquierda y oposición para que promovieran la participación nacional y la aplicación de la justicia popular revolucionaria contra José Raquel Mercado. La idea del juicio popular, pretendía que la ciudadanía escribiera en paredes de la ciudad Sí o No, culpable o inocente para decidir la suerte del secuestrado; para muchos esto fue falso y fueron los mismos guerrilleros quienes se encargaron de colocar los letreros de Culpable en las paredes. El 5 de abril circuló a través de su órgano oficial, el veredicto popular: CONDENADO A MUERTE. Conmutación de la pena a cambio de: 1. Reintegro de los trabajadores despedidos. 2. Estabilidad laboral. 3. Reproducción de está página en la gran prensa oficial.

Después de 64 días de cautiverio, el 19 de abril de 1976, José Raquel Mercado fue ejecutado y está sangrienta acción se convirtió en el primer crimen de guerra perpetrado por el M-19, que aún cuando no causó gran impacto social, se trataba de un obrero, y además de uno considerado traidor, si marcó indefectiblemente lo que sería el desarrollo de la lucha armada en la vida nacional. «Cuando una organización es grande y prestigiosa no necesita hacer una ejecución» declaró el comandante de esa organización Israel Santamaría, meses después.

El 9 de abril de 1978, el M-19 irrumpió en la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán, para acusar a la oligarquía conservadora y liberal del asesinato del caudillo liberal y responsabilizar directamente a las familias Ospina, Lleras, López y Turbay del magnicidio. En el lugar los guerrilleros dejaron banderas, consignas en las paredes y algunas flores como sentido homenaje en el 30 aniversario de la muerte del caudillo. Días después la guerrilla interceptó el bus de la delegación nicaragüense en los juegos centroamericanos de Medellín, repartieron propaganda y escribieron frases solidarias con el movimiento Sandinista. El 10 de mayo se tomaron la embajada Nicaragüense, llenaron sus paredes de consignas y dejaron al embajador con su señora amordazados y atados a un par de sillas; hecho que aún cuando no tuvo mayor relevancia a nivel de medios de comunicación, como gesto simbólico y muestra de irreverencia revolucionaria si permitió que su nombre fuera pronunciado con cierta gracia y simpatía en labios de miembros de otras organizaciones subversivas en Latinoamérica.

La perfectamente ejecutada acción del robo de las armas del Cantón Norte en 1979, si bien fue asumido como un juego para el movimiento, que incluso los llevo a escribir en las paredes de la guarnición militar cosas tan absurdas, como no contaban con nuestra astucia, en realidad se convirtió en un golpe fulminante, tanto para las FFAA, para el establecimiento como para ellos mismos, que además de contar entre sus filas con cerca de 300 hombres y ahora con cinco mil armas que soñaban entregar al pueblo en una gran insurrección armada, los enfrentó en todo su realismo y crueldad al horror de la guerra. El ejército humillado desató una feroz persecución, que llevó a muchos inocentes y combatientes a las salas de torturas de los batallones militares y a buena parte de las cabecillas del movimiento a prisión, muchos de los cuales, tras la realización de fraudulentos consejos verbales de guerra donde eran los peores criminales de las FFAA quienes los juzgaban y torturaban, de la caída del vergonzoso estatuto de seguridad y de la Ley de Amnistía decretada por el presidente Belisario Betancur, recuperaron su libertad retomando la lucha armada.

El M-19, a través de sus audaces y provocadoras acciones, dejó establecido en la historia nacional la posibilidad real de dirimir las diferencias a través del diálogo y la negociación. La toma de la Embajada Dominicana con su posterior solución negociada, al margen de si se produce por conveniencias de orden diplomático, se constituye en el primer diálogo que logra establecerse en el país entre oligarquía y guerrilla con unos resultados concretos y de ganancia compartida. Los 17 embajadores fueron liberados sanos y salvos y los guerrilleros que participaron en la toma, con una fuerte suma de dinero lograron salir del país con todas las garantías a La Habana, Cuba.

En posteriores intentos por buscar el diálogo nacional y alcanzar la paz, si se recorre la memoria histórica del país, e incluso se accede a las actas firmadas por las comisiones de negociación y verificación, se evidencia la madurez que paulatinamente, en medio de los estragos y el horror de la guerra, el M-19 fue alcanzando como organización armada, política y nacionalista, hasta su reintegro a la vida civil logrando una participación política activa dentro del marco de la legalidad a partir de la realización de una Asamblea Nacional Constituyente pluralista y democrática que concluyó en la Constitución de 1991, la carta política más progresiva y social que haya existido en todo el continente americano.

El respaldo popular que recibió el M-19 hasta el final de sus días como movimiento alzado en armas y en su etapa de transición y consolidación en la vida democrática, como se demostró en las urnas, nunca ha sido conquistado por agrupación subversiva alguna en el país. Sin embargo, este apoyo nunca fue gratuito, el Eme se lo ganó a pulso con sus acciones, aunque también es igualmente cierto que fueron muchas de ellas las que se lo arrebataron en determinado momento, aún cuando tiempo después con gestos de sensible reconciliación lograran reconquistar esa simpatía pérdida.

El 15 de marzo de 1985, una vez superado el ataque a traición por parte del Ejército Nacional al campamento de Yarumales, de retomar conversaciones con el gobierno en Los Robles en enero de 1985, el M-19 convocó en la Plaza de Bolívar de Bogotá, a un multitudinario acto, conocido como “Desagravio a la Democracia”. El país entero fue testigo del masivo apoyo que la población le brindaba al movimiento guerrillero y el oficialismo tuvo que reconocer su enorme y amenazante capacidad de convocatoria. El Comando Central del M-19, en medio de esa nutrida manifestación, preguntó al pueblo si deseaban que ellos abandonaran la lucha armada, y el eco de que no lo hicieran tuvo que haberse sentido en el mismo Palacio Presidencial. El movimiento guerrillero entonces invitó a participar activamente a toda la población, sin exclusiones de ninguna índole, en un verdadero proceso de transformación social que les permitiera de verdad ser primero una genuina fuerza democrática y luego ser gobierno; un gobierno pluralista, abierto a las mayorías y a las distintas capas que conformaban la nación. El pueblo selló su pacto con el M-19 y el establecimiento para poderse perpetuar en el poder, entendió que lo debía eliminar. Esto explica el fatal desenlace en la toma del Palacio de Justicia, donde el miedo venció.

La clase dirigente colombiana, algunas fracciones retardatarias del establecimiento y personas que otrora fueron simpatizantes del M-19, apoyadas en un falseamiento de la memoria histórica, han considerado que la toma del Palacio de Justicia ocurrida el 6 de noviembre de 1985, supuso una mancha imborrable en la historia de la organización, achacándoseles toda la responsabilidad por el sangriento desenlace. Sin embargo, las evidencias, material probatorio, testimonios, investigaciones posteriores y una amplia lectura del contexto en el cuál se desarrolló la acción, demostraría que su operación militar contenía un claro sustento político que si bien reflejó una absoluta falta de visión y claridad política que los llevó a exponer de forma suicida algunos de sus mejores cuadros estratégicos ante un poder imposibilitado para sancionar al Presidente como ellos pretendían, determinó el oscuro camino de sangre y barbarie que desde entonces y desde antes, pero con mayor nitidez y cinismo después de los hechos, Colombia ha tenido que padecer. Con la toma del Palacio se quería hacer claridad sobre la ruptura del proceso paz; ante las versiones oficiales que sin controversia publicaban los medios masivos de comunicación, el Eme considero de suma trascendencia llevar a cabo una acción que obligara al establecimiento a hacer públicas las actas de la Comisión de Verificación donde se demostraba la traición del gobierno a los pactos firmados, denunciar al gobierno por el oscuro manejo que se le daban a nuestros recursos naturales y la sumisa entrega del Estado a la banca y la dudosa justicia internacional. El propósito de la toma era enjuiciar públicamente al presidente por traición a través de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, quienes serían los responsables del veredicto, denunciar la corrupción del gobierno, y propiciar un nuevo acercamiento, que con mayores garantías condujera a la creación de un gabinete de paz.

El M-19, que para ese entonces contaba con un enorme respaldo popular, además de perder valiosos hombres, perdió terreno político y su presencia en la vida nacional se vio fuertemente diezmada. Históricamente quedó marcada como una guerrilla, sino homicida, si torpe y engreída, una guerrilla que poseía más confianza en su propia visión militarista que en su propuesta de paz, que creía más en la fuerza que en la razón, que prefería otorgarle más poder a las armas que a su propio discurso político y a su fuerza de convocatoria nacional. Después de esta acción de la cual ni siquiera el país se recupera 22 años después ocurridos los hechos, el Movimiento entró en una especie de limbo emocional que los sumió en la soledad y la depresión; los enemigos de la paz supieron aprovechar la tragedia para señalarlos como una agrupación terrorista y sus amigos y aliados empezaron a cuestionar severamente su torpeza, argumentando que además de irracional no admitía justificación alguna, porque con ella, lo que se había logrado era justificar la represión y la guerra contra el pueblo. «Las acciones aventureras no van a lograr cambios democráticos» aseguró el Comité Ejecutivo de la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia, CSTC.

Álvaro Fayad, jefe máximo del M-19, nunca logró reponerse de la tragedia, y la culpa por haber sido el ideólogo de una acción tan ingenua y desproporcional, que costó la vida de sus amigos y compañeros de lucha, de magistrados que eran objeto de su admiración y de varios civiles inocentes y la desaparición de los empleados de la Cafetería, lo atormentó hasta el día de su muerte cuando fue asesinado en marzo de 1986, dos meses antes que sucediera lo mismo con Gustavo Arias Londoño. Los dos fueron emboscados y fríamente asesinados por agentes del orden fuera de combate. El eme herido y casi derrotado, logró poco a poco volver a integrar sus filas, sin embargo, los dolorosos hechos del Palacio, y su fracasado asalto a Cali con el Batallón América, los enfrentó a su propia vulnerabilidad y entendieron que el pueblo estaba dispuesto a seguir acompañándolos pero no en el camino de la guerra sino de la paz. Fue así como el 17 de marzo de 1989, después de realizar su última acción política con el secuestro y posterior liberación del político conservador, Álvaro Gómez Hurtado, dentro de su nueva consigna de “Paz a las Fuerzas Armadas, guerra a la oligarquía y vida a la nación” el M-19, decidió bajo el gobierno de Virgilio Barco, dar el paso definitivo y firmar la Cuarta Declaración con la que se estableció la mesa de trabajo por la paz y la reconciliación nacional, el análisis y la concertación.

Sobre los hostigamientos, las presiones y el asesinato del comandante Afranio Parra y otros compañeros de lucha armada, ocurridos recién iniciado el proceso de acercamiento con el gobierno, el Eme se mantuvo firme en su propósito de alcanzar una salida negociada al conflicto, y el 2 de noviembre de 1989, aún sobre la sangre fresca de los caídos, firmó el Pacto Político por la Paz y la Democracia.

“En un país despedazado por tantas guerras y fracturado por muchos poderes, alguien tiene que empezar.- dijo Carlos Pizarro en Santo Domingo, Cauca- Hemos asumido este proceso sabiendo que nuestro esfuerzo es parcial y que éste es el único camino hacia la paz. Nuestro primer reto es romper el escepticismo, la incertidumbre y el sentimiento de impotencia de los colombianos. Dejar las armas se ve como una locura e ingenuidad, sin embargo, elegimos hoy este camino porque estamos seguros que la gran mayoría de colombianos necesitamos la paz. Y no una paz cualquiera, no una paz de la intimidación, del silencio o la soledad; necesitamos una país en movimiento, expresando sus sentimientos, luchando por sus ideales, concertando con libertad la solución. Esta vez hemos decidido desarmar nuestra estructura militar para dotarnos de mayor eficacia política. No entregaremos una sola arma al gobierno. Nuestras armas representan una historia de lucha, de compromiso, de sacrificios, de patrimonio del M-19 y de todos sus combatientes. Para ellas, hemos acordado un destino digno.

Nuestra victoria no es negociar con el gobierno; nuestra victoria es haber vencido el miedo a dejar las armas para asumir el riesgo de la paz”.

Y lo asumieron, y hoy nadie puede desconocer que el M-19 condujo un proceso de negociación limpio y honesto de casi un año que le demostró a la sociedad colombiana cómo con verdadera voluntad, transparencia y un genuino compromiso político, era posible conquistar la paz. El Eme supo responder con seriedad y generosidad al llamado del país y su deseo de incursionar en la vida política desde la legalidad y ponerle fin a la lucha armada, se mantuvo sobre toda suerte de agresiones de que fue objeto el proceso, como la orden de arresto en pleno tramite de negociación, la acción del congreso que terminó por desconocer lo pactado y negar el referéndum, y el oscuro asesinato de su líder Carlos Pizarro Leongómez, el 26 de abril de 1990, cuando recientes encuestas sobre las candidaturas presidenciales, demostraban que tenía posibilidades reales de llegar a ocupar la Presidencia de la República.

Para algunos sectores de la sociedad, el sacrificio en la vida de Pizarro representó el precio por el perdón, pero no fue así porque el crimen jamás se puede justificar ni la impunidad tolerar, porque Pizarro era un hombre de paz y de gran valor que le cumplió al país, porque el “perdón”, si es que es pertinente hablar de perdones, fue ganado por el movimiento, no un regalo de la sociedad y menos de la oligarquía; y si el país nacional los apoyó, como quedó evidenciado en las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente, fue porque Colombia pudo reconocer su audacia política, su sacrificio y sincera entrega en la construcción de un camino de reconciliación nacional. Los logros alcanzados en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, forjados a partir de las ideas y el inquebrantable compromiso del M-19 con la sociedad colombiana, nos demostraron que la concertación era posible, que aún cuando los acuerdos de paz que suscribieron guerrilla y gobierno nacional, no se cumplieron en su totalidad, la voluntad por buscar alternativas de afianzamiento democrático fue superior a la muerte, al oscuro deseo de retaliación y al egoísmo recalcitrante que siempre ha caracterizado a nuestra pobre y perversa dirigencia política.

Si leemos con justicia el papel de la guerrilla M-19 en la historia reciente del país, debemos reconocer que su paso fue definitivo en la construcción del país que vivimos hoy; fueron muchas de sus actuaciones las que determinaron para bien o para mal, el derrotero actual, contribuyeron a despejar loables aspectos de nuestra vida nacional, evidenciaron la crudeza de nuestro aparato estatal y afectaron positivamente el desarrollo político actual. Enormes esfuerzos y valientes luchas que hoy parecen desdibujados por la acción criminal de la actual administración, y del ejercicio brutal que los grupos paramilitares en connivencia con el ejército nacional y bajo el amparo de gobiernos locales y políticos tradicionales que han sembrado de sangre y odio el país.

El M-19 supo responder a los retos históricos que se le plantearon a través de su lucha político militar y desde la legalidad como AD-M-19 y a través del destacado ejerció político de varios de sus miembros como Antonio Navarro, Camilo González, Gustavo Petro, Otty Patiño, Vera Grave, Germán Rojas y Marcos Chalita entre otros.

Por ello poco sorprende que 17 años después de su desmovilización y desintegración como fuerza armada, su lucha guerrillera siga siendo traída a la memoria con tanta insistencia. En los debates del Congreso de la República, su nombre sale a relucir una y otra vez, el Presidente cada que intenta un ataque bajo a la oposición, saca a relucir el nombre del M-19, en las calles aún se escuchan consignas, su bandera es ondeada constantemente y el rostro de sus mejores hombres son expuestos en afiches en cada aniversario o en el desarrollo de manifestaciones o protestas ciudadanas. En varios sectores juveniles se recrea una y otra vez su historia, se habla de la necesidad de darle nueva vida reconociendo la vigencia de todos sus planteamientos, de la necesidad de crear otro M-19, se escriben biografías sobre sus más importantes líderes, y poco a poco se van consolidando fuerzas sociales que rescatan su lucha, su memoria y sus ideas.

El M-19 es parte viva del sentir nacional. Por eso su memoria, su ejemplo y su lucha seguirán siendo emulados, aplaudidos y reconocidos, aún sobre las calumnias y el miedo que sigue despertando entre las oligarquías y los sectores más reaccionarios y excluyentes del país.

“Las mayorías tenemos que ser gobierno”
Movimiento 19 de Abril. M-19



LIBRO: "COLOMBIA: HISTORIA DE UNA TRAICIÓN"
De Laura Restrepo y Camilo González

"En ese tiempo la guerrilla empieza a exigir negociación y el presidente Belisario Betancur acepta la propuesta y se abre un proceso de negociación. Se necesitaban mediadores, entonces nombran una Comisión de Paz conformada por gente que tuviera el visto bueno tanto del gobierno como de la guerrilla. Yo nunca había tenido que ver con la guerrilla, porque inclusive como trotskos teníamos todo un credo muy contrario a la lucha armada. Si bien yo nunca había tenido que ver con ellos, la comisión tenía que ir a los campamentos de la guerrilla, mediar, llevábamos y traíamos razones buscando los términos posibles de un acuerdo, y ahí me apasioné mucho con eso. Cada encuentro con la guerrilla era un bombardeo, era un tiroteo, era una cosa tremenda porque había muchos militares en contra del proceso de paz, que era el primero que se intentaba en América Latina, entonces nos seguían a los comisionados para caerle a la guerrilla y todo terminaba siempre en unas situaciones muy explosivas, y eso lo fue volviendo crítico, pero al mismo tiempo el país empezó a acompañar a la guerrilla en su discurso de paz. Resultaba como muy deslumbrante que fueran unos muchachos armados los que ofrecieran deponer las armas y hacer que el país comenzara a vivir una situación de paz que no había conocido nunca.


Los del M -19 en ese momento dijeron una cosa que se cumplió, una cosa tremenda pero que ellos tenían clara, dijeron: "Los muertos de la paz los ponemos nosotros". Y así fue, cada vez que alguien entregaba las armas y que se acogía a la amnistía que daba el presidente lo asesinaban, y eso para los comisionados de paz comenzó a ser muy complicado, se empezó a restringir el espacio, porque desde luego la primera medida que tomaron fue romper el puente, hacer que las cosas volvieran a la situación de siempre, en una guerrilla aislada, en la selva, y una población acéfala políticamente. Además también empecé a estar en listas de gente que iban asesinando y a verme en situaciones muy delicadas. Finalmente la tregua se rompió porque esta que llamaban la Comisión de dialogo, que era un grupo de guerrilleros que estaban ya actuando en la legalidad, sin armas, con intermediarios, estaban desayunando en una cafetería en la ciudad de Cali y les hacen estallar una granada y ahí estaba el que era en ese momento el principal dirigente del M -19, Antonio Navarro, y le vuelan una pierna, todos quedan muy malheridos.

A partir de ahí la represión contra todos los que habíamos tenido algo que ver con el proceso de paz se volvió insoportable y en determinado momento a mi me convocó la dirección del M -19, con quienes ya venía trabajando estrechamente y me dijeron: "te tienes que ir, no puedes volver a tu casa. Tú decides, o sales de aquí y te vas para el monte o sales de aquí y te vas para el extranjero". ¿Yo en el monte qué iba a hacer?, si nunca en mi vida había pegado un tiro... Así que logré hablar con mi madre, hacer que me llevara a mi niño, mi "argentinito" al aeropuerto y me alcanzó a llevar una maleta con todos los documentos, los testimonios, las grabaciones que yo había hecho como comisionada de paz.






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Carlos Pizarro, Comandante General del M-19 (Movimiento 19 de abril) y candidato a la presidencia de Colombia durante el acto público de dejación de armas en el municipio de Coloto-Cauca (Colombia) el día 9 de marzo de 1990

Dejación de armas del M-19. Parte 1ª. 9 de marzo de 1990
Coloto-Cauca (Colombia)


Dejación de armas del M-19. Parte 2ª. 9 de marzo de 1990
Coloto-Cauca (Colombia)


El 26 de abril de 1.990 Carlos Pizarro Leongómez - reconocido líder de la para ese entonces extinta guerrilla M-!9 - tomaba un vuelo a Barranquilla durante la campaña presidencial, siendo acompañado por su esposa Laura García y escoltas proporcionados por el DAS. Al abordar el avión, un sicario paramilitar llamado Gerardo Gutiérrez Uribe alias "Jerry" logró ingresar a la misma aeronave y en pleno vuelo, tras levantarse al baño, saco una ametralladora y disparó varias veces contra el candidato saliendo éste herido de gravedad. El sicario fue neutralizado por los escoltas y Pizarro fué llevado a la clínica de Cajanal. A pesar de los esfuerzos médicos, Pizarro murió horas después. Su crimen nunca fue totalmente esclarecido e inicialmente se le atribuyó a Pablo Escobar; no obstante años más tarde el crimen sería confesado por paramilitares de las AUC sin que se conocieran con claridad las personas y hechos que rodearon el asesinato. Primera parte de este especial de Testigo Directo, que relata la vida de uno de los hombres mas amados y odiados de Colombia.


Testigo Directo - Pizarro : Historia de un magnicidio (Parte 1)

 
En Enero de 2010, el entonces procurador delegado de asuntos penales Gabriel Jaimes, afirmó que el ex director de inteligencia del DAS Alberto Romero Otero y el detective Jaime Ernesto Gómez tenian responsabilidad con el asesinato de Pizarro.
Procuraduria pidió a la Fiscalia General dla Nacion que investigara a Romero, quien declaró no tener relación con el asesinato pero aceptó haber sido contactado por el ex jefe paramilitar Carlos Castaño varias veces bajo el pseudónimo "Alekos" para entregarle información sobre atentados.
Existen inconsistencias en cómo miembros del DAS y el sicario lograron introducir armas al avión y cómo el sicario fue ultimado dentro del avión tras haber sido desarmado por la fuerza. Segunda parte de este impactante especial de "Historias Olvidadas".


Testigo Directo - Pizarro : Historia de un magnicidio (Parte 2)




A pesar que la muerte de Carlos Pizarro Leongómez continúa en la mas absoluta impunidad, cinco días antes de que se cumplieran 20 años de su asesinato, la Fiscalía General de la Nación de Colombia declaró este hecho como un delito de lesa humanidad, logrando que las investigaciones sobre el crímen no prescriban por causa de un posible vencimiento de términos.


Testigo Directo - Pizarro : Historia de un magnicidio (Parte 3)



Testigo Directo revela los pornemores de la muerte de Carlos Pizarro: Las investigaciones, las conclusiones y los implicados. Cuarta parte de este emocionante especial de "Historias Olvidadas".


Testigo Directo - Pizarro : Historia de un magnicidio (Parte 4)


La muerte de Carlos Pizarro Leongómez significó el fin de una era para el M-19 y el genocidio de 3 mil miembros de la U.P. a manos de fuerzas paramilitares y delincuenciales. Última parte de este impactante especial de "Historias Olvidadas".


Testigo Directo - Pizarro : Historia de un magnicidio (Parte 5)


















1 comentario:

titina dijo...

Ufff! La historia reciente de Colombia. Muchas gracias por esta recopilación, aunque viví la época he podido conocer el después... que bueno sería que much@s jóvenes pudieran/quisieran leer y ver. Valió la pena? El gesto? La apuesta por la paz? Por un país mejor? CLARO QUE SÍ. Desafortunadamente UNA VEZ MÁS nos mataron la esperanza..... desde Gaitán lo vienen haciendo juiciosamente, pero como la esperanza es lo último que se pierde.... a secarse las lágrimas y a luchar, desde la razón, el amor, la firmeza, LA CULTURA.